Fragmento:
En la cocina, Marguerite se sirvió café, dejando caer el líquido oscuro en la taza azul. Se preguntó si elegir esa taza y no la blanca era una de aquellas minúsculas decisiones con las que la libertad se disfrazaba, o si no era más bien un gesto automático, determinado por haberse rendido en otras luchas más hondas y secretas. Sartre escribió que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Hizo girar la taza en su mano, evocando un hilo invisible que iba de su abuela, que también prefería el azul, hasta ella misma, y sintió ese vértigo tan familiar de los lazos entre el pasado y el ahora.
Duración: 04:14
Amanecía lento sobre la ciudad, cuando Marguerite se despertó sintiendo el ligero temblor de los árboles tras la ventana. Era lunes, pero podría haber sido cualquier día, pues en el interior de su apartamento el tiempo parecía coagularse, espeso y estático como la sopa que olvidaba en la estufa. Desde hacía un año, desde que los días dejaron de dictarse por el calendario del trabajo y se marcaron, en cambio, por los latidos de su corazón y el eco de pensamientos silenciados, Marguerite convivía con la certidumbre de que la vida poseía un fondo incierto, una oscilación entre la plenitud y la nada que nunca había querido mirar de frente.
Se levantó y cruzó el salón, deteniéndose ante un espejo opaco. Ahí, en esa imagen sin brillo, comprendió que los espejos nunca devolvían tanto como prometían. “¿Quién soy hoy?”, se preguntó, no esperando respuesta, pues sospechaba que la cuestión era un artefacto viejo, casi inútil. Había leído a los filósofos, había amado esas palabras que pretendían contenerlo todo, pero a sus cuarenta años solo le quedaba el vértigo de aquel abismo entre el concepto y la experiencia.
En la cocina, Marguerite se sirvió café, dejando caer el líquido oscuro en la taza azul. Se preguntó si elegir esa taza y no la blanca era una de aquellas minúsculas decisiones con las que la libertad se disfrazaba, o si no era más bien un gesto automático, determinado por haberse rendido en otras luchas más hondas y secretas. Sartre escribió que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Hizo girar la taza en su mano, evocando un hilo invisible que iba de su abuela, que también prefería el azul, hasta ella misma, y sintió ese vértigo tan familiar de los lazos entre el pasado y el ahora.
Con el café caliente en los labios, abrió un libro, pero las palabras resbalaban de su mente, incapaces de aferrarse. De forma repentina, la memoria le devolvió la imagen de aquel verano en los Pirineos, cuando, con veinte años, había sentido que podía caminar hasta cualquier cima, y que el mundo, de algún modo, le pertenecía. Ahora la nostalgia de esa antigua potencia le dolía como una costilla rota que ni el tiempo lograba soldar. “¿Cuándo comencé a vivir en el territorio de lo posible, en vez de luchar por lo imposible?”, pensó.
Un golpe suave en la puerta la sacó de la ensoñación metafísica. Era Louise, la vecina, con los ojos siempre llenos de historias. “¿Puedo pasar?” Marguerite asintió, y juntas se sentaron frente al ventanal. Conversaron sobre trivialidades—la ropa puesta a secar, el precio de la fruta, las nubes que prometían lluvia. Pero era justo ahí, en lo banal, donde la existencia se volvía concreta, tangible. El diálogo era fácil, pero bajo el murmullo surgía la pregunta que nunca decían: ¿Importa lo que hagamos, cuando el mundo sigue girando y la historia arrasa con todos nosotros?
Louise habló de un sueño repetido, en el que camina por un bosque y siempre encuentra una verja cerrada. Marguerite la escuchó, intuyendo una metáfora de la vida—el deseo de cruzar, el miedo de hacerlo, la sospecha de que del otro lado solo haya más bosque, más incertidumbre. Al despedirse, Louise le dejó una pequeña flor de papel. “Para que no olvides lo que cuenta”, dijo. Marguerite no supo si eso era un consuelo o un desafío.
Cuando volvió la soledad, Marguerite encendió la radio y escuchó una vieja canción. Pensó en las miles de vidas invisibles, en la suya y en la de Louise, en las millones de mujeres que cada día pensaban, sentían, tejían sueños en la penumbra. ¿Es suficiente la libertad, cuando del otro lado esperan el tiempo, la muerte y el olvido? ¿Es nuestra vida densa de sentido o solo una sucesión de gestos, como la taza azul habitada por el negro café?
El atardecer cayó lento, y Marguerite comprendió, con una calma triste, que la única respuesta verdadera era seguir viviendo, elegir, incluso en el sinsentido y contra la inercia de los días. En ese acto—mínimo y heroico—se encuentra el latido de lo humano: aceptar el misterio, sostener la lucidez y el deseo, y, pese a todo, volver cada mañana a mirar el mundo, como si en el fondo, cada instante ocultara todavía la promesa de la libertad.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.