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Fragmento:


Allí sentado, se cubrió los hombros con su manto. Pensó en el devenir de los días, en la sucesión interminable de deseos y cansancios que parecen trazar los contornos del “yo”. Pero un soplo de inquietud le agitó el corazón: “¿Soy yo aquel que desea, o soy, por el deseo mismo, creado a cada instante, un titiritero movido por los hilos de la pasión?” Entre los pliegues de la noche, creía oír las voces de aquellos que antes que él se habían hecho la misma pregunta: Parménides y su eterno Uno, Heráclito y su río inquieto, Sócrates ironizando en las plazas, trazando fronteras movedizas entre la sabiduría y la ignorancia.

Duración: 03:54

El jardín de las dudas
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Al caer la tarde, cuando los hombres regresan a sus moradas y el bullicio de la ciudad da paso a los suaves rumores de la brisa, Manes se sentó a solas en un pequeño jardín apartado de la urbe. Entre el murmullo de las hojas y el raro ulular de una lechuza, algunos decían que era aquí, en la frontera incierta entre la razón y el sueño, donde nacen los pensamientos más hondos, aquellos que rehúyen las respuestas sencillas.

Manes era un hombre ya mayor, de mirada inquieta y pasos pausados. Había dedicado su vida a preguntar, no desde la arrogancia del entendido, sino desde la humilde admiración de quien siempre ve en cada idea el umbral de un misterio mayor. Traía esta noche consigo una duda viejísima, una palabra repetida desde hacía milenios: ¿Quién soy? Mas, lejos de pretender resolverla, la miraba de reojo, como a una fiera dormida, temiendo que al tocarla pudiera despertarla más feroz de lo que imaginaba.

Allí sentado, se cubrió los hombros con su manto. Pensó en el devenir de los días, en la sucesión interminable de deseos y cansancios que parecen trazar los contornos del “yo”. Pero un soplo de inquietud le agitó el corazón: “¿Soy yo aquel que desea, o soy, por el deseo mismo, creado a cada instante, un titiritero movido por los hilos de la pasión?” Entre los pliegues de la noche, creía oír las voces de aquellos que antes que él se habían hecho la misma pregunta: Parménides y su eterno Uno, Heráclito y su río inquieto, Sócrates ironizando en las plazas, trazando fronteras movedizas entre la sabiduría y la ignorancia.

De pronto, un gato cruzó el sendero de grava. Lo miró con indiferencia, como si supiera que los hombres no entienden el arte de permanecer en silencio ante la vastedad del misterio. Manes, por un instante, envidió al animal, preguntándose si la conciencia era bendición o castigo: si no sería el pensamiento, como una lámpara, la que proyecta las sombras y nos obliga a temer a lo que, de otro modo, jamás advertiríamos.

Sintió la tentación de buscar certezas en la razón, esa vieja aliada que tan seductoramente convierte el caos en orden. Pensó en cómo toda explicación, por convincente que fuera, necesita un punto firme, una roca desde la que lanzarse a explorar los abismos. Pero cuando buscó en sí esa roca, halló tan solo arena, inestabilidad, acaso la huella efímera de un pie entre millones de huellas. “Quizá”, pensó, “la respuesta no es algo que pueda asirse; acaso somos tan solo preguntas encarnadas, dudas que caminan erectas entre las sombras”.

Mientras la noche avanzaba, el jardín fue sumergiéndose en una bruma ligera. Manes se levantó y caminó bajo los cedros, deteniéndose ante una fuente. El reflejo de la luna sobre el agua le devolvió un rostro que no acabó de reconocer. “¿Qué eres tú?”, le preguntó al espectro acuático. La respuesta, si la hubo, no llegó nunca, salvo en la forma de una vibración diminuta en el agua, una mueca leve antes de que el reflejo se desvaneciera.

Entonces comprendió que había confundido el mapa con el territorio. Que las palabras, tan necesarias, no eran sino mojones en una geografía donde el viajero cambia con el camino, y el paisaje es modelado por la propia mirada. Sintió en sus huesos el vértigo del abismo y, sin embargo, también una paz inesperada. Tal vez la filosofía —esa amante severa— no busca calmar la sed, sino mantenernos siempre sedientos, siempre atentos a la canción secreta que entonan las cosas bajo el manto de la apariencia.

Al regresar a su banco, Manes miró hacia el cielo tachonado de estrellas y pensó que cada una, distante e inalcanzable, pulsaba con la promesa de preguntas todavía sin nacer. La vida, concluyó, no se resuelve: se habita. Y así, entre duda y asombro, continuó su vigilia el filósofo, extraviado —como todos— en el lúcido jardín de las preguntas.

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