Fragmento:
La noche era densa. No porque la oscuridad reinara con especial rigor, sino porque cada sombra, cada rincón, cada silencio era un abismo en el que flotaba una única pregunta: ¿qué prueba hay de que esto es real? El hombre, de mediana edad, se sentó ante el ventanal de su apartamento en la ciudad anónima y dejó el vaso tambalearse sobre la mesa. Afuera, las luces de los coches rozaban el asfalto con la indiferencia de algo eternamente programado. Era la hora exacta en la que los pensamientos se multiplican, se arrastran y bailan ante la mente despoblada del hombre común.
Duración: 04:50
La noche era densa. No porque la oscuridad reinara con especial rigor, sino porque cada sombra, cada rincón, cada silencio era un abismo en el que flotaba una única pregunta: ¿qué prueba hay de que esto es real? El hombre, de mediana edad, se sentó ante el ventanal de su apartamento en la ciudad anónima y dejó el vaso tambalearse sobre la mesa. Afuera, las luces de los coches rozaban el asfalto con la indiferencia de algo eternamente programado. Era la hora exacta en la que los pensamientos se multiplican, se arrastran y bailan ante la mente despoblada del hombre común.
Durante años, se había conformado con ser espectador de su vida, testigo obediente de lo que otros llamaban rutina. Pero aquella noche algo había cambiado. Quizás había sido esa conversación absurda en el supermercado, cuando la cajera le miró con los ojos vidriosos, como si acabara de despertarse en un sueño ajeno. O quizás había sido simplemente el peso de los días, acumulando en su pecho una piedra diminuta que, con el tiempo, ya no le permitía respirar igual.
El hombre —llamémosle Julien— había pasado la jornada navegando el mar embravecido de sus pensamientos. ¿Por qué los recuerdos se sentían tan frágiles? ¿Por qué a veces era incapaz de distinguir si un suceso lo había vivido, soñado, leído o simplemente imaginado tras escuchar a un desconocido? Cerró los ojos y recordó la vez que, de niño, se perdió en el bosque durante horas. Sentía el frescor de los helechos, la angustia de no ser encontrado, la súbita y reconfortante aparición de su madre. Sin embargo, si se esforzaba en revivir el momento… algo fallaba. Los árboles carecían de suficiente detalle. El rostro de su madre era como una máscara que su conciencia no podía recomponer del todo. ¿No sería esa memoria solo el retazo de una narrativa creada años después, una historia que se contaba a sí mismo para otorgarse solidez?
El reloj marcaba las tres de la mañana. El tiempo era un hilo tenso que parecía a punto de romperse y, sin embargo, nunca lo hacía. Julien se levantó y se contempló en el espejo del baño. La imagen le devolvía la mirada —cansada, interrogativa— y se preguntó, como tantas veces, si había alguna diferencia fundamental entre quien veía allí y quien se pensaba siendo. Si ese reflejo era sólo un efeito óptico, o si en verdad contenía la mínima esencia de aquello que era él.
Las preguntas proliferaban, sólidas como brújulas sin norte. ¿Era él la suma de sus pensamientos? ¿Era un cuerpo más entre los cientos de miles que, en la ciudad dormida, soñaban con no olvidar quiénes eran? ¿O era acaso una idea, fluctuante, un pensamiento que Dios —o el azar del universo— había dejado en libertad por poco tiempo en la materia? En ausencia de respuestas, el miedo —ese miedo subterráneo que se siente en los huesos, no en la mente— le rozó la columna, helado y preciso.
Sin previo aviso, una intrusión lo sacó de sí. Un crujido en el salón, tan leve que apenas era una insinuación. Julien caminó despacio, con el corazón en la garganta, hasta encontrar… nada. El sofá, la alfombra, el mueble de madera, todo estaba en ese orden previsible del que depende la cordura. Y sin embargo, esa ausencia absoluta de acontecimientos fue lo que más le inquietó. Porque, ¿no era así su vida entera? Un espacio dispuesto para que algo ocurriera, pero donde, en realidad, nunca sucedía nada.
Pensó en sus relaciones, en las palabras que había dicho sin sentirlas, en los abrazos dados porque tocaba darlos, en los vacíos entre los ruidos del día y en los largos segundos ante el teléfono en silencio. ¿Y si él no era más que un personaje en una obra interminable, sin espectadores atentos para dar sentido a la función? Buscó sus libros de filosofía, hojé uno cualquiera. Todas las páginas estaban llenas de respuestas, pero ninguna era una explicación. “Pienso, luego existo”, leyó al azar, y lo repitió en voz alta, casi como oración mágica. Se sintió estúpido al instante; su voz sonaba lejana, como un eco de sí mismo.
Casi resignado, Julien se tumbó en el sofá y cerró los ojos. El silencio le envolvió, pesado, cálido, invulnerable. Empezó a soñar —o creyó hacerlo. Soñó que despertaba, que la ciudad no era más que una pintura, que los rostros eran fragmentos de maniquíes, que cada acontecimiento era simplemente una posibilidad descartada por una mente superior. En el sueño, él podía decidir el curso de su pensamiento, podía dudar de la solidez de la mesa, la textura del aire, el latido de su propio corazón. Pero cuanto más lo intentaba, más borrosos se volvían los detalles: los libros perdían las letras, la ventana desaparecía, el recuerdo de su propia voz era un vacío blanco.
Al abrir los ojos, no supo si estaba verdaderamente despierto. Miró la luz azulada del amanecer entrando por el ventanal. Todo parecía igual —la mesa, el vaso, el reloj—, pero había una diferencia indescifrable, como una nota fuera de lugar en una melodía conocida. De pronto, se preguntó si la memoria del sueño era, en realidad, la memoria de su vida, y si la vida no era simplemente el largo eco de una duda, inagotable, que ni el tiempo ni la muerte podrían nunca resolver. Y ahí, en ese instante incierto, comprendió que tal vez eso era existir: abrir los ojos cada día sin otra seguridad que la de saberse dudoso, incompleto, y sin embargo, irrevocablemente real.
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