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Fragmento:


La penumbra era una sábana densa sobre la faz de la Tierra. Apenas cincuenta años atrás, los abuelos de Morgan hablaban de días resplandecientes en los que la luz perforaba la atmósfera y los pájaros cantaban su júbilo en las copas de los árboles. Ahora no quedaban ni árboles ni pájaros. Sólo una neblina de polvo ceniciento y la persistente debilidad de aquellos que aún resistían.

Duración: 04:49

El Silencio de la Penumbra
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La penumbra era una sábana densa sobre la faz de la Tierra. Apenas cincuenta años atrás, los abuelos de Morgan hablaban de días resplandecientes en los que la luz perforaba la atmósfera y los pájaros cantaban su júbilo en las copas de los árboles. Ahora no quedaban ni árboles ni pájaros. Sólo una neblina de polvo ceniciento y la persistente debilidad de aquellos que aún resistían.

Morgan caminaba despacio, sintiendo el aire roer sus pulmones desgastados. La máscara plástica atenazaba su rostro, pero era todo cuanto podía interponerse entre ese aire letal—cargado de toxinas, resabios de antiguas guerras químicas que, decían, sólo durarían meses y ya marcaban generaciones enteras de humanos nacidos al margen de toda esperanza.

Hoy era el día. La Torre, en mitad de la ciudad arruinada, emitiría la señal. Concluía el tiempo de la resistencia; la red de subsistencia cooperativa anunciaba el cese de los sistemas de soporte y la decisión unánime de no renovar los filtros y cápsulas. Demasiados habían muerto intentándolo, saturados de aire corrosivo al buscar repuestos en los escombros, debilitados por la escasez de alimento. Fueron cayendo, silenciosos, y cada nuevo entierro era un clavo más en la tapa de la voluntad colectiva.

Morgan avanzó con el resto de los supervivientes, arrastrando un pie delante de otro. Todos portaban sus máscaras, unas más remendadas que otras, pero ninguna eficaz ya contra el aire negro. La Torre se levantaba, espectral, entre postes curvados, concreto carcomido y lo que una vez fueron caminos por donde los autos surcaban ríos de asfalto. Nada quedaba de eso: sólo huesos de estructuras y cadáveres mecánicos oxidados.

Le habían dicho que el compromiso era voluntario, que nadie los obligaba a reunirse bajo la Torre y escuchar el mensaje final. Sin embargo, para aquellos que recordaban los primeros días del desastre, la idea de seguir existiendo, acurrucados en cuevas, compartiendo un aire viscoso en turnos, había perdido sentido tiempo atrás. No había mano invisible que presionara sus pasos—sólo la fatiga y el resabio de una tristeza que no admitía consuelo.

Irene, la compañera de Morgan desde una infancia vivida entre ruinas, sostenía su mano. Ya no había palabras entre ambos, sólo miradas. Dos pares de ojos, desprovistos de color por la penumbra perenne, cruzaban tímidas centellas de cariño pagado a plazos, agotándose como las gotas de un agua pura. Caminaron así, lado a lado, hacia lo que todavía llamaban la plaza.

Había una quietud antinatural. Los rezagados llegaron poco a poco. No había niños. El último nacido con vida, según decían, apenas había resistido unas horas al aire de la gruta. El ciclo se fracturaba y todos—salvo los más ancianos—eran demasiado conscientes de encontrarse en el extremo del linaje humano.

En la cima de la Torre, el altavoz renqueante chirrió su letanía de sonidos hasta estabilizar la voz. Era la de Silva, la nueva última responsable de la comunidad. “Hoy, nosotros decidimos nuestro final,” dijo. “No como animales acorralados, sino como seres humanos que han amado, soñado y, en la medida de nuestras fuerzas, conservado dignidad y compasión.”

Los abrazos comenzaron primero en los grupos más pequeños. Increíblemente, una mujer sacó de entre sus ropas una manta tejida, la extendió y varios la compartieron, sentándose sobre las piedras y el concreto. Morgan e Irene se arrodillaron ahí mismo, en el polvo. Habían acordado quitarse las máscaras juntos, respirar por última vez el aire que a tantos otros había matado.

El silencio se volvió profundo, sólo interrumpido por ataques de tos y crujidos metálicos de la Torre. Morgan posó sus ojos en los de Irene. Ella sonrió—una mueca luminosa, despojada de temor, que palideció y a la vez incendió su memoria. Lentamente se quitaron las máscaras. El aire iracundo rasgó sus narinas; los pulmones de Morgan ardieron de inmediato. Respiró hondo sabiendo que era su último suspiro, percibiendo la textura áspera, el gusto metálico y el rumor de la sangre apresurándose a cubrir cada superficie interior expuesta.

Las voces se apagaron una tras otra. El último sonido que Morgan oyó fue el susurro de un “te amo” casi inaudible, perdido entre bocanadas secas. Un estremecimiento recorrió la plaza. Ni lágrimas ni gritos; solo la majestuosa certidumbre de la rendición completa, de haber habitado la orilla final de la marea humana.

Cuando el último cuerpo se desplomó en la penumbra, la Tierra recuperó su silencio. De las cenizas y el polvo, sólo un viento sin testigos se atrevió a levantar remolinos, merodeando entre los huesos y el recuerdo de una especie. El ciclo, finalmente, se cerraba; y el mundo, libre de palabras y de lucha, inhalaba su propia, prolongada expiración.

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