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Portada del relato El último vestigio del olvido
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Fragmento:


“Tal vez,” dijo el anciano, “seguimos porque la duda en legítima hija de la vida, y quien verdaderamente vive no busca certezas, sino preguntas nuevas. El pájaro no se pregunta por el tamaño del cielo, solo vuela aunque presienta que jamás conocerá horizonte completo.”

Duración: 04:37

El último vestigio del olvido
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El ocaso resonaba, tan diáfano como una campana sumergida, en la ciudad ya entumecida por el cansancio de los hombres. Gregor, al final de su jornada, caminaba por calles estrechas bordeadas de altos muros anaranjados. Él, que había conocido el rumor de muchos caminos, no podía sino sentir el peso del tiempo adherido como barro a sus botas. Atravesó una plaza pequeña, colmada de bancos vacíos y la sombra de una fuente que ya no cantaba, y entró en una taberna, donde la tibieza y el tenue perfume a madera lo envolvieron como si cruzara umbral a otro mundo.

En la penumbra de la taberna, los rostros parecían máscaras suspendidas, ojos que aguardaban, bocas a punto de hablar, pero inmóviles aún. Gregor escogió una esquina y pidió un vino viejo, la bebida que usaban los comerciantes para dejar el polvo y las dudas al pie de la puerta. Apuró el primer sorbo y, como si otra voz hablara desde su propia garganta, preguntó: “¿Por qué seguimos, nosotros, los hombres, con el paso vencido aunque cada día veamos desmoronarse parte de nuestro propio ser?”

Esa pregunta, tejida entre el humo y el crepitar de una vela, llegó hasta el oído de un anciano sentado junto a la ventana. Vestía ropas pulcras aunque deslucidas y sostenía entre los dedos una pipa sin encender. Se giró con la lentitud de los lagos antiguos, y su mirada era tan transparente que Gregor sintió, sin temor, que ya no podía ocultarse tras ningún velo.

“Tal vez,” dijo el anciano, “seguimos porque la duda en legítima hija de la vida, y quien verdaderamente vive no busca certezas, sino preguntas nuevas. El pájaro no se pregunta por el tamaño del cielo, solo vuela aunque presienta que jamás conocerá horizonte completo.”

A Gregor le retumbó esta frase, como si esas palabras ya hubieran estado dentro de sí, aguardando una voz que las despertara. Recordó, entonces, el tiempo en que creyó que la meta era la única virtud, y que carecer de camino era un signo de debilidad. Pero en aquel instante comprendió que, tal vez, la fuerza verdadera residía justo en aceptar, cada día, la intemperie de la mente.

En la taberna, el murmullo había crecido, la gente hablaba, pero en torno a ellos se formó un extraño remanso de silencio. “¿Y si nada obedeciera a propósito?” aventuró Gregor. “¿Si toda voluntad fuera apenas un juego de la necesidad, y la esperanza un susurro inventado para no desmoronarnos?”

El anciano asintió despacio. “Eso se acerca más al juego auténtico de la vida. Nada nos pide sentido, excepto nuestro propio vacío. Como el niño crea reglas solo para deshacerlas, nosotros creamos significados solo para enfrentarnos, luego, a su precioso absurdo. Pero he aquí la trampa hermosa del pensar: que incluso el nihilismo, si se mira suficientemente cerca, se vuelve un acto de creación.”

Gregor apuró otro sorbo, y comenzaron a hablar, no ya como extraños, sino como compañeros de viaje a través de un territorio invisible. Hablaron de la soledad, esa celda estrecha desde la cual, sin embargo, somos capaces de ver los astros lejanos. Hablaron del amor, que surge y desaparece como el fuego en el follaje, y que siempre deja cenizas que aún arden, aunque parezcan cenizas. Hablaron de la muerte, la única certeza que no necesita nombres, y de cómo saberla inevitable es, paradójicamente, la raíz de todo impulso de belleza.

La noche avanzó y la taberna se vació. El dueño bostezaba limpiando los vasos. Gregor miró al anciano y preguntó, casi con ternura: “¿Y después, qué queda, cuando todas las preguntas se han fundido, o cuando ya no queda fuerza para responderlas?”

El anciano sonrió, y en su sonrisa asomaba la huella de muchos inviernos vencidos. “Queda el asombro,” susurró. “El asombro, hijo predilecto del pensamiento. Cuando todo lo demás se apaga, el asombro enciende una pequeña braza en la noche: mirar una hoja caer, abrazar, recordar un aroma. Ninguna filosofía podrá igualar el sencillo milagro de aceptar la existencia, aun cuando parece absurda.”

Gregor sintió en su pecho el resplandor, fugaz y cálido, de esas palabras. Al salir a la calle, no eran menos hondas sus dudas, pero se sentía habitado por una calma dulce, como si cada pregunta fuera apenas una parte de un diálogo más vasto, en el que no se buscan respuestas, sino la posibilidad infinita de nuevos comienzos.

Bajo la bóveda del cielo nocturno, comprendió que el sentido último quizá no estuviera en descifrar el enigma, sino en acompañarnos en su búsqueda: como dos desconocidos que, al compartir preguntas en la penumbra, pueden cambiar para siempre su travesía entre luces y sombras.

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