Fragmento:
El viento no cantaba ya sobre la piel del mundo como antes, cuando las estaciones eran reconocibles y la diferencia entre primavera y otoño estaba escrita en cada rama, en el pulso de las raíces. Ahora, el viento arrastraba consigo sólo residuos de una memoria planetaria, y Nadine recogía fragmentos, trozos de vidrio ahumado y tela chamuscada, de entre la arena caliente y las piedras gastadas. Nunca supo si los recogía para entender o para olvidar, pero sus manos se cerraban sobre los objetos como si apretaran pedazos de existencia.
Duración: 04:33
El viento no cantaba ya sobre la piel del mundo como antes, cuando las estaciones eran reconocibles y la diferencia entre primavera y otoño estaba escrita en cada rama, en el pulso de las raíces. Ahora, el viento arrastraba consigo sólo residuos de una memoria planetaria, y Nadine recogía fragmentos, trozos de vidrio ahumado y tela chamuscada, de entre la arena caliente y las piedras gastadas. Nunca supo si los recogía para entender o para olvidar, pero sus manos se cerraban sobre los objetos como si apretaran pedazos de existencia.
La comunidad había logrado reunir a una veintena bajo las carpas costuradas con lonas y fibra vegetal, sus bordes empapados de un rocío rancio que alguna vez fue rocío fresco. Nadine todavía recordaba los días en que habría mirado a los recién llegados a los encuentros comunitarios con suspicacia, como hacen los animales acorralados. Ahora, la norma era la aceptación: después de todo, el exterior no ofrecía nada mejor que la incertidumbre humeante del interior.
El reencuentro con la tierra fue tembloroso. Cosechaban de la arena lo que surgía: hongos fibrosos con venas negras, unas raíces translúcidas que, si se hervían en agua de lluvia tres veces, no mataban a nadie. Un conocimiento nuevo, transformado por la necesidad, se transmitía no en cuentos, sino en gestos: cómo mirar bajo la luna pálida sin que los ojos ardieran, cómo escuchar si el latido de la pestaña propia es el único sonido en la noche. El saber era fragmentado, casi clandestino, como lo era la propia vida.
La noche de la lluvia ácida, Nadine se acurrucó junto a Lena bajo una manta hecha de piezas sobrevivientes de manteles y cortinas que alguna vez adornaron hogares. Lena, más joven, menos marcada, todavía preguntaba por la ciudad. Creía que más allá del horizonte de ceniza húmeda y de los árboles partidos por la mitad debía de existir algo parecido a un refugio, porque el instinto de buscar refugio no se pierde tan fácil: es la raíz más antigua. Nadine no hablaba mucho, pero le permitió a la niña tocarle la mano, y juntas escucharon cómo la lluvia chisporroteaba sobre la lona como uñas arrastradas sobre hueso cristalino.
Por las mañanas, el sol no era más que una lámpara pálida colgante de un cielo infectado, y la gente se reunía en la penumbra, simulando desayunos. Los adultos masticaban en silencio, los niños jugaban con esferas de lodo pulido. Tan vez, pensó Nadine, esos niños nunca recordarán cómo fue el brillo verdadero del agua, o la sensación de una hoja viva entre los dedos. Alguien relataba historias, pero no eran historias sinceras sino adaptaciones: en ellas, nunca nadie moría, y siempre crecía algo inesperado, algo verde y tierno que salvaba a los buenos y dormía a los malos.
Un día, al remover una piedra, Nadine halló una semilla, gorda, extrañamente intacta. La sostuvo un largo rato; le parecía oír el rumor de una promesa desde el interior. La llevó como un talismán, envolviéndola en trapos hasta que la noticia se esparció. Pronto, todos querían mirarla, y comenzaron a preguntarse si no sería posible hacer germinar algo, pese a la erosión y la radiación. Se estableció un claro ritual para plantar la semilla. Juntaron agua en cuencos oxidados y prepararon la tierra con esmero infantil. Enterraron la semilla, y durante días la vigilaron, cuidando que ningún animal (o humano) se acercara demasiado. El silencio entre ellos era más denso aún que el polvo amargo que respiraban.
Pero nada brotó. La tierra no era tierra, sino un chaleco de heridas, un campo sellado. Una noche, cuando la desesperanza era un espectro entre las hamacas y la neblina, Lena preguntó a Nadine si había tenido miedo al plantar la semilla. Nadine le susurró que sí, pero que el miedo era más débil, porque plantar implicaba que aún se creía lo suficiente como para intentar. Lena, en voz muy baja, dijo que entonces lo seguirían intentando, aunque fueran solo ellas.
Ocurrió que, en la madrugada silenciosa, alguien notó que cerca del lugar donde enterraron la semilla ahora había una huella, una sombra de tallo pegada sobre la piedra. La figura era imposible, una estancia apenas inscrita, pero suficiente como para que el rumor de esperanza, nueva y vieja a la vez, creciera entre la gente como un brote inverosímil. Nadine no supo si la semilla realmente germinó, o si todo fue una ilusión tejida por el anhelo, pero decidió no preguntar. En la era de los finales, la fe, aunque mentirosa, servía para recomponer conclusiones.
Cambió algo después de aquello. No más comida, no menos peligro, pero sí una extraña prisa por hablar de futuro. Comenzaron a confeccionar ropas de colores a partir de mallas oxidadas y fibras usadas. Cantaron una canción que nadie sabría de dónde surgió, y la melodía los sacudió como un viento prehistórico. Nadine no creyó nunca que el mundo volviera a ser como antes, pero vio que incluso en el vacío erguido de lo que quedaba, la vida, aunque fragmentaria y tozuda, podía aún plantear una pregunta. Y, a veces, bastaba una pregunta incansable para reinventar el aire que se respiraba.
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