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Portada del relato Hijos del Eclipse
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Fragmento:


El humo del café se arremolina en el vaho de la ventana. Afuera llueve con la furia callada de los días deshabitados. André está sentado en la mesa más apartada. Ha pedido un café doble y una copa de ron, y observa el reflejo distorsionado de su rostro en la cuchara. La camarera pasa, deja el café y se va sin mirar. No hay nombres. Nadie se conoce en este lugar, pero todos fingen que sí, como si formar parte de un decorado fuera suficiente para justificar la presencia de una taza humeante frente a ellos.

Duración: 04:54

Hijos del Eclipse
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El humo del café se arremolina en el vaho de la ventana. Afuera llueve con la furia callada de los días deshabitados. André está sentado en la mesa más apartada. Ha pedido un café doble y una copa de ron, y observa el reflejo distorsionado de su rostro en la cuchara. La camarera pasa, deja el café y se va sin mirar. No hay nombres. Nadie se conoce en este lugar, pero todos fingen que sí, como si formar parte de un decorado fuera suficiente para justificar la presencia de una taza humeante frente a ellos.

André aprieta con fuerza el asa del café. Hay una sensación de náusea flotando cerca, una vibración en la base de la nuca que le recuerda a las noches en vela, cuando el techo se le venía encima y sólo los latidos sordos de su propio pecho le daban la razón de estar ahí, entre las sábanas húmedas de angustia. Un hombre entra, se sacude la lluvia. Lleva las manos en los bolsillos, un periódico enrollado bajo el brazo. Se sienta cerca de la puerta, mira fijamente a la camarera. Nadie habla, todos fingen que la soledad es natural, que no hay un peso invisible aplastando los hombros de cada uno.

La lluvia no cesa. El reloj marca las dos y cuarenta y ocho, y una mujer pasa por la acera, aferrada a un paraguas azul celeste. André la mira con la resignación de quien sabe que los encuentros son contingentes, que la vida puede volverse absurda en cualquier esquina, bajo cualquier toldo de café. Es, de algún modo, una libertad monstruosa: poder elegir, poder retirarse, poder desaparecer. Pero toda elección es una carga. Cualquier posibilidad implica descartar innumerables otras. Y eso pesa; eso ahoga.

Piensa en Léa. Recuerda su risa contenida, la forma en que caminaba descalza en el apartamento, las palabras que nunca dijo en voz alta. Ya no está. Partió con el otoño anterior, arrastrando detrás de sí el eco de promesas nunca hechas. ¿Por qué la ausencia adquiere más peso que la presencia? André sorbe el ron, siente quemar el estómago, pero no se atreve a dejar la copa. Hay un consuelo ínfimo en repetir gestos vacíos: pedir otra copa, fingir interés en un libro, mirar la calle. Todo es juego y máscara. Si alguien lo mirara ahora, pensaría que está esperando a alguien, o que reflexiona sobre un asunto de importancia. La verdad es más sencilla y brutal: está ahí porque no puede estar en otro sitio.

La mujer del paraguas azul entra. Por azar o por secreto designio, elige la mesa junto a la suya. No le dirige la palabra. Saca un libro, lo abre en una página marcada, lee. André sabe, con la certeza de los insomnes, que podría hablarle. Bastaría un gesto, un comentario casual: “¿Le gusta la lluvia?” Pero no lo hace. Sabe que cualquier palabra crea un mundo posible, y destruirlo sería peor que renunciar antes de tiempo. Cada silencio está cargado de opciones frustradas y de futuros muertos antes de nacer.

En el fondo del café alguien ríe. La camarera esboza una sonrisa, pero sus ojos están cansados. Afuera, el día se desliza sin motivo ni promesa. André se pregunta si alguna vez ha sido otro, si alguna vez sus pasos podían guiarse por otra cosa que no fuera la indefinición, el vértigo de saberse radicalmente libre y, por tanto, radicalmente responsable. Oye un trueno distante. Observa la espuma blanca de su café apagándose lentamente, como si la vida misma se extinguiera despacio ante su mirada.

Recuerda entonces un pasaje de un libro: “El hombre está condenado a ser libre.” La sentencia lo calma y lo irrita. Quiere huir y quedarse, desaparecer y dejar huella al mismo tiempo. Pero sólo le queda asumir, beber otro sorbo, sentir el leve ardor del alcohol en la garganta. Cuando la mujer del paraguas azul cierra su libro y se marcha, una ráfaga de perfume queda flotando en el aire. André la observa perderse en la marea gris de la ciudad. Ningún nombre permanece, ningún recuerdo basta.

El café se enfría en su mano, y la tarde se apaga entre relámpagos. André piensa en levantarse, pedir la cuenta, buscar asilo bajo algún otro techo. Pero sabe que el lugar es irrelevante. Dondequiera que esté, lo que lo persigue va con él. Todo, absolutamente todo, depende de su elección. Nadie puede salvarlo de sí mismo.

El sonido de la lluvia se confunde con el latido del corazón. André cierra los ojos. La copa, la taza, el motivo, el sentido: todo se disuelve en la niebla de la tarde. Cuando los ojos se abren de nuevo, nada ha cambiado, y sin embargo, todo es otra cosa. Afuera, el murmullo del mundo continúa su curso indiferente. El hombre con el periódico lo mira de reojo. La camarera limpia sin prisa la barra. Andrea se levanta al fin, deja unas monedas, y sale bajo la lluvia.

No hay más huella que esa: el breve calor de una silla vacía, el eco de los pasos, la certeza amarga de la libertad y el abismo ineludible de existir.

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