De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
La chica del lago
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
La grieta del silencio
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato El aroma invisible del mediodía
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Al pasar frente a un viejo café, el hombre dudó. Allí, hace años, había compartido algo con alguien, aunque, a la vez, no estaba seguro de si ese recuerdo era suyo o el sueño de otro que había leído alguna vez en un libro. Entró. El murmullo de los parroquianos, el aroma amargo del café, la luz tamizada: todo parecía confabular para recordarle el tiempo perdido. Se sentó en una mesa al fondo y pidió café solo. Sacó de su bolsillo un papel arrugado donde, la noche anterior, había escrito una frase, pero la tinta se había desvanecido. No recordaba qué lo había impulsado a escribirla ni ligaba palabras en su mente que tuvieran sentido. Miró por la ventana. Los árboles parecían hablar en lenguas vivas. Afuera, el mundo seguía.

Duración: 04:56

El aroma invisible del mediodía
-a / +A

El hombre despertó en la madrugada, pero no sabía si era de verdad mañana, si aún era noche o si, finalmente, había despertado de un largo sueño sin haberse movido jamás de ese lugar. La habitación estaba fría y los ventanales abiertos dejaban pasar el aroma intenso del alba, aunque no podía recordar cuándo los había abierto. Miró en derredor: reconocía cada objeto, la disposición exacta de los libros, las huellas en la madera, una fotografía con rostros que parecían más ajenos cada día. Sin embargo, a pesar de todo su empeño, la certeza de que aquella era su casa se le resbalaba irremediablemente entre los dedos de la mente.

Al incorporarse, sintió en la espalda el peso de una edad que no sabría precisar, ni joven ni anciano, un estar detenido entre dos dimensiones. Caminó descalzo hasta la ventana, contemplando cómo la ciudad comenzaba lentamente su ceremonia de la luz. Pero algo era distinto. En su interior, sentía el hueco. No era tristeza, ni júbilo, sino el resultado de una búsqueda antigua. El hombre había dedicado su vida a perseguir la raíz secreta de la realidad, convencido de que en algún pliegue misterioso del tiempo descubriría su propio nombre, el verdadero, no el que los otros le repetían, sino el nombre que vibra antes de la palabra.

Desayunó mecánicamente, notando cómo sus movimientos eran réplicas de días anteriores: la taza de porcelana blanca, el sonido del líquido vertiéndose, el pan cortado en idénticas rebanadas. Sintió, mientras masticaba, toda la futilidad de esos gestos, y por un instante, la angustia lo envolvió, tan nítida como el aire. Salió a la calle. El bullicio de la ciudad retumbaba en la acera, pero solo era un telón de fondo para la nostalgia invisible de lo nunca dicho, lo nunca vivido. Caminó largo rato, sin propósito, deteniéndose de vez en cuando ante escaparates vacíos, leyendo nombres de desconocidos en los timbres de las puertas.

Al pasar frente a un viejo café, el hombre dudó. Allí, hace años, había compartido algo con alguien, aunque, a la vez, no estaba seguro de si ese recuerdo era suyo o el sueño de otro que había leído alguna vez en un libro. Entró. El murmullo de los parroquianos, el aroma amargo del café, la luz tamizada: todo parecía confabular para recordarle el tiempo perdido. Se sentó en una mesa al fondo y pidió café solo. Sacó de su bolsillo un papel arrugado donde, la noche anterior, había escrito una frase, pero la tinta se había desvanecido. No recordaba qué lo había impulsado a escribirla ni ligaba palabras en su mente que tuvieran sentido. Miró por la ventana. Los árboles parecían hablar en lenguas vivas. Afuera, el mundo seguía.

Entonces, se sentó frente a él una mujer de mirada pura, ojos abismos atravesados por lluvias pasadas. No se conocían, pero la extrañeza era familiar. Pasaron varios minutos en silencio, y solo entonces ella, con voz suave, le dijo: “¿Busca usted también la puerta?”

Él dudó: “¿Hay puerta?”

“No la he visto nunca, pero sé que todos la buscamos. Muchos no lo saben, otros la temen. Algunos, en cambio, no pueden dejar de buscarla, aun sabiendo que tal vez no existe.”

El hombre pensó en su vida, en los días gastados, en los sueños no cumplidos. Quiso responderle algo certero, pero lo único que pudo pronunciar fue: “Solo estoy cansado.”

La mujer asintió. “A veces la fatiga es la señal. La señal de que uno está cerca. Cuando todo parece insípido, repetido, es que el umbral se aproxima. Pero hay que atreverse a cruzarlo, aun sin saber qué hay más allá.”

De algún modo, sintió que las palabras de la mujer no venían solo de ella, sino de algo más vasto, una voz antigua resonando en todos los seres humanos, en los instantes de lucidez. Se miraron largamente, como si se descubrieran viejos amigos de otros mundos.

Al salir nuevamente a la calle, el cielo se había oscurecido. La tarde caía en la ciudad, el tráfico era un oleaje remoto. El hombre caminó hacia el río. Recorría esos caminos buscando señales, pequeñas revelaciones en lo cotidiano. Una hoja flotando en el agua, una conversación entre extraños, el reflejo de una nube fugitiva. Si la puerta existía, tal vez no era más que un instante de conciencia, una mirada limpia al interior del ser, el acordarse repentinamente del milagro del estar.

El viento le susurraba en los oídos. Sintió, por un instante, que una presencia lo acompañaba, no un ángel ni un demonio, sino la sombra de lo que podría ser. Cerró los ojos. Imágenes fugaces desfilaron: la infancia, la mano de su madre, un amor perdido, palabras no dichas. Lo comprendió: la puerta no era un lugar, era una decisión. Era atreverse a abandonar la armadura del cansancio, la repetición segura de los días, y penetrar, aunque fuera a tientas, en el abismo de sí mismo.

Abrió los ojos. El río se extendía, silencioso, bajo el crepúsculo. Se detuvo en el puente, respiró hondo, y comprendió, sin palabras, que acaso no encontraría nunca respuestas, que la vida quizás solo era la pregunta. Pero también, ahí, detenido entre luces agonizantes y promesas de sombra, intuyó la serena belleza de no huir más: vivir, sin solución, el misterio.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
La chica del lago
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
La grieta del silencio
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.