Fragmento:
Durante días, el silencio fue su única compañía. Fuera, el jardín resbalaba en la podredumbre y en la bruma; dentro, la casa hablaba un lenguaje de ruidos persistentes: un portazo, un golpe leve en el entarimado, el tic-tac irregular del reloj del ala este, único huésped constante. La noche en que el reloj se detuvo —las agujas fijas a las 3:07, una hora sin abrigos—, Annabel supo que ya no estaba sola, aunque la mansión le había hecho sentirlo desde el principio.
Duración: 04:44
Del otro lado del muro, la orilla del mundo se presentaba difusa, una frontera de niebla y memoria donde hasta el propio tiempo parecía retraerse. La mansión de Whitscombe, sumida en susurros y crujidos nocturnos, llevaba años sin más compañía que el esqueleto de las enredaderas y el ocasional cuervo que danzaba entre los pináculos rotos del tejado. Sin embargo, una noche de noviembre —lo bastante helada para dar al aliento forma de espectro—, llegó Annabel, arrastrando consigo una maleta y la sombra de una última decisión.
Nada la aguardaba allí salvo el desafío de una casa convencida de que su trabajo aún no había concluido. En el vestíbulo la recibió el perfume dulzón y marchito de la madera enferma de humedad. Las paredes, cubiertas de cuadros cuyos ojos parecían maniatar la luz, escrutaron cada movimiento suyo mientras subía los viejos escalones, rechinantes como mandíbulas. Annabel sentía, como un guante mojado, la presencia de algo instalado en la costura de cada habitación. Entre las lineas desconchas de los espejos rotos, la imagen de su rostro se fragmentaba en decenas de Annabeles observándose mutuamente.
Durante días, el silencio fue su única compañía. Fuera, el jardín resbalaba en la podredumbre y en la bruma; dentro, la casa hablaba un lenguaje de ruidos persistentes: un portazo, un golpe leve en el entarimado, el tic-tac irregular del reloj del ala este, único huésped constante. La noche en que el reloj se detuvo —las agujas fijas a las 3:07, una hora sin abrigos—, Annabel supo que ya no estaba sola, aunque la mansión le había hecho sentirlo desde el principio.
Algo en el ambiente cambiaba entonces. El aire se tornó denso, como si una invisible multitud respirara tras los muros, esperando su turno. Annabel, acostumbrada a la soledad, reconoció de inmediato esa respiración ajena: cálida, pesada, intencionada. De entre los tapices surcados por el polvo, emergieron voces que no usaban palabras, sino sensaciones, pequeños retazos de frío y miedo que le rozaban la piel.
Cada mañana al despertar encontraba sobre su mesita de noche una sola rosa marchita, pétalos tan oscuros que parecían rojos solo a la luz agonizante del amanecer. La primera vez pensó en un visitante invisible. Al quinto día, la certeza: la rosa la elegía, y con la rosa, los sueños se hacían vívidos y terribles. Soñaba con corredores interminables, con manos adelgazadas de carne cetrina que la guiaban por habitaciones donde los relojes giraban al revés y la sangre rezumaba por las grietas de la madera. Pero al despertar, la rosa giraba inevitablemente al polvo, como si sólo en el sueño fuera real.
El ala este, siempre cerrada con llave, resonaba con pasos en mitad de la noche. Annabel, arrastrada por el pulso antiguo de la casa, se encontró un miércoles frente a la puerta. El picaporte estaba frío, el hierro cubierto por algo que parecía encaje húmedo al tacto. Al girarlo, la puerta cedió con un suspiro, y al otro lado, el corredor parecía más de otro siglo que de otra ala. Bajo una lámpara mortecina, el gran reloj la aguardaba entre vitrinas de cristal empañado.
Se acercó, impulsada por el tambor sin compás de su corazón. En la esfera del reloj, los números tallados en hueso parecían mirarla con reproche. El reflejo del cristal mostró —además de su propio rostro— el rostro de otra mujer, de ojos profundos y piel de terciopelo, que le sonrió apenas antes de desvanecerse en una ráfaga gélida. En ese instante supo que la mansión había guardado toda una vida la memoria de sus antiguas habitantes. Sus secretos, sus tormentos, su inevitable soledad convertida en un inquebrantable legado.
El reloj arrancó de pronto, en una explosión de campanadas deformes, y con cada repique la casa vibró, llenándose de presencias. Annabel sintió las manos invisibles alzándola, empujándola hasta la ventana. A través del vidrio empañado, vio el jardín transformado: las rosas, centelleando con un rojo imposible, brotaban vigorosas entre las raíces podridas. La niebla se dispersó, sólo por un segundo, y en el resplandor del alba, decenas de figuras femeninas —como reflejos en el cristal— la miraron, cada una llevando una rosa oscura en las manos.
Al final de esa noche, Annabel comprendió su papel. No sería la última. Traería consigo historias y sueños, y tras sus pasos nacerían nuevas rosas, etéreas, custodiadas por el eco interminable de una casa que nunca deja marchar del todo a quienes elige. Al primer sonido de la amanecida, el reloj del ala este marcó una nueva hora: la de la espera, la vigilia perpetua, el amor desesperado de todas las cosas que no pueden morir.
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