Fragmento:
Era el tercer invierno desde la instauración de la Nueva Irrupción. Sobre la geografía despeinada, con sus fábricas como catedrales tambaleantes y los callejones inundados de susurros, la ciudad parecía contener el aliento. El aire, impregnado por el hollín, llevaba rumores que resbalaban bajo las puertas cerradas: arrestos, traiciones, pactos de medianoche en tabernas donde las sombras se inclinaban sobre copas vacías.
Duración: 04:24
Era el tercer invierno desde la instauración de la Nueva Irrupción. Sobre la geografía despeinada, con sus fábricas como catedrales tambaleantes y los callejones inundados de susurros, la ciudad parecía contener el aliento. El aire, impregnado por el hollín, llevaba rumores que resbalaban bajo las puertas cerradas: arrestos, traiciones, pactos de medianoche en tabernas donde las sombras se inclinaban sobre copas vacías.
En la torre señalada como Puesto Central, Arcadio, con la mirada atrofiada por noches en vela, oía el crepitar de los teletipos. El gobierno de los Sindicatos Vivientes se había hecho con el poder mediante una insólita danza: ni revolución ni reforma, sino la irrupción lenta y sorda de la costumbre devenida mandato. Arcadio, antiguo tipógrafo y ahora delegado del Comité de Armonía Pública, sentía que las palabras derechas y limpias que tanto veneró en la imprenta ya no servían; aquí, las frases debían doblarse sobre sí mismas hasta no dejarse entender del todo.
En el sótano de la vieja Casa de Acorde, un grupo clandestino afilaba argumentos. Josefina rehusaba la ironía, a diferencia de sus compañeros—sabía que las bromas sobre la Torpeza de la Burocracia solo ayudaban a digerirla. Prefería el filo real: documentos, nombres, fechas, una red silenciosa para cuando—y si—llegara la grieta. Aquella noche discutían el manifiesto que debía imprimirse y circularse antes del nuevo plazo de racionamiento: la retórica era certera, la distribución lo era menos. Nadie sabía cuántos ojos miraban tras los postigos, cómplices o delatores según soplara el aire.
La ciudad vivía entre dos paranoias: la del hambre física y la del hambre de voz. Los mercados vacíos ofertaban raíces, mientras las plazas atestadas prometían discursos. En las paredes, nuevas proclamas cubrían las viejas hasta formar capas petrificadas, ilegibles, un palimpsesto de esperanza y decepción. El Comité, mientras tanto, asistía en perpetuo debate al banquete de los ausentes; las decisiones eran tan formales como los papelitos que circulaban por las mesas antes de desaparecer, quemados, en urnas selladas.
Iván, antiguamente barrendero, ahora custodio de archivos, encontraba extraño placer al recorrer los estantes donde dormían los expedientes de desaparecidos. No miraba los nombres, pero memorizaba el orden, después de todo, la memoria de las cosas también era forma de resistencia. Encontraba en la acumulación de documentos extraviados una especie de fuerza: algún día, pensaba, serían reclamados, leídos en voz alta por un coro de ausentes.
Mientras tanto, el rumor de una huelga general serpenteaba. El Comité había aprendido a temer más a los ecos que a los hechos: cualquier noticia, lejos de apaciguar, encendía mechas. Arcadio redactaba comunicados —en la prosa sorda de los decretos— prometiendo mesas de diálogo y nuevos estudios. En el fondo, sentía que cada frase era un párrafo más en la crónica de una tregua fingida.
En los arrabales, donde vigas retorcidas y tejados a medio caer ofrecían refugio a los que la revolución olvidó, algunos empezaron a organizar “comidas colectivas”. Nadie se atrevía a llamarlas comunas. Se repartían guisos insípidos y, sobre todo, historias: el relato deshilachado de los días en que casi todo parecía posible, cuando aún el porvenir tenía nombre propio.
Una madrugada, mensajes pintados aparecieron sobre las vitrinas ofuscadas por la grasa de los años: “¡Hay otra mesa bajo nuestra mesa!” Nadie se atribuyó la autoría. El Comité, dividido, debatió si enviar inspectores, pero desistió: su autoridad, como el polvo, era más respetada si no se dejaba ver demasiado de cerca. Así, la proclama se quedó, refrenando carcajadas y miedos, como una grieta obstinada en el mármol.
La semana siguiente, un apagón sumió la ciudad en tinieblas. Arcadio, desde la ventana, vio las antorchas encenderse tímidas en las calles. Josefina, en su escondite, ordenó la salida de los panfletos. Iván, entre sombras, releyó los nombres archivados, susurrándolos como conjuros. Y en algún lugar, bajo la mesa de la Asamblea, cayeron migajas, recogidas por manos que seguían, obstinadas, esperando el día en que la Historia, tras tanto banquete vacío, pudiera por fin comerse el postre.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.