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Portada del relato El Silbido del Invierno
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Fragmento:


Alan había dejado de jugar antes de cumplir los 30. No fue la rodilla —aunque le gustaba presumir aquella antigua cicatriz jactándose de partidos heroicos—, ni tampoco la falta de goles. Fue un día, sin más, levantarse y no encontrar motivos para seguir corriendo. En la grada, su presencia era doble: el cuerpo empapado bajo el abrigo, y el fantasma que perseguía cada pase torcido en el campo.

Duración: 03:35

El Silbido del Invierno
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Había una ligera persistencia en la llovizna aquella tarde de enero, una de esas lluvias que, como las penas adultas, apenas llegan a limpiar el polvo pero sí empapan lentamente los huesos. El estadio municipal era un pozo de cemento y recuerdos, encajonado entre torres de ladrillo y un río que nadie miraba. Me senté en la tercera fila, lado sombra: allí los hombres con historias se congregan para evitar no sólo el sol, sino el peso directo de sus propios pasados.

Alan había dejado de jugar antes de cumplir los 30. No fue la rodilla —aunque le gustaba presumir aquella antigua cicatriz jactándose de partidos heroicos—, ni tampoco la falta de goles. Fue un día, sin más, levantarse y no encontrar motivos para seguir corriendo. En la grada, su presencia era doble: el cuerpo empapado bajo el abrigo, y el fantasma que perseguía cada pase torcido en el campo.

El partido era de tercera regional, la clase de encuentro donde los gritos de los entrenadores suenan más sinceros y las piernas tiemblan no de fatiga, sino de frío. Jugaban los locales, El Rayo del Bajo, contra una cuadrilla de forasteros de camisetas desteñidas. Apenas media docena de espectadores: dos ancianos con bufandas, una pareja rezagada y yo, sentado junto a Alan.

“Lo más difícil es no correr”, me susurró, sin apartar la mirada del lateral izquierdo. El chico erraba un pase tras otro, en una danza atravesada de nubes grises. Luego la voz del entrenador rompió el aire —la misma voz que alguna vez, en otra vida, había gritado su nombre— y vi a Alan tragar saliva como quien bebe veneno con resignación.

En el descanso, encendió un cigarrillo. Fumaba sólo en los partidos: costumbre, no vicio. Le pregunté si extrañaba la adrenalina, la euforia absurda de marcar bajo la lluvia. Se encogió de hombros: “No se extraña lo que duele”. El humo ascendía lento, cruzando la frontera entre la nostalgia y el hastío.

Cuando el árbitro pitó el segundo tiempo, la lluvia arreció. No era una batalla épica, era una suma de pequeños fracasos: un balón que se resbala entre botas mojadas, un portero resignado a la humillación de recoger la pelota del fondo de la red. Alan sólo observaba. Sus ojos seguían cada jugada como si aún esperara que el chico del lateral, el de las medias caídas, hiciera algo distinto a lo que él había hecho en otro tiempo.

De pronto, un relámpago cortó el cielo y —en ese preciso instante— el lateral resbaló, derribado por su propia ansiedad. La caída fue fea, pero la soledad del chico al levantarse fue aún más brutal. En la grada, Alan se puso de pie y, por un momento, supe que había sentido el impulso de gritar, de ofrecer una palabra, de correr el campo aunque fuera sólo por ese chico. Pero se contuvo.

El partido terminó. Todos salieron rápido del campo, menos Alan y yo. “Para algunos, la vida sigue siendo un vestuario vacío”, dijo, y esta vez la sonrisa no era amarga, sino serenamente triste. Caminamos en silencio hacia la salida. La ciudad allá afuera seguía su curso, indiferente, atravesada por luces amarillas y la rumorosa promesa de otra noche.

Antes de separarnos, pregunté qué se hace con los goles que uno ya no puede celebrar. Alan me miró como si la respuesta estuviera estampada en el agua que caía sobre el asfalto. “Se guardan en el bolsillo más hondo, para no olvidarlos. Pero nunca se sacan”, respondió. Y juraría que en sus ojos danzaban, invisibles, todos los partidos que se juegan sin público y sin gloria, lejos del césped, cerca del silencio.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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