Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La inspectora gitana
Edición limitada de la novela Anatema.
Hay algo malo en casa
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato Manifiesto en la Penumbra
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Fragmento:


Dentro del apartamento, la penumbra era real. Tres sillas. Un mapa cubierto de tachaduras y círculos rojos. Una lámpara portátil alumbraba sólo lo suficiente para mantener la esperanza de que nadie, afuera, arrojaría la mirada inquisitiva de los centinelas electrónicos. Los otros dos presentes miraban a Kamau con la ambigüedad que sólo puede forjarse entre aliados cuya confianza depende de cada frase pronunciada y del número de dispositivos inhibidores de escucha.

Duración: 04:39

Manifiesto en la Penumbra
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El recuerdo le llegó en la curva de la noche, como una sombra alargada que recorría el pasillo de su memoria mientras afuera —lejano, impreciso— el horizonte de la ciudad entonaba una sinfonía de luces mudas y alertas rojas en lo alto de las cúpulas de los drones. Kamau sólo podía distinguir el rumor de su propio pulso entre los hilos titulados de la actualidad, mientras aguardaba frente a la puerta reforzada del apartamento ciento uno, a la espera de la señal. Las noticias repetían su himno de pánico; la asamblea deliberaba sobre el inminente "Decreto de Prosperidad Ética" que, si alguien lo analizaba bien, no era otra cosa sino la legalización de lo imposible: borrar barrios enteros con la excusa del bienestar compartido, desplazar cuerpos como si fuesen piezas de ajedrez en una mesa colonial.

Desde su infancia, Kamau había sido ese tipo de persona que aprendió a decodificar los gestos de quienes tenían poder; no por instinto, sino por necesidad. Los pequeños gestos, la mueca breve de fastidio, la forma en que la voz se alzaba y caía como la marea en la Asamblea Común. Políticos con trajes de última generación, embebidos en su propio perfume cibernético, marchando sobre alfombras de datos estadísticos y nuevas promesas de unidad. Kamau recordaba a su madre, sentada en el silencio de la cocina, cuchareando la sopa mientras balbuceaba que “ser visto es peligroso”, y se preguntaba cada noche si el país también escuchaba esa advertencia con el mismo escepticismo melancólico.

La reunión —ese era el argumento oficial, repasar estrategias— pero en el fondo era la confesión, el punto de no retorno, o tal vez la última gota de verdad ante el río de fábulas. El sonido de la cerradura automatizada quebró el aire. Mientras la puerta se abría, Kamau sintió el peso de todas las historias no escritas, de todos los nombres desplazados, de todos los minutos invertidos en sueños que alguna asamblea modelaría a la imagen de una estadística. Maya, la organizadora clandestina, apareció tras el quicio con la ropa empapada de sudor y miedo. No hizo falta palabras, sólo un gesto de asentimiento, breve y seco.

—Han comenzado —susurró Maya, y el silencio cayó sobre ambos como una orden judicial.

Dentro del apartamento, la penumbra era real. Tres sillas. Un mapa cubierto de tachaduras y círculos rojos. Una lámpara portátil alumbraba sólo lo suficiente para mantener la esperanza de que nadie, afuera, arrojaría la mirada inquisitiva de los centinelas electrónicos. Los otros dos presentes miraban a Kamau con la ambigüedad que sólo puede forjarse entre aliados cuya confianza depende de cada frase pronunciada y del número de dispositivos inhibidores de escucha.

Kamau exhaló despacio, tratando de alinear los fragmentos dispersos de su convicción. Alzó la voz, quizá demasiado firme, quizá temblorosa:

—Si pasa el decreto, mañana mismo envían las excavadoras —dijo—. ¿Y entonces? ¿Nos volvemos fantasmas en las estelas de polvo?

Uno de los asistentes, un anciano conocido solo como "el Maestro", deslizó una hoja plastificada por la mesa. Era un manifiesto, apenas las primeras líneas, repitiendo la palabra pueblo con una frecuencia casi religiosa. Kamau entendía el peso irónico de aquellos vocablos; cuando decían “pueblo,” raramente se referían a los que perderían su hogar, sino a la idea abstracta de nación o futuro.

—¿Qué proponen? —preguntó Maya, su voz afilada como un testimonio en un tribunal dividido—. ¿Resistencia simbólica? ¿Otra carta abierta para que la arrojen al archivo de promesas olvidadas?

El Maestro levantó la cabeza. Sus ojos parecían haber visto todas las derrotas y aún reservaban una chispa para la esperanza. Le tomó la mano a Kamau como si aún pudiera transmitirle algo de la dignidad de aquel tiempo cuando los discursos no necesitaban cifrado y las plazas solo temían a la lluvia, no a los soldados robots.

—Ellos nos hicieron invisibles porque temen aquello que no pueden cuantificar —murmuró el Maestro—. Si contamos la historia correcta, no podrán borrarnos. Nuestra estrategia es existir ruidosa y humildemente. Plasmaremos el testimonio de cada casa, cada nombre, cada patio. Lo viralizaremos, las imágenes, las voces. Si deben demoler, que lo hagan sobre una memoria en llamas.

Kamau se quedó mirando la hoja plastificada. Pensó en la última vez que sintió la ciudad latir a pie de calle, el murmullo de vidas sencillas entre comisuras y zaguanes. Recordó el tacto de su madre, que nunca aceptó el papel de víctima, y supo, como una segunda piel, que el relato era el último refugio de los vencidos. No era nostalgia, era supervivencia.

Cerca del amanecer, sellaron el acuerdo con un apretón de manos. Afuera, los rumores se mezclaban con las primeras sirenas. La noticia correría por los terminales del distrito, y con cada réplica, la historia cambiaría de forma, de voz, de matiz. Ya no se trataba del decreto ni de la promesa de prosperidad. Era el eco de un país que luchaba por recordar aquello que el poder trataba de enterrar. El verdadero manifiesto crecería sin permiso. Porque, en la penumbra y la plenitud del miedo, algunas verdades encuentran la manera de sobrevivir al polvo.

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