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Tras la puerta
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
La grieta del silencio
Edición limitada de la novela Anatema.
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Fragmento:


En la ciudad de Parla, donde las avenidas eran anchas y el tiempo parecía amodorrado por el tibio sol, los días se deslizaban entre la rutina de los oficinistas, las promesas elevadas como palomas blancas en la plaza mayor, y los recuerdos de una revolución tantas veces postergada que ya pesaba sobre los hombros como una bruma invisible. Claudia, sentada en la cocina de su pequeño piso, escuchaba las notas de un viejo tanguito deslizándose por la radio de caldera rota. Pensaba en las palabras vacías que escucharía esa noche en la pantalla de la tele, cuando los diputados se congregaran a discutir el nuevo proyecto de reformas, elaborado, decían ellos, para darle voz a la ciudadanía. Pero Claudia había oído tantas voces ahogadas, y tantas propuestas tejidas en despachos oscuros, que su desconfianza ya no era ni siquiera rabia, sino una resignación doméstica, como un mantel deslucido.

Duración: 05:37

El Silencio de los Balcones
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En la ciudad de Parla, donde las avenidas eran anchas y el tiempo parecía amodorrado por el tibio sol, los días se deslizaban entre la rutina de los oficinistas, las promesas elevadas como palomas blancas en la plaza mayor, y los recuerdos de una revolución tantas veces postergada que ya pesaba sobre los hombros como una bruma invisible. Claudia, sentada en la cocina de su pequeño piso, escuchaba las notas de un viejo tanguito deslizándose por la radio de caldera rota. Pensaba en las palabras vacías que escucharía esa noche en la pantalla de la tele, cuando los diputados se congregaran a discutir el nuevo proyecto de reformas, elaborado, decían ellos, para darle voz a la ciudadanía. Pero Claudia había oído tantas voces ahogadas, y tantas propuestas tejidas en despachos oscuros, que su desconfianza ya no era ni siquiera rabia, sino una resignación doméstica, como un mantel deslucido.

Afuera, en la plaza, los vendedores de flores se gritaban los precios por encima de los rumores. El nombre de Arturo resonaba en las esquinas como una promesa burlada. Él había surgido, diez años atrás, como el joven prodigio de la política local, el hijo de obreros que había conquistado a los medios con su tono firme y el brillo de sinceridad en los ojos. Ahora, su mirada era esquiva y se había vuelto, según decían las viejas del mercado, experto en el arte de la espera y la evasión. Claudia lo miraba a veces por televisión, reconociendo en su sonrisa ese cansancio de los que han dejado de creer en el poder transformador del lenguaje, y se conforman con la supervivencia narcisista de los que mandan.

En el barrio de las fábricas cerradas, Gabriel reunía cada miércoles a un puñado de hombres y mujeres alrededor de una mesa improvisada, donde compartían café recalentado y una sed minúscula de resistencia. Ya nadie hablaba de huelgas, ni de sindicatos poderosos. Los que llegaban a la reunión llevaban la esperanza doblada en el bolsillo, entre el billete del autobús y el recibo del agua, y se miraban con la complicidad del derrotado que, sin embargo, sigue encontrando razones para no arrodillarse. Entre los viejos, circulaba aún la pequeña antorcha de la memoria: hablaban de los tiempos en que los obreros marchaban juntos, y cuando el miedo todavía era una señal de vida.

Mientras tanto, en los pasillos del Congreso, Carmen ascendía a la tribuna para defender, una vez más, un artículo polémico del nuevo proyecto. Era una veterana en el arte de la negociación, y sabía que lo que se debatía allí no era tanto el bienestar común, sino el pulso opaco entre intereses corporativos y la sed de legitimación institucional. Cada palabra que soltaba era calibrada, un eco de los acuerdos sellados a puertas cerradas. Bajo los aplausos calculados de sus colegas, Carmen sentía el vértigo de su propio cinismo, pero mantenía la sonrisa porque, después de años de negociar bajo la mesa, uno se acostumbra a que el idealismo sea un lujo, como el vino caro o un pasaje al extranjero.

En los hogares, la escena política se filtraba como una lluvia tenue: a través de noticias fragmentarias, de memes que circulaban en los teléfonos, de discusiones rotas entre la cena y la serie vespertina. La abuela de Claudia recordaba los tiempos de represión y la esperanza de la transición, cuando se creía que el futuro sería una larga fiesta. Ahora veía a sus nietos y sentía que el ciclo de la desilusión había completado otra vuelta.

Una tarde, la tensión creció. Una convocatoria espontánea reunió a cientos en la plaza. No era exactamente ira; era fatiga, un deseo de decir basta al rito vacío de promesas. Claudia se dejó arrastrar por la multitud, sorprendida de sentir el miedo antiguo vibrando en su pecho. Reconoció a Gabriel, que alzó una pancarta tímida, y a Carmen, que se mantuvo en silencio al borde del tumulto. Alguien alzó la voz: “Ya basta de esperar”, y la consigna corrió de boca en boca como una chispa. No hubo pancartas ni slogans preparados. Solo el murmullo colectivo, la certidumbre de que estaban juntos por un instante breve, antes de que la maquinaria de lo cotidiano se los tragara de vuelta.

El poder, enclaustrado tras puertas pesadas, miraba hacia afuera con ojos fatigados. Arturo, desde su despacho, observaba la protesta con una melancolía amarga. Recordó su primer discurso, cuando prometió cambiarlo todo, convencido de que una legislatura bastaba para reinventar el país. Ahora, lo asaltaba el recuerdo de los pactos enredados, las traiciones menores, y la certeza de que todo cambio pedía un precio demasiado alto.

La policía despejó a los manifestantes antes de la medianoche. No hubo represión abierta, pero sí un escalofrío de amenaza, un zumbido que quedó suspendido en el aire, colgado entre la esperanza y la derrota. Esa noche, Claudia, Gabriel, Carmen y hasta el mismo Arturo contemplaron la ciudad desde sus ángulos respectivos y supieron, de alguna manera, que la política real no era el choque de titanes ni los discursos encendidos, sino la lenta erosión del ánimo, la pugna constante entre el olvido y la memoria.

En los días siguientes, la vida en Parla siguió su curso. El proyecto de reformas avanzó entre concesiones y deserciones. Las discusiones en la televisión se volvieron un poco más agrias. Pero algo, una grieta mínima, había quedado abierta. Mientras el país seguía con su rutina de esperas y resignaciones, Claudia volvió a reunirse con Gabriel y otros más en el café de las afueras, para hablar –sin grandes consignas, sin certezas– de todo lo que aún les quedaba por imaginar, y del deber de no ceder nunca del todo, incluso cuando las palabras suenan huecas y el porvenir parece una canción demasiado lejana para bailar.

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