Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Novela El calendario del amor
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La inspectora gitana
Portada del relato El último reloj de arena
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Fragmento:


El mundo antes era ruidoso, pensó, recordando el zumbido de las luces de neón, los motores y las voces. Ahora, incluso los supervivientes hablaban poco, y en sus palabras dormían secretos como perros viejos, sin interés en despertar. Martha se detuvo frente a una pared pintarrajeada con musgo oscuro y restos de carteles, algunos con promesas de conciertos ya olvidados, otros con advertencias para días de cuarentena que nunca terminaron.

Duración: 05:34

El último reloj de arena
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La lluvia caía, fina, persistente, un manto grisáceo que destiñó los últimos rastros de color del mundo. En los escombros de lo que alguna vez fue una avenida, los huesos blanqueados de un perro yacían entre botellas derretidas y cascotes de hormigón tan antiguos que el musgo había olvidado su aversión al cemento. Martha caminaba despacio, con la espalda curvada bajo el peso de la mochila, el abrigo gastado ondeando como una piel de reptil vieja. Cada paso que daba entre los charcos y la mugre reunía pequeñas sinfonías de cristales rotos: la única música que conocía desde los días del silencio silbante.

El mundo antes era ruidoso, pensó, recordando el zumbido de las luces de neón, los motores y las voces. Ahora, incluso los supervivientes hablaban poco, y en sus palabras dormían secretos como perros viejos, sin interés en despertar. Martha se detuvo frente a una pared pintarrajeada con musgo oscuro y restos de carteles, algunos con promesas de conciertos ya olvidados, otros con advertencias para días de cuarentena que nunca terminaron.

De vez en cuando, una sombra se movía entre las ruinas. Algunas veces era el viento, otras veces lo llamaba imaginación. Pero esta vez supo que no era ninguno de los dos. Unos ojos la miraban desde la negrura de un portal derruido. No vaciló; llevaba días preparándose para este momento igual que una actriz ensaya sus movimientos antes de la escena final. Sabía que, a pesar de la distancia y la desconfianza, el trueque era inevitable. Después de todo, las ciudades sobrevivían por la necesidad. La soledad era mortal.

El hombre emergió, cubierto con un impermeable de colores tan sucios que podría haber nacido de la tierra misma. Llevaba un sombrero empapado que le tapaba los ojos. Martha levantó una mano, mostrando las tres pastillas de antibiótico envueltas en plástico, como si fueran perlas valiosas. El hombre asintió, levantó una lata de conserva, todavía sellada, por lo que ella le concedió otro minuto de vida.

El intercambio fue rápido, sin palabras, sin miradas, sin agradecimientos. Se dieron la espalda y desparecieron cada uno por su lado. Martha abrió la lata un poco después, bajo el amparo oxidado de un quiosco destruido. El contenido era maíz. Frío, insípido, pero comida al fin, y con ello sintió una nostalgia afilada por los días de manteles y sobremesas. Comió en silencio, escuchando la vieja melodía del viento que corría por las ruinas.

En el mundo de afuera, cada noche traía consigo historias diferentes. Había personas que decían haber visto fuegos a lo lejos, más allá del río cubierto de algas. Otros hablaban de una secta que recolectaba relojes y medía el tiempo en memoria de lo que había sido. Martha no creía demasiado en esas historias, pero sospechaba que, al igual que ella, todos buscaban un sentido allí donde solo quedaba entropía.

Después de comer, encontró refugio en los restos de una tienda de ropa. Los maniquíes seguían ahí, estremecidos y desnudos bajo la humedad, como esperando una primavera que nunca regresaría. Se envolvió en cortinas polvorientas que alguna vez fueron verde esmeralda. El sueño llegó envuelto en fragmentos de viejas canciones, murmuradas entre sombras y sospechas.

Soñó con luces y fiestas, pero en su sueño la gente carecía de rostros. Sólo veía bocas susurrando palabras que no entendía, ojos que se volvían contra ella, insistentes en su pregunta incomprensible: “¿Por qué quedaste?”. Se despertó antes del alba, sentada en juguetona vigilia, repasando el contenido de la mochila: agua, dos latas, fósforos mojados, un libro de poemas irreconocibles por la humedad, la foto desvaída de un niño que no recordaba si alguna vez había sido suyo.

Mientras la ciudad despertaba a su cruel lentitud, Martha apartó la cortina, miró el cielo encapotado y decidió moverse antes de que las hienas encontraran su rastro. Caminó hacia el este, donde los edificios perdían altura y las huellas humanas se mezclaban con las de animales salvajes. Aquí y allá, alguna pared se mantenía milagrosamente en pie, cubierta de mensajes: “Sigo aquí”, “Vendí mi alma”, “No olviden la música”. Ella los leía como promesas o advertencias, como si cada una, a su modo, fuera una súplica contra el olvido.

En una esquina de la ciudad, descubrió una iglesia decrépita. El campanario había caído, pero dentro los bancos aún estaban alineados. Avanzó entre vitrales rotos, pisando pétalos de vidrio multicolor. Al fondo, una figura vestida con ropas clericales —un disfraz ridículo en este mundo— murmuraba plegarias ahogadas. Martha se quedó escuchando; había en esa voz una tristeza parecida a la suya. Cuando el hombre la vio, calló. Bastó un cruce de miradas para entenderse: no eran enemigos, solo dos supervivientes jugando a recordar el sentido de la comunidad. Se sentó a su lado en el primer banco y esperaron en silencio a que el día comenzara, cada uno acompañado por el otro, sabiendo que, quizá, por un minuto más, las hienas y los recuerdos no entrarían a ese santuario de ruinas.

En el mundo fuera de la iglesia, la lluvia nunca cesaba, pero dentro se sentían menos solos. Hubo un momento breve en que Martha pensó que podrían empezar de nuevo, pero los años de soledad no se disuelven con compañía fugaz. Cuando el primer rayo de luz cruzó las nubes, se despidió en silencio, dejando tras de sí una esperanza apenas nacida sobre los escombros: esperanza de que la memoria, al igual que la música y la fe, pudiera sobrevivir a todo lo que alguna vez se llamó fin del mundo.

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