Fragmento:
Entre los que quedaban, acudir era un verbo peligroso. Reunirse, reír juntos, amar, eran privilegios recordados bajo susurros o quemados por las escuadras errantes que buscaban silenciar todo intento de comunidad. Así que Will se mantuvo alerta, escudriñando las esquinas, susurrando consigo mismo, inventando historias para no enloquecer cuando el silencio caía inmenso.
Duración: 07:07
El viento atravesaba la avenida desierta, arrastrando jirones de papeles convertidos en filigrana blanca, repitiendo su giro ciego en torno a los huesos agrietados de un mundo que no terminaba nunca de morir. A lo lejos, encaramado sobre los cimientos de lo que fue una librería, Will contemplaba cómo el crepúsculo se desleía entre las columnas humeantes. El aire olía a óxido, a electricidad frita, a tierra jabonosa y reciente. Durante años había buscado esperanza entre los objetos recolectados, convencido de que el pasado podría ser reconstruido. Pero el pasado estaba menos vivo que los cadáveres que a veces encontraba en las casas derruidas. El pasado era una niebla espesa. Solo los pasos, estos sí, seguían siendo reales. El suave crujido de su propio peso sobre el polvo, la quietud expectante de los espacios vacíos.
Caminar era su forma de medir el tiempo. Ya nadie lo hacía; por eso, cada paso era un sacrilegio, una risa ahogada frente al olvido. Los relojes habían dejado de latir hacía generaciones, y el sol era un disco cansado que no quería recordar los días, sino empecinarse en acortar las noches. Entre los pocos que quedaban, corría la historia de que una vez, en la ciudad blanca al norte, todavía funcionaba un reloj. Algunos lo buscaban, intentando acoplar su respiración a la sincronía perdida. Will, sin embargo, había renunciado a la exactitud. Bastaba con sobrevivir el movimiento siguiente.
A veces encontraba señales de quienes habían pasado antes. Una colección de zapatos perfectamente alineados en la estación central, como si sus dueños hubieran esperado un tren que nunca llegó. Una carta manoseada de amor no enviada, oculta entre los dientes oxidados de un buzón. Y, sobre todo, los dibujos: extrañas figuras en las paredes, hechas con hollín y fragmentos de carbón en las horas calladas. Una espiral, siempre la espiral, la promesa de un camino imposible de recorrer hasta el final.
Una tarde, mientras caía la llovizna de los ácidos, Will se topó con la tienda de espejos. Al abrir la puerta, el universo pareció multiplicarse hasta el vértigo, y su reflejo, ennegrecido y torcido, miró hacia atrás desde mil ángulos polvorientos, recordándole una vez más la perpetua vigilancia del pasado. Sobre uno de los espejos, con la ceniza aun fresca, una mano había escrito: “Aún somos. Aún nos vemos”. Las letras vibraban con el pulso de quien las había trazado. Era una afirmación, pero también un deseo. Will sintió la eriza lenta de su piel; no estaba completamente solo.
Entre los que quedaban, acudir era un verbo peligroso. Reunirse, reír juntos, amar, eran privilegios recordados bajo susurros o quemados por las escuadras errantes que buscaban silenciar todo intento de comunidad. Así que Will se mantuvo alerta, escudriñando las esquinas, susurrando consigo mismo, inventando historias para no enloquecer cuando el silencio caía inmenso.
En el subsuelo, mucho después de la última llamada de atención de los drones, una tribu de niños jugaba entre los raíles, pintando sus rostros con polvo de fosfato. Ellos no sabían de cómo el mundo había ardido, ni de los pactos rotos de quienes se creyeron eternos. Para ellos, el tren fantasma era solo un mito. Una niña, la más pequeña, siempre preguntaba: “¿Dónde van los días que ya no existen?” Nadie le respondía.
Una noche, Will encontró en un buzón oxidado una carta dirigida a nadie: “Si encuentras esto, recuerda que soñamos juntos la ciudad. Aún bajo los escombros, la memoria es una lámpara. Y si tú lees mis palabras, entonces nada está perdido del todo.” Cerró los ojos, apretando el papel contra el pecho. A la mañana siguiente, llevó la carta hasta la tienda de espejos y la pegó bajo la leyenda escrita días antes. “Aún somos. Aún nos vemos.”, y ahora debajo: “Aún soñamos.”
Con el paso de los días, Will comenzó a oír rumores de otros. Voces envueltas en eco, risas apuradas como si temieran evaporarse. Un fuego encendido en alguna terraza lejana, cerca de la que una vez fue la estación central. Los rumores crecían: alguien encendía una lámpara cada noche en la cúpula de la vieja catedral, como faro para los errantes, como señal de que una palabra podía encenderse, aún en la sombra oscura del mundo.
Un crepúsculo más, Will se acercó. Vio la luz temblando, rebotando sobre los ladrillos húmedos. Frente a la lámpara, una mujer de espalda recta escribía algo sobre el polvo. Cuando Will tosió levemente, ella se volvió, mostrando un rostro marcado, pero todavía joven pese a la intemperie. Entre ambos pesó un silencio que no era hostilidad, sino reconocimiento. Ella hizo un gesto a la lámpara. “Cada noche. Para los que buscan.” Will asintió y se sentó, apoyando la espalda contra el muro desconchado.
Hablaban poco, solo lo necesario. Compartían la comida rescatada, leían fragmentos de textos reunidos en el tiempo de los relojes vivos. Ella, Miriam, le contó de su hijo desaparecido y de los nombres grabados en el muro. Él, de los zapatos en la estación y de la carta anónima. De pronto, encontraron un pequeño goce clandestino en decir los nombres de los días, inventados para pasar el tiempo. “Hoy es el día de abrir puertas”, anunció él en voz baja, y en la penumbra ambos sonrieron.
Así pasaron semanas. Cada noche, cuando la lámpara se encendía, uno o dos errantes más se acercaban, siempre a distancia al principio, atraídos por la promesa de calor y palabra. Formaban un pequeño círculo, hablando para no extinguirse. Alguien tocó una vieja armónica, otro recitó un poema roto, una madre tejió una bufanda para un niño que miraba dormir a la ciudad. “Somos nombres aún,” dijo Miriam una noche. “Nadie nos ha quitado el nombre.”
Inevitablemente, una tarde de lluvia negra, llegaron los ruidos: botas, golpes sordos, rifles almacenados en la memoria. Eran los hombres-sombra, no por crueldad ni por justicia, sino porque esa era su función desde el Fin. Arrasar las ascuas de comunidad, apartar, dividir, despachar a los que hacían del recuerdo una amenaza. Will y los otros supieron verlos llegar. No hubo tiempo para huir. Se miraron unos segundos, y sintieron la verdad: su lámpara, su círculo, era ya un acto de resistencia. Cuando los hombres-sombra irrumpieron, encontraron a los supervivientes uno junto a otro, las manos unidas, los ojos encendidos. “Somos nombres aún”, reiteró Miriam con voz lenta, y cuando el golpe de las culatas cayó, la palabra flotó viva un instante más en el aire, iluminando la ruina.
Después, llegó el silencio otra vez, pero un silencio nuevo, fértil de semillas imposibles. Porque esa noche, en otro muro de la ciudad, alguien, un niño con polvo de fosfato en la cara, recogiendo la lámpara caída y encendiéndola de nuevo, escribió torpemente en el hollín: “Seguimos aquí. Somos memoria.” Y el viento, entre los escombros, llevó la frase a las casas vacías, encendiendo otra vez, por un breve parpadeo, la esperanza de la ciudad dormida.
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