Fragmento:
Esta noche, sin embargo, las líneas entre lo que era, lo que creía ser y lo que fingía recordar comenzaron a desdibujarse. En el umbral de la pequeña cocina, vio una sombra que parecía moverse con independencia de cualquier objeto tangible. No era la de ella, ni la de Quietud, sino la de alguien – o de algo – que sólo podía existir allí, en esa esquina de la percepción donde se alcanza a sospechar que la realidad no es sino una acumulación de percepciones toscamente hiladas.
Duración: 03:56
Alicia encendió la lámpara del escritorio y observó cómo una marina azulada se deslizaba temblorosa sobre la tibia superficie de la mesa. Afuera, la ciudad se desmoronaba bajo la lluvia, irreconocible, como si la noche intentara convencerla de que nunca existió, de que era solo un capricho de su memoria. La lámpara apenas lograba mantener a raya la oscuridad y, con cada gota contra el ventanal, Alicia sentía cómo se deshacia la frontera entre ella y la nada.
A los treinta y seis años, había aprendido a dudar exactamente de lo necesario: de los sueños, de las decisiones demasiado firmes y de ese leve estremecimiento que sentía cuando ante el espejo no acababa de encontrar sus propios ojos. Vivía sola en un piso del quinto piso, con su gato Quietud y diez o quince libros abiertos a medias. Trabajaba haciendo traducciones técnicas para una empresa remota, escuchando el murmullo de un idioma extranjero que se pegaba a su mente como una segunda piel.
Esta noche, sin embargo, las líneas entre lo que era, lo que creía ser y lo que fingía recordar comenzaron a desdibujarse. En el umbral de la pequeña cocina, vio una sombra que parecía moverse con independencia de cualquier objeto tangible. No era la de ella, ni la de Quietud, sino la de alguien – o de algo – que sólo podía existir allí, en esa esquina de la percepción donde se alcanza a sospechar que la realidad no es sino una acumulación de percepciones toscamente hiladas.
Se levantó y, con pasos cautelosos, se adentró en la oscuridad del pasillo. El suelo crujió bajo sus pies, el sonido amplificándose como un eco de vida ajena. Pensó en los otros habitantes del edificio, en su vecina Clara, con quien intercambiaba saludos ambiguos en el ascensor y alguna que otra conversación sobre recetas imposibles de reproducir. A veces sospechaba que Clara no era del todo real, que nadie en el edificio, salvo Quietud, existía con absoluta certeza.
Una risa tenue —o tal vez el simple roce del viento contra el cristal— le hizo girarse de golpe. No vio a nadie. Alzó la voz preguntando “¿Hay alguien ahí?” y su pregunta se le vino de vuelta, sorda y áspera, como si el espacio mismo se resistiera a ser habitado. Alicia recordó entonces ese viejo texto filosófico que leyó en la universidad: “Pienso, luego existo”, y le asaltó súbitamente la duda de si todo cuanto pensaba importaba realmente para existir, o si en realidad sólo habitaba la mente de alguien más.
El gato saltó ágilmente sobre la repisa, mirándola con esos ojos cuyo enigma encontraba, cada mañana, irresoluble. Si Quietud existía, pensó, ¿quién estaba más seguro de su existencia, la mujer sentada en la penumbra o el animal que la observaba casi juzgándola?
Esa noche Alicia no durmió. Volvió a su escritorio, incapaz de ignorar el leve rumor de la sombra que creía haber visto. Comenzó a escribir una carta, sin destinatario, empujada por la necesidad de ordenar sus pensamientos en un idioma que ya no sentía propio. “Me temo ser un fantasma en mi propia vida,” escribió. “Cada día, un disfraz distinto de certeza. Y sin embargo, hay algo, una especie de vacío capaz de asumir todas las formas posibles, que me devuelve al mismo abismo donde no sé ni quién escribe estas líneas.”
Las horas se escurrían. De madrugada, el teléfono vibró. Alicia no conocía el número, pero respondió, porque hay interrupciones imposibles de ignorar cuando la soledad se pega a la piel como mugre. Al descolgar, escuchó su propia voz: “No temas. Seguiremos dudando juntas.”
Permaneció en silencio, sintiendo cómo el vértigo de reconocerse más eco que ser se extendía. Fuera, la lluvia seguía golpeando la ciudad, como si intentara lavarla de toda pretensión de solidez.
Cuando, al fin, la lámpara se fundió y el cuarto se sumió en una oscuridad absoluta, Alicia no sintió miedo. Solo se preguntó si al despertar, de existir todavía, reconocería las sombras de su propia noche.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.