Fragmento:
Salió a la calle empujado por una nostalgia que no podía nombrar. Los ladrillos de la ciudad susurraban, el eco de sus pasos en el asfalto parecía pesado, de otro. Las personas alrededor transitaban la realidad y, sin embargo, Saulo fue consciente de que probablemente podrían atravesarlo sin notar su existencia. Esta sospecha no lo abandonó en todo el trayecto hasta el café, donde la tarde anterior había escuchado a una anciana decir —por teléfono, a nadie en especial— que “el mundo se va vaciando como un saco roto”.
Duración: 04:26
El hombre se llamaba Saulo, pero eso solo importaba a medias: tan solo mientras recordase su nombre interiormente tenía algún sentido continuar arrastrando sus días, conteniendo la respiración mientras la vida avanzaba. Saulo se levantó una mañana, aunque después descubrió con ligero sobresalto que había olvidado una parte de la rutina, quizás cepillarse los dientes, o tal vez el desayuno. Todo lucía casi igual a ayer, pero entre los tonos azulados que nadaban por la ventana, y el sonido hueco de su casa, había una diferencia: el mundo parecía haber palpado el umbral de lo inexplicable.
Salió a la calle empujado por una nostalgia que no podía nombrar. Los ladrillos de la ciudad susurraban, el eco de sus pasos en el asfalto parecía pesado, de otro. Las personas alrededor transitaban la realidad y, sin embargo, Saulo fue consciente de que probablemente podrían atravesarlo sin notar su existencia. Esta sospecha no lo abandonó en todo el trayecto hasta el café, donde la tarde anterior había escuchado a una anciana decir —por teléfono, a nadie en especial— que “el mundo se va vaciando como un saco roto”.
El café recibió a Saulo con la promesa de una evasión momentánea. Eligió la mesa más apartada, porque le desagradaba la luz directa, y pidió un café negro, pese a que últimamente la cafeína le dejaba un temblor extraño en las manos. Observó su reflejo en la ventana, esperando encontrarse, pero solo observó a un hombre desconocido imitando sus gestos. Sintió entonces una punzada en el pecho, no dolor físico, sino la presión brutal de una pregunta para la cual no tenía palabras. Por un momento se vio cayendo de espaldas en un abismo sin fondo, sin recordar si alguna vez había sido de otro modo.
En la siguiente mesa, dos jóvenes discutían —con la intensidad de quienes creen que el mundo espera su veredicto— sobre el sentido de la vida y la posibilidad de un propósito. Uno de ellos, de barba desigual, afirmaba que el universo no nos debe sentido alguno; el otro, casi suplicante, sostenía que buscarlo es lo que nos distingue de los animales. Pero ninguna de esas explicaciones lograba calmar las inquietudes de Saulo. El sentido de la vida, pensó, era una moneda atascada en el fondo de una fuente seca: todos arrojaban deseos, ninguno recibía regreso.
Al salir del café, Saulo sintió —como en sueños— que la ciudad había cambiado de sitio. No porque los edificios se hubieran movido, sino porque cada esquina, cada farol, parecía haber olvidado su función. Las personas seguían sus rutinas, pero en sus miradas había una opacidad leve, como si el sujeto tras los ojos se hubiese marchado temporalmente. De repente le pareció que la vida entera era un teatro lleno de fantasmas, cada uno repitiendo textos olvidados en una lengua muerta.
Caminó hasta el parque, donde la geometría de los árboles le ofrecía una forma de descanso. En un banco distante, un hombre anciano lanzaba trozos de pan a unas palomas, y Saulo se preguntó quién de los dos era más libre: si el anciano, dueño de su pequeño rito diario, o las aves, incapaces de saber la prisión invisible en la que participaban. Saulo se sentó en otro banco y cerró los ojos, buscando un refugio dentro de sí. Allí encontró un vacío palpitante. Recordó una vez, siendo niño, cuando sintió por primera vez el peso insoportable de la existencia: fue al darse cuenta de que su cuerpo era solo suyas las sensaciones, que nadie más jamás podría habitarlas, y que él estaba, esencialmente, separado del mundo como una gota en un vidrio. La soledad se le anudó entonces al hueso y, a pesar de los años, no había logrado desmembrarla.
En algún momento, mientras los minutos se escurrían entre las ramas, Saulo sintió que podía escuchar la voz de la realidad: una voz neutra, sin juicio, carente de afecto. Le susurraba que no hay porvenir, ni misión, ni centro: solo la sucesión indolente de los días. Y entonces, de manera tenue, se rebeló a esa oración fría con una decisión arbitraria. Se levantó, fue a comprar semillas en la floristería más próxima y, al volver, las enterró una a una en el parterre junto al banco. Tal vez nada brotaría jamás; tal vez las palomas se las comerían en cuanto él se diera la vuelta. Pero Saulo, por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía desafiar la corriente absurda de los días con un acto inútil pero propio.
Anocheció sin sorpresas. Al regresar a su casa, Saulo tomó una hoja y escribió: “Hoy viví porque quise hacerlo, no porque el mundo me necesitara”. Pegó ese papel en la puerta del refrigerador, sintiendo que el gesto, aunque mínimo, rasgaba el velo de lo irremediable. Luego apagó la luz, escuchó su respiración unos segundos más, y se permitió dormir pensando que, aunque el significado fuese ilusión, el gesto sincero de buscarlo era suficiente para darle cuerpo a una jornada. Y en la oscuridad, mientras su mente navegaba los restos del día, Saulo encontró la única certeza posible: que, entre todos los vacíos, uno podía elegir la dignidad de no rendirse ante el silencio.
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