Fragmento:
Comencé a soñar con ella, primero como una silueta en el corredor, deslizándose con vaporosa gracia entre los tapices deshilachados y los espejos velados. Sus blancas manos se extendían hacia mí, pero siempre se desvanecían antes del contacto. A cada despertar, mi mente se tornaba más neblinosa, menos anclada al tiempo presente. No pocas ocasiones encontré objetos mudados de lugar: la llave del gran arcón apareciendo sobre la repisa de la chimenea, una carta antigua, escrita con trazos temblorosos en una lengua que desconocía, deslizándose bajo mi puerta.
Duración: 05:49
Jamás podré olvidar la tarde en que la lluvia golpeaba los cristales con el ímpetu de miles de lágrimas, como si el propio cielo compartiera la desolación que reinaba en mi alma. Desde hacía semanas, mi vida se consumía en aquel caserón de vetustas columnas y ventanas polvorientas, cuyos cimientos parecían exhalar un soplo frío y doliente; un aliento de recuerdos que jamás me pertenecieron y, sin embargo, se adherían a mis pensamientos como la hiedra al mármol ajado.
Aquel día, la habitación de la torre, encajonada al final de una escalera caracol, me pareció más lúgubre que de costumbre. Una especie de niebla interior parecía enroscarse en torno a los muebles, desdibujando sus contornos, difuminando la realidad. El eco de mis pasos, al ascender los peldaños carcomidos, rebotaba en las paredes, trayendo consigo la vibración de voces olvidadas. La casa, herencia de un antepasado lejano cuyo nombre tan solo era un susurro en el viento de mi linaje, había permanecido cerrada durante décadas. Su retorno me había sido ordenado por las circunstancias: una dote minúscula y la muerte prematura de mis padres me obligaron a aceptar allí mi exilio voluntario.
Ya instalado, me habitué pronto a convivir con las arañas y a observar el danzar de las motas de polvo bajo la escasa luz que filtraban las vidrieras de colores. Sin embargo, la auténtica compañía me la brindaba un cuadro, colgado sobre el cabecero de la cama. En él, una dama de cabellos oscuros ―tan oscuros como la noche profunda de la que parecían brotar sus ojos― me contemplaba día y noche, sin parpadear. Su nombre, bordado en letras doradas bajo la imagen, se desvanecía a cada intentona de descifrarlo, volviéndose apenas un reflejo de sol en superficie de agua.
Comencé a soñar con ella, primero como una silueta en el corredor, deslizándose con vaporosa gracia entre los tapices deshilachados y los espejos velados. Sus blancas manos se extendían hacia mí, pero siempre se desvanecían antes del contacto. A cada despertar, mi mente se tornaba más neblinosa, menos anclada al tiempo presente. No pocas ocasiones encontré objetos mudados de lugar: la llave del gran arcón apareciendo sobre la repisa de la chimenea, una carta antigua, escrita con trazos temblorosos en una lengua que desconocía, deslizándose bajo mi puerta.
Una noche, el insomnio me llevó a recorrer los pasillos iluminados por la luna. El eco de un sollozo, tan delicado que bien podría haber sido el roce del viento contra una cortina, me guió hasta la biblioteca. Un haz de claridad plateada caía sobre el escritorio, y sobre éste, precisamente bajo el fulgor nocturno, reposaba un diario encuadernado en cuero verde. No recordaba haberlo visto antes. Lo abrí; al hacerlo, una ráfaga de aire enmohecido inundó mis sentidos, y juraría haber escuchado un murmullo apenas perceptible.
Las páginas estaban teñidas por el tiempo y, sin embargo, la tinta, negrísima, parecía recién vertida. Allí, entre las líneas cargadas de una emoción palpitante, descubrí la historia de la dama del retrato: Eloíse de Manderville, última habitante de la casa antes del abandono. La narración describía su descenso a la locura, orquestado por la pérdida de su prometido en circunstancias envueltas en sospecha y tragedia. Refugiada en la casa, había dedicado las noches a implorar al amado ausente, hasta que su razón se disolvió en el espeso silencio de aquellas estancias.
Fue entonces cuando comprendí que los susurros, apenas perceptibles en los amplios corredores, no eran vientos del olvido, sino ecos de su desesperación. Me sorprendí a mí mismo respondiéndoles, como si pudiera consolar a una sombra anclada en el dolor. No pasó mucho antes de que mis propias noches se volvieran resbaladizas, confusas. Comencé a olvidar el rostro de mi madre, la calidez de otros tiempos, la certeza de mi nombre. Cada vez que cerraba los ojos era transportado a un mundo donde la única constante era el perfil de Eloíse, sus labios repitiendo una letanía incomprensible.
Una mañana, hallé sobre mi almohada una prenda que no me pertenecía: un pañuelo bordado con las iniciales E.M., perfumado con un aroma a violetas marchitas. Mi sangre se heló. ¿Había perdido yo el juicio, o era la casa la que tejía sueños tan reales que se materializaban en mis aposentos? Vagaba por las estancias, preguntándome en voz alta por la naturaleza de mi encierro. ¿Era yo el huésped o el cautivo? ¿Era dueño de mis recuerdos, o ya los había cedido en un pacto insospechado?
Los días pasaron encadenados unos a otros, cada amanecer más borroso. Los rostros del pasado se desvanecían. Lo único que se mantenía incólume era el retrato de Eloíse, ahora tan familiar como mi propio reflejo. Pronto, ni siquiera recordé la razón por la que había llegado a la mansión. ¿Vinieron mis padres alguna vez? ¿Fui alguna vez otro? Lo único real era la constancia fría de aquella voz que me llamaba, insidiosa y dulce a la vez.
Una noche, guiado por un impulso irresistible, subí a la torre con el diario de Eloíse entre las manos. Allí, por fin, acepté mi suerte. En las últimas páginas, su caligrafía agitada relataba cómo había perseguido la sombra del prometido hasta perderse en los recovecos de la mansión, hasta que su memoria se fundió con los cimientos mismos. Cerré los ojos y, por primera vez, sentí sus manos tan reales como las mías; mi último pensamiento consciente fue que ya no podía distinguir mis recuerdos de los suyos.
Al despuntar el alba, la casa del susurro perpetuo perdió otro huésped en el laberinto de su memoria. Si alguna vez alguien hereda las ruinas y se atreve a morar en ellas, tal vez oiga el eco de mi voz balbuceando nombres olvidados, tratando de rescatar el último recuerdo que aún permanece, palpitando en los muros, aguardando a ser encontrado… o a seducir a un nuevo soñador al abismo del olvido.
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