Fragmento:
No tiene hambre, tampoco sueño. Hace días que duerme a saltos, como quien teme la llegada abolida del sueño, ese no-lugar donde la conciencia —el único testigo de su existencia— se apaga. Se obliga a mirar sus propias manos mientras deja las llaves sobre la mesa. Algunas migas de pan, un sobre abierto de cartas que le escribió a Élise y nunca envió, observan su gesto como enemigos mudos.
Duración: 05:06
Las diez de la mañana. Adrien entra al pequeño apartamento de alquiler con las manos frías y un olor húmedo impregnado en la gabardina. No enciende la luz; la pálida claridad de noviembre atraviesa las cortinas polvorientas lo suficiente: ve el contorno del sillón, la mesa desordenada de papeles leídos a medias, la silueta de un cenicero que nunca está vacío.
Se detiene un momento, sintiendo el peso del abrigo sobre los hombros como si no fuese suyo, como si pudiera colgar ese peso junto al perchero e irse, quedar atrás de sí mismo. Pero las prendas no son la piel y la incomodidad sigue, adherida al pecho, un leve temblor en la garganta al respirar.
No tiene hambre, tampoco sueño. Hace días que duerme a saltos, como quien teme la llegada abolida del sueño, ese no-lugar donde la conciencia —el único testigo de su existencia— se apaga. Se obliga a mirar sus propias manos mientras deja las llaves sobre la mesa. Algunas migas de pan, un sobre abierto de cartas que le escribió a Élise y nunca envió, observan su gesto como enemigos mudos.
En aquel apartamento, Adrien se siente observado, pero no por otros, sino por sus propios objetos, sus propias huellas. Todo lo que ha tocado, modificado, dispuesto, parece devolverle una mirada acusadora. «¿Por qué no decides? ¿Por qué no vives?» Musita la tetera, jadea la butaca. Ni siquiera el polvo es neutral: se posa donde él no limpia, como una evidencia de su descuido.
Adrien enciende un cigarrillo y el humo dibuja una línea lenta hacia el techo. Sabe que nadie vendrá. Sus amigos —aquellos que solía invitar con entusiasmo forzado— han dejado de llamar. Élise se ha trasladado a otra ciudad, desde donde apenas le escribe postales vagas con paisajes anónimos. Su jefe se comunica solo por correo, pidiéndole informes que él retrasa deliberadamente. Atravesando todo ello hay una convicción amarga: podría marcharse en este mismo momento, cerrar la puerta y no regresar jamás, y el mundo continuaría.
Mira la silla vacía junto a la ventana, la que suele ocupar tras la cena. Se pregunta por qué siempre se sienta allí, qué busca al encarar la oscuridad de la calle. Tal vez espera a sí mismo, a ese otro que debería llegar con noticias, con respuestas, con sentido. Le resulta ridículo: esa silla, sus costumbres, las rutas trazadas en su pequeño piso. Cada día libres, cada día idénticas.
La libertad le pesa como una condena. En aquel cuarto, podría escribir, inventar una vida, salir a la calle, desaparecer. No hay traba. Pero cada decisión se revela inútil y cada posibilidad se pudre bajo la sombra de la espera hostil. El tiempo no pasa: es él quien permanece, atrapado entre el «puedo» y el «debo».
Baja la cabeza y se observa de nuevo. Esa voz interna, siempre presente, le recuerda que es responsable, infinitamente responsable de todo: del café que nunca prepara, del trabajo inconcluso, del deterioro de los sillones, de su propia absurdidad. ¿Por qué actuar? ¿Por qué mover siquiera el dedo para encender la radio? Todo lo dado es elección, y elegir es asumir que lo otro —todas las otras vidas posibles— muere en ese instante.
Se ríe con un filo de amargura y enciende la radio. La música entra sorda, una melodía insulsa que no logra consolarlo. Sin embargo, de pronto, el murmullo de la ciudad le recuerda que hay manos desconocidas en otros apartamentos, que hay decisiones ajenas que tampoco se cumplen. ¿La angustia es suya, o es el aire mismo del tiempo en que vive?
Cierra los ojos. Podría decirse que reza, pero no hay destinatario. Se repite las palabras de siempre: «Esto es todo, soy yo». Pero dentro de sí, Adrien siente que ese “yo” está partido. Las piezas encajan mal, hay huecos, dobleces, la duda constante de si, al levantarse, tomará finalmente alguna decisión. Al abrir los ojos, el cenicero ha recibido otra colilla y el mundo sigue exactamente igual.
El único acto real, piensa, sería salir, atravesar la puerta con la ropa puesta, perderse en la ciudad hasta borrarse. Pero no hay heroísmo en ello. Quizá esa sea su tragedia: no sabrá nunca si ha vivido o simplemente ha pasado, como pasan los días nublados, sin dejar otra huella que el polvo de sus objetos.
El timbre suena; por un instante el corazón le late más fuerte. Pero nadie espera fuera: sólo el ruido del ascensor, arrastrando su vida de un piso a otro, como si buscara también, inútilmente, dónde detenerse. Adrien suspira. Y así el día avanza, no porque él lo empuje, sino porque no puede evitar que pase. Afuera, la niebla envuelve los techos y el mundo parece, como él, esperar alguna justificación que no llega nunca.
Se sienta junto a la ventana, observa la calle, no decide. Deja que la tarde, indiferente, lo atraviese. Así, con la misma pregunta silente, se consuela pensando: puede que esa sea, al fin y al cabo, su única elección.
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