Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Powerless (edición especial limitada)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Todo lo que guardamos en las manos
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Duración: 04:45

Todo lo que guardamos en las manos
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Las calles duermen bajo una capa de ceniza que, a cada paso, se levanta apenas un suspiro, como si la tierra respirara todavía, a pesar de todo. Robert camina despacio, sorteando charcos de agua aceitosa donde antes hubo parques y risas de niños. El aire es tibio, con ese tibio de fiebre que se siente en la frente de los enfermos, y detrás de cada esquina acechan los ecos de un mundo que tuvo rostros, ventanas iluminadas, perfumes de pan caliente en los amaneceres de antaño.

La ciudad ha quedado muda. Aquí y allá, las ventanas abiertas dejan ver muebles cubiertos de polvo y muñecas ciegas, sentadas junto a tazas vacías. Robert se detiene frente a una de esas casas, levanta la mano y apoya la frente en el vidrio sucio. Un gato atraviesa el salón, huesudo, aterciopelado de miedo. La luz recorta su figura y Robert imagina que fue alguien el último en tocarlo, en llamarlo con un silbido suave. Todo parece pretender, todavía, que existimos, aunque de otra manera.

Los que quedan—porque siempre queda alguien—se mueven en las sombras de las noches largas. Robert los ve a veces, figuras envueltas en abrigos raídos, en silencio, intercambiando gestos mínimos alrededor de fogatas alimentadas con trozos de viejos libros y sillas. Nadie se atreve a hablar del Tiempo de Antes, como si el pronunciarlo pudiera atraer los relámpagos azufrados que trajeron este silencio, o tal vez porque recordar hace doler los ojos, y doler ha pasado a ser un lujo que se reserva para el futuro.

Cierto día, Robert encuentra una radio tirada en un charco y se la lleva a su refugio, un sótano ventilado desde el que se ve una retícula de hierbas espinosas avanzando, tímidas, desde las grietas del asfalto. Juguetea con la perilla, escuchando crujidos y zumbidos. Finalmente, una voz:

“¿Me escuchan?... Hablen si hay alguien”.

Vacila, con el corazón subiéndole a la garganta. Lo primero que piensa decir es: “Estoy solo”. Pero, otra vez, recordarse solo duele. En su lugar, murmura:

“Todavía estamos”.

La voz al otro lado duda también, el espacio entre palabras se alarga y ensancha hasta parecer años.

“Todavía…” repite, “es suficiente”.

Durante semanas, la radio se convierte en el único vínculo. La voz habla de otras ciudades, de otros que buscan semillas limpias, agua, respuestas. Robert escucha, a veces responde con cuentos breves de cómo florecía el jazmín junto a la estación; a veces sólo deja que la voz lo acune en la oscuridad como si fuera una madre eterna. Algunas noches, otra voz se suma, apenas un susurro, quizá una niña, que canta melodías olvidadas.

El paso del tiempo pierde definiciones. Robert no cuenta los días; no tiene sentido. Uno amanece y detrás queda el anterior, como hojas secas que se confunden unas con otras. Una vez, sale temprano y encuentra un muro cubierto de líquenes. Con el filo de una llave antigua, traza un círculo y dentro escribe su nombre, un testimonio mínimo: “Robert estuvo aquí”.

Pasan estaciones, o tal vez no. Robert no lo sabe. El mundo, de alguna manera, se está rehaciendo desde la ruina. Hierbas raras crecen en los bordes, insectos pululan en los jardines muertos. A veces, se atreve a mirar el horizonte y reconoce montañas, formas familiares bajo la sombra de lo que ya no existe.

Al fin, una mañana, la voz le pide:

“Ven. Hay otros. Nos reunimos donde la carretera parte en dos el valle. Trae todo lo que recuerdes, no lo que poseas, sino lo que recuerdes”.

Robert prepara una bolsa pequeña: un libro abierto por la mitad, la radio, una cuchara de plata, una foto en la que todos sonríen inclinados sobre una torta de cumpleaños. Cuando camina hacia el punto de reunión, siente como si llevara el hogar entero, no en la bolsa, sino habitando en sus huesos, entre palabra y palabra que se calló tantas veces.

De pronto, la brisa parece distinta. Oye pasos, murmullos. Gritos suaves, carcajadas accidentales. Otros llegan de todas partes, emergiendo de la niebla de los días como si la ciudad, después de tanto, llamara a sus hijos por última vez.

Nadie pregunta de dónde vienen los relámpagos ni quién tiene la culpa. Nadie nombra lo que se ha perdido. Solo miran el sol—tan tenue aún, tan trémulo—y simplemente, por un instante breve y absoluto, sienten que es posible volver a empezar.

Una mujer canta, un niño corre tras una pelota hecha de trapos. Robert levanta la radio. Todos escuchan. Habrá música, relatos, quizá historias nuevas.

Caminan juntos en silencio, a través del polvo y las ruinas, hacia las tierras olvidadas, con la memoria ardiendo aún en las manos y las primeras semillas del mañana guardadas bajo la lengua.

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