Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato El eco del Silencio
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Fragmento:


Razón se inclinó e inició la interlocución: "Timo, hijo de la noche, ¿qué buscas que no haya sido ya pronunciado por los labios de nuestros mejores sabios? ¿No te basta saber que el sentido se origina en la virtud, que el bien es aquello que resplandece por sí mismo y que la verdad, aun cruel, es más digna que cualquier bálsamo engañoso?"

Duración: 04:10

El eco del Silencio
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En los confines de la ciudad, allí donde las antorchas no baten sus manos de fuego y la niebla se ciñe tenaz sobre las piedras gastadas, vivía un hombre que lo había visto todo y nada. Su nombre era Timo, y aunque los años curvaban su espalda y mellaban su voz, en sus ojos se entretejían reflejos que iban más allá de cuanto la vista común podía captar. Su morada era austera: una silla, una mesa, varios papiros manchados de tinta y una lámpara de aceite cuya llama apenas desafiaba la sombra.

Cada noche, Timo salía del mundo de las paredes para sumergirse en los corredores vacíos del pensamiento. No había centinelas a su paso, sólo el discreto rozar del viento y el rugido apagado de sus propios pensamientos, pesados como peñascos, voraces como la sed. En su interior, una pregunta martilleaba el yunque de su ser: ¿Qué significa vivir, si el fin es desaparecer? Si toda luz está destinada a regresar a la sombra, ¿no es cada amanecer una ilusión amable, una farsa tejida sobre el abismo?

Así pues, decidió convocar un conclave consigo mismo, citando en su mesa a la Razón y al Deseo. La Razón acudió primero, vestida de blanco y frío, el semblante afilado, los labios sellados por la lógica y la prudencia. El Deseo llegó después, vestido en rojos y dorados, las facciones encendidas y una risa suave latiendo en su garganta.

Razón se inclinó e inició la interlocución: "Timo, hijo de la noche, ¿qué buscas que no haya sido ya pronunciado por los labios de nuestros mejores sabios? ¿No te basta saber que el sentido se origina en la virtud, que el bien es aquello que resplandece por sí mismo y que la verdad, aun cruel, es más digna que cualquier bálsamo engañoso?"

El Deseo replicó, sin dejar de sonreír: "Amigo mío, ¿para qué sirve toda esa certeza si el corazón gime bajo el peso del anhelo? La vida es breve, y en su fragor reside la libertad: vivir el instante, dejarse seducir por la música, por el vino y por el tacto. ¿No arde acaso el espíritu cuando, por un segundo, todo parece prometer eternidad?"

Timo los escuchó, y en su mente surgió la silueta de la ciudad, bulliciosa, desbordante de esfuerzos y frustraciones, rostros que luchaban por sobrevivir sin tiempo para preguntar por qué. Durante años, él mismo había tejido su vida entre los hilos de ambos contrincantes: una juventud de excesos que cedió, poco a poco, su reino a los límites impuestos por la razón.

En aquel cruce, lo visitó la Sombra—esa presencia callada, invisible pero insoslayable. "¿Sabes?" —susurró—, "buscar fuera de ti sólo prolonga la espera. Todo hombre teme la muerte, pero olvida que teme, sobre todo, la vida no vivida." Su aliento era frío, mas su sentencia, clara.

En esos instantes, Timo recordó el mito de la caverna que en otro tiempo relatara: los hombres encadenados viendo sombras, confundiendo lo real con el reflejo. ¿Era él acaso diferente? Aunque se jactara de buscar la verdad, ¿no sería su vida también una danza de sombras impuestas, una letanía entre lo esperado y lo posible?

Sumido en la meditación, comprendió que ninguna respuesta sería completa porque el alma, como el agua, sólo encuentra descanso en el movimiento. Y así, abrazando la paradoja, volvió sobre sus pasos: aceptó que toda búsqueda es al mismo tiempo una renuncia; que la verdad y el deseo no se excluyen, sino que se entrelazan como hojas arrastradas por el mismo viento—unidas en su diferencia, necesarias en su discordancia.

Al alba, cuando todo se tornó azul y los primeros pájaros interrumpieron la soledad, Timo encendió su lámpara una vez más. Se inclinó delante de ella y sobre el pergamino trazó estas palabras, testamento de su reconocimiento final: "Mientras viva, buscaré sabiduría, pero no rehuiré la miel del instante; y cuando llegue el final, que mi corazón descanse sabiendo que ni la razón ni el deseo reinan solos, sino que juntos componen el himno secreto del mundo."

Al fin, Timo sonrió, no como quien encuentra lo que ha perdido, sino como quien se da cuenta de que la búsqueda misma es el verdadero hogar.

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