Fragmento:
La madera gimió bajo mi peso y reconocí, a lo lejos, el resabio de la tonada que antaño mi hermana tocaba al piano; su música, una elegía deshecha por los años. Mi mano tembló en la baranda y mi cuerpo sintió el frío de una compañía invisible—una presión, apenas reconocible, que se deslizaba tras mis pasos, sigilosa como un gato y tan gélida como la tumba.
Duración: 04:34
En los últimos años de mi juventud, cuando el otoño se extendía con más amargura sobre las casas antiguas de mi estirpe, encontré motivos para regresar a la mansión de los Allingham, solar que mi madre desertó en los albores de su viudez y que, generación tras generación, había sido testigo y cómplice de tragedias veladas por cortinas de terciopelo y el crujir constante de maderas anémonas al tiempo. Llegué bajo un cielo inflamado por nubes titánicas, el viento colando lamentos a través de los cipreses como si la voz de antiguos moradores me diera la bienvenida.
La mansión se alzaba a lo lejos, cada gárgola y estatuilla petrificadas por el miedo y el musgo, sus ventanas exhalando una luz mortecina al caer la tarde. Crujió bajo mis pasos el sendero de piedra, y una extraña ansiedad, ahogada y sin rostro, se prendió a mi pecho. Recordaba, con la nitidez de los sueños, noches húmedas de infancia, el sonido apagado del piano en alguna habitación distante y la risa sofocada de mi hermana, perdida hacía ya muchos años en circunstancias que la familia, por prudencia y vergüenza, mantenía cuidadosamente omitidas en la conversación.
Forcé la herrumbre del portón principal. La entrada olía a medianoche perpetua y la penumbra se desplegaba, abrumadora, sobre los muebles forrados de sábanas y las huellas de carcoma en retablos desvanecidos. Una lámpara de aceite avivó las sombras, y el eco de mis pasos parecía alimentar el pánico de la casa. Inspeccioné la galería de retratos—robustos personajes de ceños fruncidos y miradas glaucas, como si pesaran sobre mí desde sus marcos sin piedad—y proseguí hacia la escalera.
La madera gimió bajo mi peso y reconocí, a lo lejos, el resabio de la tonada que antaño mi hermana tocaba al piano; su música, una elegía deshecha por los años. Mi mano tembló en la baranda y mi cuerpo sintió el frío de una compañía invisible—una presión, apenas reconocible, que se deslizaba tras mis pasos, sigilosa como un gato y tan gélida como la tumba.
Me refugié en la biblioteca, aquel recinto sagrado donde mi padre solía confinarse, enloquecido por los tomos polvorientos y los secretos de la familia, que, decían, lo empujaron al borde de la locura antes de la muerte temprana que lo reclamara. Entre las sombras, distinguí una puerta entornada, nunca antes advertida. Al aproximarme, el aire se tornó más denso, y sentí en mis huesos el zumbido de un millar de voces, recordándome promesas rotas y pecados nunca expiados.
En el interior de la estancia encontré un extraño mobiliario: un diván cubierto por un tapiz gastado y ajado, cuyas figuras parecían mutar y moverse en la escasa luz de la lámpara. Sentado, sucumbí al influjo del sopor y allí, apenas rozando el velo del sueño, percibí el roce de manos invisibles recorriendo el terciopelo, acompañadas por un susurro más viejo que la casa misma, pronunciando mi nombre con el tono exacto y melancólico de mi hermana perdida.
Desperté al sobresalto de un portazo en el piso superior, y la convicción de que mi visita no era bienvenida me llevó a explorar, atenazado por la certeza de que un secreto aguardaba. Subí, a pesar del hielo en la sangre, hasta la vieja habitación de mi hermana. La puerta cedió bajo mi mano y me recibió el hálito helado de una ausencia demasiado presente. Allí, una muñeca olvidada al pie de la cama y la partitura familiar sobre el atril del piano.
El piano, pese a los años de desuso, parecía poseído por un nuevo aliento: las teclas bajaban una tras otra, solas, ejecutando la melodía prohibida; aquella que mi hermana había compuesto la noche en que desapareció. Rebusqué en la partitura y, al hojear sus páginas, detecté manchas recientes, como si los dedos de una criatura invisible las hubieran tocado. Me atreví a tocar las teclas. El aire se colmó de un ulular lamentoso, y a través del espejo empañado sobre la cómoda, creí ver, tras mi reflejo, la silueta esquelética de mi hermana, con los ojos completamente negros y una sonrisa ausente de humanidad.
Aquella visión me hundió en una histeria difícil de describir; mi corazón tamborileaba y mi razón comenzaba a fragmentarse. Corrí escaleras abajo, perseguido por carcajadas que ahora emergían de cada pared, cada rincón, cada recoveco de la mansión. Las velas estallaban en una luz ingrávida y mortecina, mientras un viento helado bailaba por los corredores, trayéndome, a retazos, la voz de mi hermana—absolutamente distinta, pero inconfundible—cantando un fragmento de nuestra infancia que ninguno fuera de nosotros habría recordado.
Con el último vestigio de cordura, abandoné la mansión. La niebla engulló la fachada tras de mí, los cipreses sacudidos como espectros regocijándose por mi huida. Y nunca más, mientras las aguas del tiempo sigan fluyendo sobre la tierra maldita de los Allingham, me atreveré a regresar. Pues sé, y lo sé con la sombría convicción de los condenados, que la casa ha reclamado mi otro yo, atrapado entre la música, los tapices que suspiran y las paredes que murmuran, aguardando el regreso de otro corazón desesperado dispuesto a escuchar la canción prohibida de la sangre y la locura.
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