La chica del lago
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Powerless (edición especial limitada)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Portada del relato Fragmentos de la Aurora Última
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Fragmento:


Escribo “biblioteca”, pero ya nadie entiende esa palabra. Tampoco entienden “escribo”. Lo que Alise hace es pronunciar las sílabas arrinconadas dentro de su garganta, como si dieran calor. Entre los desconocidos que a veces pasan —los errantes, los cráneos rapados, los niños revoltosos con piel tatuada por el sol tóxico— se rumorea que la mujer del norte conoce todos los relatos. Pero a nadie ha contado toda la historia. No puede. Solo le está permitido hablar de una cosa cada día, según la ley inalámbrica, inscrita en la piedra más vieja hallada tras el Diluvio Mecánico.

Duración: 05:11

Fragmentos de la Aurora Última
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No es la distancia lo que separa a los supervivientes, sino el tiempo: fragmentado, corrompido, leudado por la memoria y sus omisiones. En el norte, donde la escarcha nunca se retira del todo, una mujer llamada Alise recolecta palabras perdidas como otros recogen leña o conservan comida. Vive en una biblioteca derruida, los estantes desgajados como costillas de un animal vencido, y donde los libros sobreviven solo como piel vacía, palabras desleídas bajo las lluvias del cataclismo. Alise, sin embargo, no busca papel: revuelve los escombros por fragmentos de vidrio con letras talladas, por grabados en piedra, por cualquier señal de sentido preservado contra la erosión.

Escribo “biblioteca”, pero ya nadie entiende esa palabra. Tampoco entienden “escribo”. Lo que Alise hace es pronunciar las sílabas arrinconadas dentro de su garganta, como si dieran calor. Entre los desconocidos que a veces pasan —los errantes, los cráneos rapados, los niños revoltosos con piel tatuada por el sol tóxico— se rumorea que la mujer del norte conoce todos los relatos. Pero a nadie ha contado toda la historia. No puede. Solo le está permitido hablar de una cosa cada día, según la ley inalámbrica, inscrita en la piedra más vieja hallada tras el Diluvio Mecánico.

Alise amanece, escoge una piedra o un trozo de vidrio donde ha grabado simbólicamente algo: “navegante”, “puente”, “cálculo”, “traición”…, y lo lleva al fuego. No lo arroja; lo muestra, como si fuera un tótem o una advertencia. Los oyentes —cuatro o cinco, nunca más, siempre diferentes— se sientan alrededor. Unos no entienden, otros preguntan. Las respuestas nunca son directas. Cuando la plasma, Alise arrastra la voz como se arrastra el polvo: “Antes, los días no se medían por el hambre. Antes, el mar y el cielo se estudiaban para buscar rutas o para prever los sueños de lo invisible.” Los niños no comprenden. Los adultos fingen hacerlo pero guardan silencio.

Por la noche, Alise sale a revisar los sensores de la humedad —restos de artefactos extraídos de circuitos derretidos e injertados en la corteza de los escombros. Robar humedad es más difícil que robar comida; la sequía devora todo lo que aún respira y lo escaso se negocia ferozmente en los cruces de caminos. Ella evita aquellos encuentros. Los años han demostrado que traer palabras a cambio de agua es menos peligroso que portar cuchillas o balas. Nadie mata al narrador, nadie roba al archivo. Temen que si la última de las que recuerdan muere, también lo haga la realidad.

Una noche, cuando la luna apenas es distinguible entre las nubes amarillentas, llega un muchacho. Tiene cicatrices antiguas en la cara, y en sus brazos lleva algo envuelto en cinta de cobre: un trozo de espejo, pulido hasta la transparencia absoluta, y grabado con líneas tan finas que solo bajo el rayo exacto de la linterna solar parecen signos. El peculiar objeto sería valioso convertido en arma o lanzado como moneda antigua, pero el joven no lo ofrece para comerciar. Quiere entender lo que dice el espejo.

Se sienta frente al fuego, extiende el objeto. Los otros lo miran con recelo, pero Alise solo sonríe, cansada: “Esto es una pregunta. Habla de lo que fue, de lo que podría ser.” Los dedos de la mujer recorren minuciosamente la superficie. Sabe que la información almacenada no podrá ser leída por ningún artefacto ya existente; ni escáner, ni lente, ni computador. Solo la vieja memoria humana puede intuir lo que esas fracturas del vidrio representan.

Así comienza, no sólo el relato de la noche, sino el principio de algo nuevo. Mientras Alise interpreta las líneas del espejo, dibuja en el aire el contorno de una historia en la que los sobrevivientes, guiados por fragmentos dispersos, deben decidir si reconstruir lo sido o inventar algo diferente. Los oyentes, por primera vez, interrumpen. Plantean preguntas: ¿por qué los antiguos dejaron todo escrito en soportes tan frágiles? ¿Por qué confiaron el futuro a historias en vez de armas? ¿Por qué, si la memoria es tan volátil, insistieron en transmitirla?

A la mañana siguiente, el joven del espejo se queda. Ayuda a buscar piedras y vidrios, aprende a leer trazos y a escuchar lo que no se dice entre las palabras. Otros comienzan a hacer lo mismo: crear relatos, tallar símbolos, intercambiar preguntas en vez de recursos materiales. Alise observa cómo la narración deja de ser supervivencia para volverse resistencia, y la memoria común se transforma lentamente en la base de una sociedad naciente.

En una época donde los mapas han dejado de señalar rutas seguras y el lenguaje mismo es otra víctima de la gran pérdida, la comunidad descubre algo tan vital como el agua: las historias, mutiladas, a menudo equivocadas o incompletas, contienen algo indestructible. Cada relato es una semilla: germina en las ruinas, otorga sentido a los nombres, y protege contra el olvido final. No reconstruyen el mundo anterior, pero eligen este camino de fragmentos y ecos como su apuesta.

Así, bajo los cielos envenenados y entre piedras grabadas, la humanidad inventa de nuevo la aurora, una sílaba a la vez.

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