Edición limitada de la novela Anatema.
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Portada del relato La última sombra del reloj
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Fragmento:


“Mañana, será diferente,” se repetía, cazando la mentira con el anzuelo de la costumbre. Pero la voz que musitaba esa frase, ¿era suya, era real o mera repetición del eco hueco de sus mayores? Le aterraba descubrir que no había un manantial propio: ¿y si todo lo que creía pensar era solo un desagradable plagio, las palabras de otros saliendo de sus labios resecos?

Duración: 05:28

La última sombra del reloj
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En el camarote de una noche sin tiempo, Gregor hundía la cara entre las manos, sintiendo los latidos de su corazón reverberar como martillos en una caverna hueca. La lámpara sobre la mesa chisporroteaba intermitente, portadora de una luz lúgubre, minibrote de esperanza o de amenaza. Al fondo, el reloj de madera, herencia polvorienta de generaciones cansadas, escandía cada segundo con una crueldad de verdugo. Afuera, alguien gritó; o quizá solo era la memoria, esa mula flaca que tira del carro del presente.

El sentido de la existencia le era tan esquivo como el perfume de un recuerdo de infancia. Había trabajado años en un empleo sin gloria, repitiendo los gestos de una multitud invisible, tragando su desdén cada mañana con el café de máquina. De niño soñaba con escribir epopeyas, brillar en escenarios o, acaso, descubrir tesoros en islas lejanas. Pero su biografía, plasmada en decenas de documentos burocráticos, no citaba más logros que el pago a tiempo de facturas y la supervivencia de mil lunes iguales.

“Mañana, será diferente,” se repetía, cazando la mentira con el anzuelo de la costumbre. Pero la voz que musitaba esa frase, ¿era suya, era real o mera repetición del eco hueco de sus mayores? Le aterraba descubrir que no había un manantial propio: ¿y si todo lo que creía pensar era solo un desagradable plagio, las palabras de otros saliendo de sus labios resecos?

Así, la tarde en que la realidad se desenhebró como un suéter roto, Gregor se encontraba ante el espejo del baño, examinado por la mirada enjuta de su reflejo. Había allí una grieta, una línea que traicionaba la promesa lisa de la superficie. Tocó el cristal; frío y firme, como la resolución de quien no espera un milagro. Pensó: “¿Quién eres tú?”, preguntándose al doble con una timidez que rozaba lo patético.

La ciudad continuaba su funcionamiento automático. Nadie notaba, ni le importaba, que una conciencia se deslizaba al abismo de la duda. Gregor salió a la calle envuelto en un abrigo que olía a humedad, embistiendo con el hombro la marea de peatones, cada uno un universo sellado y hermético. Las caras iban y venían, todas ajenas a la zozobra que le carcomía como una polilla ciega. ¿Por qué pretenden todos? ¿Por qué no se detienen y arrastran su incomodidad como yo?

Esa noche, en el bar de la esquina, pidió un trago. El camarero, rutina encarnada, le sirvió sin preguntar. Mientras el vidrio escarchado tocaba sus labios, Gregor reflexionó: ¿hay algún instante de autenticidad real? ¿Está condenado el hombre a jugar roles en una mascarada perpetua? Un viejo, en la mesa contigua, murmuraba a su copa palabras confusas. Nadie escuchaba. Solo la radio, vomitando noticias y música trivial, llenaba el aire.

En el fondo del vaso, creyó ver la figura borrosa de un futuro, pero era solo la distorsión óptica de la luz. Entonces recordó a Emilia. Habían compartido palabras y sábanas años atrás, en una juventud ahora impensable. “No te pierdas en lo que no puedes entender,” solía advertirle ella con compasión teñida de hastío. Gregor creía entonces que el amor era una salida, una puerta misteriosa hacia un sentido común. Pero hoy, incluso el recuerdo de Emilia era un collage de frases repetidas y miradas intercambiables.

“La vida no tiene instrucción. Solo improvisación,” musitó. En ese instante, un leve temblor le recorrió la columna. Por primera vez en semanas, sintió la tentación de la risa ante lo absurdo. Se preguntó si el error no era buscar sentido alguno, sino pretender que debía haberlo. ¿Acaso los insectos, los árboles, las piedras dudan o lamentan? ¿No somos nosotros, animales aferrados a símbolos, quienes hemos construido con sangre y miedo esta cárcel de significado?

Levantó la vista y sus ojos captaron el reflejo de otros rostros: todos atentos a sus propias tormentas, ocultando los trapos sucios debajo de una sonrisa, un bostezo educado, una mirada perdida en la pantalla del móvil. El hombre y la mujer que compartían la mesa contigua discutían en voz baja sobre cuentas, la vida, algún hijo lejano. Gregor sintió compasión y rabia. Nadie escapa. Nadie se salva. El dolor de no encajar, el deseo de encajar aún sabiendo que es inútil: allí está el secreto que nadie confiesa.

La calle lo llamó de nuevo. Bajo el farol de la esquina, la neblina envuelve a los insomnes como un sudario blando. Caminó sin rumbo, escuchando sus pasos, sólo sus pasos. No había dioses ni demonios vigilando. Solo la carne, la memoria, el temblor. Empezó a hablar solo, audaz en la soledad y el frío. “¿Acaso este vacío puede llenarse? ¿O es el vacío, al fin, lo único real?”

Alguien le gritó desde una ventana: “¡A casa, loco!” Gregor sonrió, por primera vez sincero. Volvió despacio, atrasando cada minuto con el gozo clandestino de saberse un exiliado voluntario del reino de las posibilidades.

Esa noche, ya en la cama, mientras el reloj volvía a torturar en la penumbra y la lámpara gemía su luz ajada, Gregor supo, aún sin certeza, que luchar por encontrar sentido era una batalla gloriosa precisamente porque estaba perdida de antemano. Y en la rendición, encontró un placer misterioso; la posibilidad, no de comprender, pero sí de reír encima del mármol helado, bailando una danza efímera bajo la última sombra del reloj.

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