Fragmento:
El silencio correspondió. Demasiadas palabras, en estos tiempos, podían costar más que cualquier resto de comida o medicamento. Y la noche, como un depredador invisible, acechaba fuera de las paredes protegidas por grafitis de advertencia: “Aquí dentro, los sueños son lo único que no perece”.
Duración: 05:47
El viento ululaba sobre los vestigios de lo que alguna vez fue la calle mayor de la Ciudad Autónoma. Su sonido era la única compañía fiel de Cedric en una noche en que la temperatura se desplomaba sin remordimiento, como una condena para quienes allí quedaban. El crepúsculo no traía consigo la habitual promesa de reposo, sino que era un recordatorio inquebrantable de que los días y las noches habían perdido su antiguo sentido; cedidos ante la anarquía de los elementos, la ruina de lo que se llamaba civilización. Ardían residuos de plásticos y textiles mientras los pocos rostros aún humanos —demacrados, ensombrecidos, astillados por el hambre y los miedos— buscaban en las llamaradas restos de calor y algún atisbo de esperanza olvidada.
Cedric se encaminó, cubriéndose con harapos, hacia la antesala de lo que fuera la Biblioteca Imponente, ahora transformada en cobijo y altar para supersticiones. Cada noche, los reunidos allí alimentaban otra llama más: una hoguera de recuerdos, donde los libros se quemaban lentamente a cambio de horas de fantasmas y leyendas nuevas. Su llegada fue saludada con reverencia sombría, pues Cedric, por accidentes de la casualidad o de la infortunada astucia, había conservado la lucidez suficiente para liderar lo que quedaba de los “Letargos”.
“Estás tarde”, murmuró Brahma, un espectro humano de piel ajada, sosteniendo ante su pecho el último tomo de medicina veterinaria, recién rescatado del derrumbe de la farmacia.
“El sol se fue por tercera vez hoy”, respondió Cedric, un tono de ironía amarga aflorando sin voluntad. “Supongo que ni los astros quieren presenciar nuestro desarraigo.”
El silencio correspondió. Demasiadas palabras, en estos tiempos, podían costar más que cualquier resto de comida o medicamento. Y la noche, como un depredador invisible, acechaba fuera de las paredes protegidas por grafitis de advertencia: “Aquí dentro, los sueños son lo único que no perece”.
Cedric se sentó junto al fuego con el grupo. En este círculo, se entremezclaban historias de la caída —algunas honestas, otras tan distorsionadas por el trauma que resultaban pura mitología contemporánea— pero todas eran moneda de cambio. Se hablaba, casi con nostalgia, de las guerras relámpago que electrificaron los cielos, de las lluvias ácidas que devoraban techos y pieles, de la lenta transformación de la atmósfera en un enemigo nunca saciado.
“Encontré algo hoy”, dijo Iskra, una joven cuyo rostro aún conservaba la osadía, la marca de quienes se niegan a convertirse sólo en testigos silentes del ocaso. Sacó de un bolsillo un artefacto oxidado: una pequeña máquina de relojería, cubierta de polvillo y enredada con escoria de cobre.
Los reunidos se inclinaron hacia adelante, la curiosidad viva, casi infantil en el fulgor de sus ojos. Iskra, a modo de ceremonia, giró la manivela. El objeto, contra toda lógica, emitió un repique suave: un tic-tac minúsculo, rítmico, que se coló en los huecos de la arquitectura decrépita como un recordatorio de la vida anterior.
Tal vez fue el sonido, tan ajeno a la devastación acostumbrada, o la ilusión colectiva de que un reloj podía devolverles los días robados; fuera como fuere, todos se miraron buscando confirmar que aquello era real. Cedric sintió, por primera vez en meses, un estremecimiento de esperanza —una idea prohibida, pero innegablemente deseada.
Brahma fue el primero en hablar: “¿Funciona aún? ¿Podrá medirnos el tiempo, o sólo la pérdida?”
“La esperanza”, repuso Iskra, “no mide el tiempo: lo reinventa.” El grupo rió, un eco torpe y cálido, que llevó a la noche a distenderse apenas unos grados.
Así, noche tras noche, los Letargos mantenían encendida la llama. Contaban historias y compartían hallazgos, desde hojas de periódicos desleídos hasta cucharas melladas y llaves que ya no abrían nada. Cada objeto era una memoria, y cada memoria una rebeldía contra el olvido que lo engullía todo.
Las horas siguientes, mientras algunos dormían y otros velaban, Cedric deambuló por los pasillos devorados por el moho y la decadencia. En una sala, encontró un mural: niños de manos enlazadas, pintados cuando aún había escuelas y amor por el color. Sobre los rostros infantiles, la humedad había creado máscaras irreconocibles —como si la memoria misma del mundo, avergonzada de tanta fragilidad, quisiera borrar toda muestra de esperanza anterior.
Cedric se detuvo ante la figura de una niña que miraba hacia un sol inacabado en el muro. Por un instante, imaginó que ella le saludaba; un delirio, o el primer síntoma de una fe sin causa real. Detrás de sí, los ecos de los demás resonaban lejos, como si estuviesen ya en otro plano de existencia. Se llevó la mano al pecho donde, bajo las capas de harapos, palpitaba el reloj rescatado por Iskra. El pequeño artefacto, casi nada y casi todo, batía lento su pulso mecánico, recordándole que, aunque el mundo había perecido, el rito humano de inventar sentido persistía.
¿Se podía sobrevivir en un mundo donde el tiempo era sólo una sombra, donde la esperanza se reducía a cacharros hallados al azar y donde los libros eran ceniza? Quizá, razonó Cedric, la supervivencia consistía justo en eso: en aceptar que la verdadera resistencia no era evitar la muerte, sino preservar la chispa invisible que, por una vez, los había hecho humanos.
La noche avanzó, arropando los últimos crepúsculos de lo perdido y lo que quedaba. Y al alba, cuando el reloj todavía goteaba tic-tacs clandestinos, Cedric y los suyos aún respiraban, desafiando a la misma eternidad que intentaba tragarlos. Porque el olvido, finalmente, era un adversario sin rostro, pero lleno de grietas por donde sobrevivía la memoria.
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