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Portada del relato Sombra sobre el mármol
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Fragmento:


Eran las doce y media, aunque eso podría discutirse, pues Eduard, esperando que la campana del pequeño reloj de madera sonara para anunciarle la hora exacta, experimentó la difusa sensación de que el tiempo podía ser convocado o descartado a voluntad. En el rincón de aquella habitación clausurada al sol, el aire estaba compuesto por partes iguales de polvillo y expectativas. Fuera, las flores habían caído ya de los magnolios, y en el interior, Eduard repasaba, por la enésima vez, los contornos invisibles de la pregunta imposible: qué hacer con la libertad de la conciencia.

Duración: 03:24

Sombra sobre el mármol
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Eran las doce y media, aunque eso podría discutirse, pues Eduard, esperando que la campana del pequeño reloj de madera sonara para anunciarle la hora exacta, experimentó la difusa sensación de que el tiempo podía ser convocado o descartado a voluntad. En el rincón de aquella habitación clausurada al sol, el aire estaba compuesto por partes iguales de polvillo y expectativas. Fuera, las flores habían caído ya de los magnolios, y en el interior, Eduard repasaba, por la enésima vez, los contornos invisibles de la pregunta imposible: qué hacer con la libertad de la conciencia.

Nada le era más familiar que esa incertidumbre. Desde joven había observado las vidas de los demás como un laboratorio de pruebas fallidas, siempre guiándose por reglas escritas en pizarras que la lluvia borraba a diario. Su madre creía en la severidad de la costumbre; su padre defendía la anarquía instintiva. Eduard, sin embargo, percibía la falacia de ambos sistemas: la convicción de que la vida se apoya necesariamente en una base filosófica sólida le parecía, en el fondo, una superstición más.

Fue en ese instante, mientras el tic-tac minúsculo del reloj parecía fusionarse con el palpitar de su pulso, que Eduard recordó la frase de su antiguo profesor de retórica: “La mayor mentira es la estabilidad de las convicciones”. Semejante afirmación le pareció en la juventud un acto de arrogancia gratuita; ahora lo sentía como una advertencia, una melodía de fondo que, por primera vez, exigía ser escuchada.

Embriagado por la sensación de estar al borde de una revelación, Eduard se levantó y paseó a lo largo del gabinete, como si el movimiento pudiera trasladar el centro de gravedad de sus ideas. Observó los libros alineados, algunos con el lomo descolorido, otros abiertos y heridos por el uso. Allí estaba Schopenhauer, con la obstinación de su pesimismo; allí Nietzsche, con su baile frenético de martillos, y más allá, Kant, tan imperturbable y distante como una estrella lejana. Se preguntó si no era, en última instancia, la razón misma un entramado retórico creado para evitar la catástrofe individual.

Por la ventana, una bandada de pájaros navegaba el cielo plomizo. Eduard, casi avergonzado, se preguntó si acaso estaba buscando en la gnosis alguna coartada para eludir la amargura cotidiana: el café insípido, la conversación forzada, la cortés hipocresía de los saludos matinales, las cartas que nunca se responden. Comprendió, con un estremecimiento nervioso, que el afán de extraer sentido era, al menos en parte, una defensa ante el absurdo.

La puerta, inesperadamente, crujió. Era Margarethe, que venía a anunciarle el almuerzo. Ella traía en el rostro la serenidad de quien consiente la limitación práctica del pensamiento: “Hay sopa”, dijo, y esa oración breve contenía toda la eternidad resumida en el vapor de un simple plato. Eduard le sonrió como quien descubre una grieta de luz en la muralla del laberinto. Se sentó a la mesa, y, mientras Margarethe servía el caldo humeante, pensó que tal vez la única filosofía posible era el escueto arte de recibir y ofrecer instantes.

De pronto, el reloj repicó. Ahora sí era mediodía. Eduard alzó la cuchara, sintiendo en el borde de la lengua la apacible sabiduría de lo tangible: un breve momento de calor, una brizna de sal, el murmullo de la vida, que corre y se detiene, sin avisar, en la penumbra.

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