Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Portada del relato El Silencio de los Lotos Caídos
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Fragmento:


Sangeeta caminaba con una carta doblada en el bolsillo—no la había escrito ella. Era obra de Rafiq, su amigo de la infancia, ahora considerado subversivo, terrorista o poeta, dependiendo quién hablara. Una vez Rafiq plantó lotos en una zanja, diciendo que hasta el barro merece belleza. Ahora quedaban los charcos secos y los pétalos amarillentos, recuerdos de un gesto absurdo en una tierra donde los gestos eran peligrosos.

Duración: 04:37

El Silencio de los Lotos Caídos
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Cuando el cielo sobre la ciudad de Manalpur comenzó a brillar con una luz neón improbable, Sangeeta supo que algo sumamente extraordinario o terriblemente mundano estaba a punto de suceder. Manalpur era una ciudad enmarañada, como el nudo imposible de un cabello olvidado en la espalda de una madre que ya no va a fiestas, pero que cada día recorre el mercado con las manos temblorosas. Las calles olían a gulab jamun y papeles quemados, y los árboles, mutilados por generaciones de tendederos, parecían brazos alzados en una súplica silenciosa. Cada balcón tenía una historia: en uno, la promesa de un matrimonio; en otro, la última mirada de un revolucionario; en el tercero, solo el vuelo errático de un cuervo.

Sangeeta caminaba con una carta doblada en el bolsillo—no la había escrito ella. Era obra de Rafiq, su amigo de la infancia, ahora considerado subversivo, terrorista o poeta, dependiendo quién hablara. Una vez Rafiq plantó lotos en una zanja, diciendo que hasta el barro merece belleza. Ahora quedaban los charcos secos y los pétalos amarillentos, recuerdos de un gesto absurdo en una tierra donde los gestos eran peligrosos.

El contenido de la carta era insignificante, decía: “Aquí sólo sobreviven los que aprenden a hablar en susurros y a pensar en voz baja.” Pero Sangeeta sentía el peso del papel, más denso que la cacofonía de bocinazos y televisores que saturaba Manalpur. Lo apretaba al cruzar la plaza central, de donde habían retirado la estatua del primer ministro caído; en su lugar quedaba la sombra de bronce en el pavimento, ocasionalmente limpiada por la lluvia o por los pies de algún niño.

Esa noche había una manifestación. No una de ésas hechas para cámaras extranjeras, sino un rumor de cuerpos como cuerpo único, una respiración torpe y coordinada, donde la esperanza se mantenía quieta, ardiendo en los ojos de unos pocos, esquiva en los otros. Las linternas flotaban como luciérnagas tristes. El discurso más largo fue de una anciana, que preguntó: “¿Qué queda después de que todo lo que soñamos se convierte en estatua retirada?” Nadie respondió, pero de alguna manera todos lo supieron.

En los tejados, los agentes del Estado observaban, ocultos entre las parabólicas y las macetas de cilantro. Tenían la costumbre de narrar lo que veían en voz baja, para tranquilizarse, quizás, o para mantener la fe en su propia humanidad maltrecha. Uno de ellos, llamado Morad, notó la extraña belleza de la multitud. Quizás, si cerraba los ojos, podría imaginarse una nación distinta: una sin desfiles armados ni listas de sospechosos, solo con nombres de flores y canciones antiguas que hablaban de mares desconocidos.

La carta de Rafiq debía ser entregada a Tara, la directora de la biblioteca. Ella era la única que aún permitía libros sobre sueños, cartografías imaginarias y conspiraciones del corazón. Sangeeta entró después de la medianoche, cuando el guardia dormía con una novela barata entre las manos. Tara esperaba, sentada entre las estanterías empañadas de polvo y nostalgia. Le pasó la carta y esperó. Una media sonrisa cruzó el rostro de Tara; la luz jugaba con sus arrugas y las convertía en montañas donde había tenido que esconder deseos.

“Han cambiado los términos de la vigilancia otra vez,” murmuró Tara, sin mirar la carta, sólo a los ojos de Sangeeta. “Ahora ya no buscan ideas, buscan silencios. Les asusta la gente que no grita.” Por un segundo, las dos entendieron el absurdo, supieron que su resistencia era como el loto de Rafiq: crecimiento imposible en el barro. Pero, como el barro, estaban ahí, no siendo agua ni piedra, soportando el peso apacible del olvido.

Las luces de la ciudad parpadearon una vez más. Sangeeta pensó en volver por el mismo camino, aunque eso siempre fuera una forma de riesgo. Sabía que cada noche, la normalidad en Manalpur era una ficción más frágil que el papel de la carta que ahora descansaba en manos de Tara. Afuera, un gato maullaba, y el viento traía ecos de canciones, como si la ciudad toda estuviera suspendida entre el llanto y la risa, entre ser y guardarse para después.

El amanecer no trajo soluciones ni respuestas, pero, esa mañana, mientras los primeros vendedores armaban sus puestos con la resignación de quienes ya han sido olvidados muchas veces, vieron un círculo de lotos fétidos crecer, terco, en la fuente vacía de la plaza central. Nadie los arrancó. Parecieron, más que rebeldía, una oración muda: “No todo está perdido si queda barro, si queda sombra, si queda alguien para leer una carta.”

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Tras la puerta
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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