Fragmento:
Esa noche, imposibilitado el sueño, erré los pasillos asidos a un candelabro tembloroso. Al pasar junto al retrato de Lady Fateha, mi bisabuela, me detuve; la expresión de la vieja era distinta, la penumbra le había prodigado un rictus que no recordaba, los ojos—tan negros y profundos como la tiniebla de la niñez—parecían seguirme con el resentimiento de los tristes y celosos espectros. En un impulso vano, levanté ante el lienzo la luz trémula: la pintura sangró por las mejillas, entre el polvo de siglos y la humedad acrisolada, pequeñas gotas escarlatas que se arrastraban hacia el suelo carcomido.
Duración: 04:38
Una niebla quebradiza se había aposentado sobre la casa desde la primera noche de mi regreso. El moho invadía los zócalos de roble, los tapices habían perdido toda su dignidad y las arañas bordaban cortinas arruinadas en los arcos y esquinas de las cámaras olvidadas. Los postigos de las galerías crujían mudos y helados, y el aire, apenas perceptible, despedía un incesante olor a humedad, a papel viejo, a encierro antiguo y a tiempo extraviado. Volvía yo, morosamente, después de muchos años, casi empujado por la ausencia de otra morada y el implacable orgullo de mi linaje, al corazón pulsante de Rivenhall, mi añeja y funesta herencia.
Recorrí con el paso inseguro de los exiliados aquella galería principal donde antaño reían mis padres y donde mi hermano menor ejecutó su danza final, tras su misterioso extravío en la infancia. No había, sin embargo, ni rastro de su risa, ni siquiera residuo de su sombra. La lluvia, arbitraria y persistente, marcaba con su desconcertante compás las vidrieras ahumadas que daban al oratorio; era el sonido más vital, más presente que mi propio aliento. Y pese a que yo conocía cada piedra, cada nervadura de esa casa, una extrañeza múltiple se cernía sobre mí, como si aquello, lejos de ser mi regreso, fuese el comienzo de una larga y perversa iniciación.
Esa noche, imposibilitado el sueño, erré los pasillos asidos a un candelabro tembloroso. Al pasar junto al retrato de Lady Fateha, mi bisabuela, me detuve; la expresión de la vieja era distinta, la penumbra le había prodigado un rictus que no recordaba, los ojos—tan negros y profundos como la tiniebla de la niñez—parecían seguirme con el resentimiento de los tristes y celosos espectros. En un impulso vano, levanté ante el lienzo la luz trémula: la pintura sangró por las mejillas, entre el polvo de siglos y la humedad acrisolada, pequeñas gotas escarlatas que se arrastraban hacia el suelo carcomido.
Retraído de ese prodigio, y presa de una opresiva superstición, me recluí en la biblioteca, territorio de memorias polvorientas y secretos encuadernados tras cerrojos de cuero. Allí, en una esquina enmohecida, yerto sobre el atril, hallé un cuaderno manuscrito; la caligrafía, de caracteres oblicuos y febriles, pertenecía a mi hermano, Arkady. Leí, aterrado, la solitaria anotación: "No están muertos. Aquí, en la penumbra, se acunan, cantan, esperan."
Fue entonces que una ráfaga helada me despeinó la frente, seguida de la impresión en mis espaldas de una mano infantil y húmeda. Imposible describir el horror glacial que transcurre entre piel y hueso en ese instante sin nombre: no era mi hermano, no era ninguna presencia benigna. Y, sin embargo, no osé volver la cabeza ni gritar; dejé caer el cuaderno y caminé de manera autómata al salón de los tapices, donde el rojo, el verde y el dorado se fundían en la putrefacción de una perpetua penumbra.
Allí, la quietud fue abolida. El tapiz de la crucifixión, hendido por una grieta, se estremecía como un pecho que exhalara su último suspiro. Los caballos galopaban en la tela, los santos se llevaban las manos a la cabeza y la fiel Magdalena lloraba perlas punzantes que caían al suelo real. Todo el salón palpitaba bajo una música indescifrable, leve y de ultratumba, que reconocí: era el arrullo que solía entonar mi madre antes del advenimiento de la locura familiar, melodía que aseguraba la llegada de los sueños y —más tarde— del delirio. Mi corazón, envuelto en un azogue fértil y tenebroso, también parecía responder a esa melodía.
Aun así, fui atraído al ventanal. En el cristal helado, bajo la luna jadeante, vi perfilarse mi reflejo junto a una silueta blanquecina. La figura infantil de Arkady, vestido con el camisón con el que lo perdimos, me contemplaba con la mirada vacía de los ahogados; extendía los brazos y me invitaba a cruzar. La luna se volvió negra en el instante en que su mano tocó la mía, y sentí que mi alma densificaba los vapores de la noche en nombre de todos los horrores ya vividos y por venir. Entonces comprendí que Rivenhall sólo tendría un huésped, y que los ecos, los llantos, los tapices convulsos y los silenciados ruegos de mi estirpe habrían encontrado un nuevo corazón para latir su condena.
Las paredes, resignadas a su destino, retumbaron con un único y último lamento. Mi carne, mi voluntad y mi memoria quedaron allí, cosidas al paño, mientras la casa —bajo la lluvia que jamás cesa— se dedicaba, inexorable, a esperar a su próximo inquilino.
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