Fragmento:
La autopista, a pesar del tráfico, estaba envuelta en un silencio expectante. Era como si las sombras más allá de los estribos de luz tuvieran vida propia, como si observaran el río constante de coches con una paciencia predadora. Desde hacía semanas, se repetían en las noticias extrañas desapariciones: camiones enteros, patrullas policiales y hasta familias que nunca llegaban a su destino. El ministro de infraestructura prometió cámaras de vigilancia y retenes militares, pero la verdad era que nadie quería cruzar ese tramo de la autopista después de medianoche.
Duración: 04:33
La tormenta acababa de extinguirse, pero el asfalto seguía brillando bajo los faros de los autos que avanzaban raudos, casi indiferentes, hacia el siguiente día de promesas incumplidas. En el retrovisor, la imagen de la ciudad se diluía en niebla, sólo sugerida por las luces difusas: un enjambre palpitante de vidas anónimas, rumores de disturbios y el incesante murmullo de una revolución que no terminaba de concretarse. Anaya pisó el acelerador. Le temblaban las manos y el abrigo empapado le pesaba como un secreto.
La autopista, a pesar del tráfico, estaba envuelta en un silencio expectante. Era como si las sombras más allá de los estribos de luz tuvieran vida propia, como si observaran el río constante de coches con una paciencia predadora. Desde hacía semanas, se repetían en las noticias extrañas desapariciones: camiones enteros, patrullas policiales y hasta familias que nunca llegaban a su destino. El ministro de infraestructura prometió cámaras de vigilancia y retenes militares, pero la verdad era que nadie quería cruzar ese tramo de la autopista después de medianoche.
A la altura del kilómetro 47, los postes de luz se espacian cada vez más, y la oscuridad comienza a tragarse las figuras. Anaya divisó algo lateral a la banqueta, una forma inmóvil que parecía arrastrar una sombra varias veces más larga que su tamaño. Disminuyó la velocidad casi por reflejo: a veces la compasión aún le ganaba a su instinto de autoconservación. A través del parabrisas borroso, entre la lluvia y la neblina, vio a una mujer en sari, descalza, con la mirada fija en el muro de concreto. El mural del kilómetro 47—aquel que la revolución había prometido restaurar pero pronto olvidó—estaba cubierto de grafitis, consignas políticas borradas, y ahora, con el agua, parecía respirar.
Anaya bajó la ventanilla. “¿Está bien?”, preguntó. La mujer giró el rostro. Cuencas profundas, cabello alborotado. Pero no respondió. Siguió mirando las sombras que se proyectaban en la pared del túnel, figuras retorcidas, monstruosas, que bailaban conforme los faros de un camión se aproximaban a lo lejos. Sentía que aquella mujer pertenecía más a la penumbra que al mundo tangible.
Una frase, dicha en un hilo de voz casi inexistente, rompió el silencio. “Las paredes escuchan más allá de lo que ven”. Algo en ese tono aceleró el pulso de Anaya. Miró el mural: partes del concreto se habían caído, dejando al descubierto una serie de números y símbolos—no simples garabatos, sino un mensaje cifrado, tal vez un llamado, una advertencia.
El camión pasó a toda velocidad, las figuras pintadas vibraron un instante, y en esos relámpagos de luz Anaya creyó ver un rostro diferente, apenas sugerido bajo las capas de pintura: el rostro de su hermano, desaparecido meses atrás, militante del Movimiento Popular. Gritó el nombre, pero la mujer ya no estaba. En su lugar, una silueta se deslizaba hacia el interior de una grieta en la base del mural.
Por encima del rugido de otro vehículo y el zumbido de los transformadores, Anaya oyó un murmullo creciente. Era como si la autopista hablara a través de la piel agrietada del concreto. Un enjambre de recuerdos reprimidos, símbolos, consignas ahogadas por la represión. Pensó en los partidos políticos que se disputaban la ciudad, en las elecciones que nunca sucedían, en los desaparecidos, y en la promesa incumplida de que pronto todo mejoraría.
Sabía que su deber era seguir adelante, dejar la autopista atrás para siempre, traspasar el límite del miedo. Pero dio un portazo seco, apagó el motor y se adentró en la oscuridad, siguiendo los pasos invisibles de la mujer, el eco de los nombres que gritaba la pared. El asfalto se volvió mohoso bajo sus pies.
Parpadeó una luz detrás: la patrulla del retén militar. Tres figuras bajaron con armas desenfundadas, sin decir palabra. El haz de sus linternas parecía desintegrarse antes de tocar las sombras del mural. Uno de ellos, el más joven, murmuró una oración que su madre le enseñó, antes de perderse tras la mujer y Anaya en las entrañas del túnel, el resto incapaz de apartar los ojos del muro.
Al amanecer, las noticias repitieron la nota acostumbrada: “Durante la noche, los retenes reportaron nuevas desapariciones en el kilómetro 47. Las investigaciones continúan”. Anaya nunca llegó a casa. En una sección renovada del mural, invisible a la luz del sol, una serie de sombras parecían caminar, siempre un paso delante de quienes buscan la verdad.
En la ciudad, muchos aseguraban que la autopista ocultaba un misterio más antiguo que la política, más poderoso que cualquier revolucionario. Un lugar donde el pasado se negaba a morir, trazando rutas de fuga en las paredes mojadas, mientras los viajeros apurados preferían mirar al frente y pisar el acelerador. Los curiosos aprendieron a no acercarse; porque a veces, en los límites mal iluminados del país, los que buscan respuestas sólo encuentran su propia silueta perdida entre la niebla—y, en la pared, la promesa de que nunca volverán a ser quienes eran.
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