Fragmento:
Doro, sin saber si hablaba con su propia mente o con algún espíritu de la ciudad, respondió: “Busco la verdad, o al menos un reflejo que no se distorsione con el tiempo. Estoy fatigado de las mentiras, de los disfraces que usamos unos frente a otros y ante nosotros mismos”. La voz replicó: “La verdad es un jardín cuyo cuidado exige constancia, pero también desapego. ¿No has notado que cuanto más la ansías, más se aleja, como la sombra cuando tratas de tocarla?”.
Duración: 04:47
En una ciudad donde los días se fundían suavemente entre sí y los relojes apenas rozaban la memoria de lo que era el tiempo, vivía Doro, un hombre de mediana edad cuyas preguntas se habían vuelto más numerosas que sus certezas. Caminaba cada día por la misma avenida flanqueada de álamos, observando el desfile de los otros caminantes, cuyas miradas fugaces no hacían sino resbalar sobre la superficie de su ser como la lluvia sobre el mármol.
Una tarde, al sentarse en su banco habitual frente al antiguo teatro abandonado, una voz profunda, tan serena como el rumor del viento en las hojas, emergió desde la penumbra del edificio: “¿Por qué buscas lo que no tiene nombre, Doro?”. Sobresaltado, Doro miró alrededor, sin ver a nadie. Era habitual que sus pensamientos lo abordaran con preguntas, pero aquella voz tenía una densidad extraña, como si cargara siglos de sabiduría.
Doro, sin saber si hablaba con su propia mente o con algún espíritu de la ciudad, respondió: “Busco la verdad, o al menos un reflejo que no se distorsione con el tiempo. Estoy fatigado de las mentiras, de los disfraces que usamos unos frente a otros y ante nosotros mismos”. La voz replicó: “La verdad es un jardín cuyo cuidado exige constancia, pero también desapego. ¿No has notado que cuanto más la ansías, más se aleja, como la sombra cuando tratas de tocarla?”.
Doro guardó silencio. El teatro, antaño ruidoso y festivo, albergaba ahora solo ecos y polvo. “Los hombres”, prosiguió la voz, “se mueven como actores sin guion entre las ruinas de sus propias ficciones. Levantan dioses, erigen sistemas, proclaman leyes. Sin embargo, pocos comprenden el papel que representan y menos aún preguntan por el autor del drama”.
Miró sus manos, envejecidas y cansadas, y repitió para sí: “¿Quién escribe nuestra historia?”. Una ráfaga de viento arrastró hojas secas hasta sus tobillos, recordándole lo efímero de todo cuanto amaba y temía perder. Sintió entonces una punzada de miedo, no por el final, sino por no haber iniciado nunca su propia búsqueda.
La voz prosiguió con dulzura: “Vivimos encadenados al muro de las apariencias, viendo sólo sombras de aquello que verdaderamente es. No es suficiente con liberarse uno mismo; hay que aprender a ver con el corazón despojado de prejuicios, y reconocer en el otro su mismo anhelo desesperado de sentido. ¿Has amado alguna vez a alguien sin esperar nada, Doro?”.
Negó en silencio. Siempre se aproximó a los otros buscando consuelo o aprobación, temiendo el rechazo, negociando afectos como monedas. Comprendió entonces que su sed de verdad era también, en secreto, anhelo de comunión; no buscaba una verdad abstracta, sino una mirada capaz de comprendedlo, de validar su existencia, de acoger tanto sus luces como sus sombras. Las verdades frágiles, pensó, solo subsisten en la carne y la guijarro del encuentro desnudo con los otros.
Fue entonces que sintió una presencia a su lado. Una anciana, de ojos vivaces y rostro surcado de arrugas como mapas, se sentó en el extremo del banco. “Hace años”, dijo en voz baja, “yo también perseguía certezas, queriendo abarcar el mundo con palabras. Aprendí que se puede comprender mucho observando en silencio y amando con humildad. El teatro cae y renace cada día dentro de nosotros. Todo lo verdadero reposa en el intervalo entre perderse y hallarse de nuevo”.
Quedaron unos minutos en silencio, compartiendo la música lejana de un piano desafinado que sonaba en una ventana abierta. El crepúsculo encendía de oro las fachadas, mientras los primeros faroles encendían su tímida vigilia. Doro entendió de golpe que la sabiduría no era un punto de llegada, sino un modo de andar, una actitud reverente ante el misterio. Las palabras de la anciana se entretejieron con el eco de la voz interior: “No vivas como si la vida fuera un laberinto que debe resolverse. Vívela como quien explora un jardín, abriendo los ojos a cada hoja y a cada espina”.
La noche cayó. Doro, transformado aunque igual ante el mundo, se levantó serenamente, inclinando la cabeza a la anciana y a la sombra dormida del teatro. No todas las preguntas encuentran respuesta, pero vivir con ellas, abrigándolas como se cuida una llama pequeña en medio del viento, es quizá la más alta forma de sabiduría. Y así, mientras el murmullo de la ciudad acompañaba sus pasos, Doro comprendió que en cada encuentro, en cada instante, se juega el acto fundamental de la filosofía: atreverse a habitar el asombro, a interrogar sin esperanza de certeza, a amar sin esperanza de posesión. Porque, al fin y al cabo, lo único verdaderamente real es ese instante de conciencia compartida, el milagro inesperado del reconocimiento, la promesa, siempre incumplida y renovada, de la verdad en el corazón de la existencia.
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