Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La niñera
Portada del relato El lago que reflejaba cenizas
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Fragmento:


Aurelia, acostumbrada a la soledad prolongada y a la compañía de las ausencias, se permitió aquella noche vagar, guiada por esa melancolía punzante que preside las horas muertas justo antes del alba. A cada paso, las tablas crujían como mandíbulas soñolientas. Rozó los pomos de las puertas cerradas, sintiendo tras ellas vapores tibios y húmedos, como aliento desigual. Recordó palabras maternas habladas entre susurros acerca de pasadizos sellados y de habitaciones reservadas a los que no aman la luz. Pero Aurelia sentía, extrañamente, una pulsión, una decisión que no era suya, empujándola hacia ese corredor que conducía al ala más antigua: aquella donde dormían los trajes apolillados, los baúles con diarios prohibidos y la cama rota de la nona Francesca.

Duración: 04:34

El lago que reflejaba cenizas
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La noche había envuelto la vieja mansión de los Vallegrand desde hacía ya horas, tiñendo sus muros de un negro tan espeso como la sangre coagulada en un tajo olvidado. Las ventanas, altivas, se alzaban como ojos apagados bajo el cielo rojizo, y las malezas del jardín combatían la herrumbre de los siglos con espinas y caricias de hiedra. Aurelia, de pie junto al cancel ahuecado, entrelazando los dedos fríos, percibía detrás de cada cortina una amenaza, un incesante temblor que brotaba de los cimientos y trepaba hasta los espacios remotos donde los retratos de sus muertos parecían observarla con una expectación hambrienta. Lugo del salón resonaba agrietado, con destellos de cera derretida titilando sobre el mármol como diminutos fuegos fatuos. Sólo el tic-tac asmático del reloj de pie se atrevía a interrumpir la malsana calma, llamando —cada vez que el péndulo jadeaba arrítmico— a los espectros del pasado de regreso a un presente enfermo.

Aurelia, acostumbrada a la soledad prolongada y a la compañía de las ausencias, se permitió aquella noche vagar, guiada por esa melancolía punzante que preside las horas muertas justo antes del alba. A cada paso, las tablas crujían como mandíbulas soñolientas. Rozó los pomos de las puertas cerradas, sintiendo tras ellas vapores tibios y húmedos, como aliento desigual. Recordó palabras maternas habladas entre susurros acerca de pasadizos sellados y de habitaciones reservadas a los que no aman la luz. Pero Aurelia sentía, extrañamente, una pulsión, una decisión que no era suya, empujándola hacia ese corredor que conducía al ala más antigua: aquella donde dormían los trajes apolillados, los baúles con diarios prohibidos y la cama rota de la nona Francesca.

La llave oxidada tintineó en su mano temblorosa. No tardó en notar —al entreabrir la pesada puerta, rechinante— un olor a humedad, incienso viejo y grietas recientes; aire espeso y frío, casi irrespirable. Dentro, la luz de su vela fue absorbida por las paredes tapizadas en terciopelo granate, y Aurelia sintió que la miraban desde cada rincón aun antes de que sus ojos se adaptasen a la penumbra. Caminó hacia el espejo ovalado, antiguo testigo de vigilias y letanías mortuorias, y el reflejo que encontró no era del todo suyo: la mirada era la de una mujer más vieja, consumida, con lunares que nunca poseyó y con una mueca de dolor demasiado real para ser ilusión. Deseó apartar los ojos, pero continuó atrapada —sentenciando en el ondular turbio del vidrio— como si al otro lado viviera una memoria ajena cuyo nombre no debía recordar, pero que latía en las suelas de sus zapatos, bajo su piel, entre las costillas.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, sintiendo cómo la habitación vibraba suavemente, como un corazón delicado y enloquecido. Detrás de ella, sombras comenzaron a reptar, convocadas por historias que la casa sabía contar sólo a los oídos vulnerables. El leve movimiento de una cortina bastó para que Aurelia diera un paso atrás, la respiración cortada, sintiendo que al fin la había alcanzado esa oscuridad espesa que perturbaba sus sueños desde la niñez. Quiso llamar por el nombre de su difunta hermana, Oriane, pero la lengua se le enredó: sólo salió un gemido bajo, inhumano. Un susurro, perdido antes en los pliegues de la tapicería mohosa, pareció entonces pronunciar su nombre repetidas veces, deformándolo en todas las variantes posibles, coronándolo en cada sílaba con esa angustia dulce que sólo los fantasmas saben susurrar.

La vela vaciló al mismo tiempo que la puerta se cerraba tras ella, empujada —o quizás jalada— por manos invisibles. Aurelia supo, entonces, que era prisionera, no sólo de la habitación sino del rostro reflejado que ya había comenzado a invadir el suyo, latiendo bajo su carne, exigiéndole recuerdos, gemidos, dolores. Con la inminencia de la locura, comprendió que ningún encierro es perfecto si no es compartido; que la mansión de los Vallegrand estaba hambrienta, siempre, de nuevas almas que pronunciaran viejos lamentos. A sus pies, se arrastraba la cola de un vestido de novia, amarillento y mugriento, mientras, detrás del espejo, se abría una grieta por la que fluía un viento leve, cargado de palabras olvidadas. Antes de que la última chispa de la vela se extinguiera, Aurelia alcanzó a ver cómo su propio rostro se multiplicaba en las sombras, repitiendo, entre sollozos, el verso funerario de su linaje: “Nada vuelve de la oscuridad; todo permanece, a medias, en la sangre y el recuerdo”.

Cuando había al fin cesado la tormenta, el amanecer encontró la puerta del ala antigua cerrada, los retratos cubiertos de polvo, y en el aire flotaba todavía una triste y embriagadora melodía de ecos, de pasos, de voces imperceptibles. En la casa nada cambió, salvo que, en las noches de luna menguante, los espejos repiten sin cesar el nombre de Aurelia, como si rezaran, o como si invocaran a quien no puede —no debe— ser olvidada.

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