Fragmento:
Alexéi se preguntó, como tantas otras veces, qué diferencia real existía entre sus ideas y el mundo exterior. Durante años había sentido que todo lo importante, todo lo que le confería sentido a los días, sucedía en esa frontera difusa de su propio pensamiento, donde la verdad no era más que la suma de preguntas sin respuesta. ¿Era este un privilegio, o acaso una condena? Su mirada vagó por la estancia: el reloj de pared, la lámpara apagada, el leve temblor de la cortina, como pasajes de un libro que alguien hojea sin decidirse a leer.
Duración: 04:26
La noche se extendía, implacable y muda, sobre la ciudad. Detrás de los cristales empañados de una casa antigua, Alexéi Ivánovich, hombre de edad indefinida y ojos ansiosos, permanecía sentado ante su escritorio, contemplando, más allá de los muebles, las calles apenas insinuadas por la luna. No era la primera vez que la noche lo encontraba insomne, atrapado en el hilo invisible del pensamiento, ese suspiro interior que a veces deviene tormenta y otras solo amarga compañía. Sobre el escritorio yacía abierta una carta, sin destinatario ni remitente; acaso una misiva cuya única función fuese servir de espejo a los repliegues de su memoria.
Alexéi se preguntó, como tantas otras veces, qué diferencia real existía entre sus ideas y el mundo exterior. Durante años había sentido que todo lo importante, todo lo que le confería sentido a los días, sucedía en esa frontera difusa de su propio pensamiento, donde la verdad no era más que la suma de preguntas sin respuesta. ¿Era este un privilegio, o acaso una condena? Su mirada vagó por la estancia: el reloj de pared, la lámpara apagada, el leve temblor de la cortina, como pasajes de un libro que alguien hojea sin decidirse a leer.
Su memoria se expandió. Recordó una conversación, muchos años atrás, con su amigo Piotr Mijáilovich, que había llegado una tarde para discutir sobre el destino, la libertad, el sentido último de la vida. Piotr, siempre apasionado y trágico, sostenía que el hombre era libre sólo en la medida en que se rebelaba contra las circunstancias, que el acto de afirmar la propia voluntad frente al absurdo era la esencia de la dignidad humana. Alexéi, más dado a la duda que a la afirmación, había vacilado. “¿Acaso el acto de rebelarse no es también un acto de sumisión, si responde a la necesidad de encontrar sentido?”
Así habían discutido durante horas, y después de aquella tarde, la cuestión quedó sin concluir. Piotr partió hacia el sur, en busca de vientos más cálidos, y Alexéi continuó su vida y sus pensamientos, como quien camina sobre el hielo temiendo el primer quiebre. Esa noche, sin embargo, impregnada de recuerdos, Alexéi sintió con particular agudeza la sombra de esa cuestión insoluble: el abismo entre la idea y la acción, entre el deseo y lo real. ¿Dónde reside en verdad la existencia? ¿En el mundo tangible, o en el acto de pensarlo, de comprenderlo, de rechazarlo, de reinventarlo?
Se levantó con torpeza, encendió la lámpara, y los muebles murmullaron bajo el nuevo resplandor. Habría querido compartir estas preguntas, dirigirlas a alguien sentado del otro lado del escritorio; pero la ausencia pesa más que la soledad, porque en ella los propios pensamientos se escuchan más fuerte, como un eco que se convierte en grito. Entonces comenzó a escribir, impulsado no por la esperanza de encontrar respuestas, sino por la certidumbre de que las preguntas, repetidas y escritas, son al fin lo único que se opone a la marea del olvido.
Su pluma rasguñó el papel:
“¿Qué nos es dado, sino el derecho a dudar, a no saber, a buscar entre las ruinas del mundo y de uno mismo un vestigio de sentido? A menudo temo haber vivido sólo en potencial, nunca en acto; haber sido un hombre de pensamientos y no de gestos, un espectador ante la representación de la propia vida. Pero también es cierto que el pensamiento, como una herida abierta, no puede cerrarse sin cierta violencia contra la propia naturaleza…”
Se detuvo. Más allá de la ventana, el bullicio distante de la ciudad se desvanecía en un rumor. La soledad, entonces, le pareció menos pesada, casi necesaria. Entendió que no estaba solo: miles, millones de hombres y mujeres se interrogaban en las tinieblas interiores, y esa comunión tácita, casi misteriosa, constituía acaso la única forma de consuelo posible.
“Quizá la vida,” pensó, “no sea sino esto: la tensión constante entre el impulso de comprender y el de desistir; entre la esperanza de hallar una respuesta y la angustia de descubrir que no hay ninguna.”
Y mientras la lámpara seguía ardiendo, como una constancia débil pero invencible, Alexéi escribió hasta el amanecer. Cada palabra era una batalla y una tregua, una tentativa de nombrar lo innombrable y de silenciar, al menos por unas horas, la tormenta del infinito dentro de sí mismo. Porque así, en la incertidumbre que multiplica todas las certezas, se juega, una y otra vez, el destino de los hombres.
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