El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
La niñera
Dire Bound. Alma de lobo
Novela romántica Antes del amor
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato Titanes del Alba
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Cuando los cielos tornaron sus colores a un acero opaco, la ciudad de Argós se mecían en los límites de su propio dogma. Sus calles eran arterias de poder, cruzadas por hombres y mujeres hechos de determinación, cavilando siempre el siguiente eslabón de la cadena que constituía su ascenso o su servidumbre.

Duración: 04:54

Titanes del Alba
-a / +A

Cuando los cielos tornaron sus colores a un acero opaco, la ciudad de Argós se mecían en los límites de su propio dogma. Sus calles eran arterias de poder, cruzadas por hombres y mujeres hechos de determinación, cavilando siempre el siguiente eslabón de la cadena que constituía su ascenso o su servidumbre.

Gregorio Malhart, un hombre tan alto como su orgullo, miraba desde las inmensas ventanas de su despacho la implacable coreografía de sus trabajadores. En la cúspide de la Torre Sideral, veía el hormigueo de la industria, el correr de los hilados eléctricos, el resplandor del progreso. A su lado, reposaba el informe diario: números, eficiencia, credos radicales entrelazados con la promesa peligrosa del beneficio colectivo.

La ciudad había decidido, no años, sino generaciones atrás, que la igualdad era el máximo ideal. Habían erigido consejos, juntas, asambleas, todo empaquetado bajo la bandera del bienestar común. Nadie sería superior, ningún hombre se elevaría, ninguna voz, ningún espíritu sobresaldría sobre la masa. Pero Gregorio no era un hombre dispuesto a aceptar su lugar en la fila; no era un engranaje más, sino el arquitecto de su propio diseño.

Aquella mañana, la asamblea envió a la inspectora Delia Verst, fina y afilada como la hoja de un bisturí. En sus ojos había algo más allá que celo: la devoción fanática hacia el sacrificio de la excelencia en nombre del balance. “Tus reportes son alarmantes, Malhart”, espetó con voz sin temblor. “La productividad de tu departamento dobla la de otros. Buscaremos causas. Sospechamos desviaciones, insolidaridad. Reclamas mérito como si fuese derecho propio”.

Malhart sonrió con desprecio. “El mérito es el único derecho que existe”, replicó suavemente. “Solo los hombres capaces de crear sostienen este mundo en sus hombros”.

Las palabras cayeron entre ellos como el vapor de las fábricas: tóxico, inevitable. “Te recuerdo que aquí, en Argós, no existes tú; existimos nosotros. Lo que rompa el equilibrio será corregido”.

La voz de Delia era la de la marea uniformizadora, la sed calcinante que disolvía toda distinción. Su oficina la seguía, siempre una sombra detrás de la chispa de la invención. Aquella noche, tras su visita, la torre de Malhart recibió la amenaza: limitaría los bonos de sus mejores ingenieros, compartiría sus patentes, revelaría todos sus métodos o los cerradores de la economía igualitaria se encargarían de su ruina personal.

En la penumbra de su despacho, Gregorio apretó los puños hasta que le dolieron los nudillos. Sus invenciones, su industria—todo el resultado de su mente y de aquellos pocos que podían seguirle el paso—serían saqueados, fragmentados, diluidos. La mediocridad, elevada a virtud, devoraría una vez más el milagro de la mente individual.

Pero no se rendiría. Lo que los burócratas no comprendían es que la creatividad del hombre libre no puede ser encadenada. Esa noche, reunió a los siete trabajadores que más admiraba: la programadora Elise, el forjador Kurov, la matemática Rivera, el arquitecto Nash, la coordinadora Holm, la diseñadora Volkov y el joven de ideas imposibles, Sam Bell. Con voz templada por la convicción, les propuso una idea tan radical como él mismo: “Dejemos de sostener a Argós. Si quieren igualdad, que la tengan en toda su desnudez: sin nuestra mente, sin nuestro esfuerzo, sin nuestro consentimiento”.

Se tejió así un pacto de acero. Aquellos siete, líderes de sus departamentos, ingenieros de las soluciones imposibles, se retirarían, dimitirían, desaparecerían de los engranajes de la ciudad. Sin ruido, sin violencia, solo el vacío, el hueco insustituible donde la mediocridad no podría sembrar nada más que el polvo de sus carencias.

Los días siguientes fueron un lento crepitar de engranajes sin aceite. La red eléctrica fallaba, los planos carecían de sentido, los procesos se detenían como si una fuerza invisible hubiese cortado los hilos que movían el titiritero. El consejo organizaba asambleas, debates, acusaciones, castigos: pero sus enemigos no estaban presentes. No podían obligar a pensar, no podían decretar la invención por edicto.

Mientras la ciudad descendía lentamente en la parálisis y la penumbra, Gregorio y los suyos, en secreto, construían fuera de los límites una nueva obra. Un refugio de lo selecto, de lo audaz, de lo no negociado: un lugar donde la mente, el valor y el comercio volvían a ser nombres de virtudes, donde el compromiso no era con la masa sino con la magnitud de la creatividad humana.

Y cuando Argós, agotada, imploró el retorno de aquellos que alguna vez despreciara, Gregorio Malhart pronunció el único juramento digno: “Nunca viviré para satisfacer las necesidades de otro hombre, ni pediré a otro hombre que viva para satisfacer las mías”.

Y en el alba fría e inquebrantable, sobre las ruinas de una igualdad construida con restos de sueño, los arquitectos de la mente marcaron el comienzo de una nueva era: una donde el individuo volvía a ser la fuente, el motor, el héroe de su propio destino.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
La niñera
Dire Bound. Alma de lobo
Novela romántica Antes del amor
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.