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Fragmento:


Todo empezó cuando Diego, aún cachorro, desenterró el primer balón destrozado bajo el manzano partido por un rayo. Desde entonces la pelota rodó cada noche, y cada noche, más animales se le unían. Y, lo más increíble de todo, cada noche hablaban.

Duración: 04:48

La Liga de los Olvidados
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Cuando el sol empezaba a tamizar la mañana a través de la bruma, el campo de fútbol de Parque Rosales parecía como cualquier otro en las afueras de una ciudad vieja. Excepto por un detalle: las porterías, ajadas por la intemperie, todavía retumbaban de la emoción de la noche anterior, cuando los únicos espectadores fueron los astros y la luna. Nadie en el barrio sabía lo que sucedía allí después de medianoche.

Del otro lado de la cerca carcomida por la herrumbre, un zorro de pelaje naranja vibrante tanteaba el terreno con la cautela de quien ha aprendido a sobrevivir a los hombres. Nadie le había dado un nombre más allá de “Zorro”, aunque él prefería pensarse a sí mismo como Diego, por un trozo de periódico que recordaba un gol imposible de Maradona. No todos los animales del parque resonaban con el mismo fuego que Diego sentía por el fútbol. Pero en noches donde lo gris del mundo parecía a punto de ahogarlos, todos coincidirían en las líneas de cal.

Los equipos se formaban por consenso y, a veces, por puro azar de quienes llegaban primero: los gatos solían elegir posiciones de mediocampo, susurrando estrategias y tachando líneas imaginarias que solo ellos veían; los erizos, con sus panzas redondas, preferían la defensa, creando un muro inquebrantable que ni el cuervo más ágil podía superar; los perros, con diversa disciplina según su historia y tamaño, se apoderaban del ataque, rugiendo en carreras inverosímiles.

Todo empezó cuando Diego, aún cachorro, desenterró el primer balón destrozado bajo el manzano partido por un rayo. Desde entonces la pelota rodó cada noche, y cada noche, más animales se le unían. Y, lo más increíble de todo, cada noche hablaban.

No era hablar como lo hacen los hombres, por supuesto; no había gritos, ni discusiones estériles. Era una comunión secreta, un entendimiento compartido en la mirada y en gestos sutiles, completados por palabras que flotaban en el aire, llenas de sentido.

Aquella noche, la número cien de la Liga de los Olvidados, el partido era de especial importancia. No solo porque la lechuza vieja y sabia, conocida como Amelia, había prometido transmitir lo aprendido a sus crías (“No importa quién gane, sino cómo bailó la pelota bajo la luz”, repetía), sino porque un rumor había llegado desde los suburbios: los hombres querían cercar el parque, cubrir la tierra con cemento.

El rumor tenía cola y bigotes, y se llamaba Valentina, una gata siamesa experta en recabar noticias en las noches de tejados y encuentros furtivos. “Mañana medirán el suelo al amanecer. Esta podría ser nuestra última noche”, anunció con voz ahogada por el miedo.

Los animales se prepararon en silencio. Las posiciones se asumieron como si la vida dependiera del resultado. A un extremo del campo, se reunieron los Carnívoros: Diego al ataque, escoltado por Toribio el mapache y Chaska la comadreja rapidísima. Al otro, los Nocturnos: Amelia en la portería, los dos erizos en la defensa, y Valentina, la gata, de estratega central.

El pitido inaugural lo lanzó una rana de verde chillón, con una voz que hacía vibrar las hojas muertas.

El juego fue pura armonía: el balón –una esfera imperfecta remendada con hilos, plumas y dientes de leche perdidos– recorría el campo entre pases veloces, caños improvisados y fintas que desafiaban toda lógica biológica.

La estrategia era la pasión, y la pasión, memoria.

Diego, con la astucia de quienes han visto perder y ganar a los hombres, orquestaba a su equipo entre rugidos cortos y guiños. Toribio robaba el esférico a la menor distracción y, siempre astuto, lo ponía en el camino de Chaska, que zafaba de los erizos como si su lomo estuviera encerado.

Pero para cada avance, la defensa de los Nocturnos se hacía sólida. Amelia, con sus alas extendidas, cubría más portería que cualquier arquero experto. Un disparo curvo de Diego fue atajado con una voltereta en el aire que arrancó exclamaciones admiradas en todos los dialectos animales.

A la media hora de juego, tenían un empate y el tiempo corría el mismo destino de parques olvidados.

Fue entonces cuando Valentina, astuta como solo una gata sin casa puede serlo, decidió apostar el todo por el todo. Con un regate imposible, filtró un pase para Amelia, quien nunca abandonaba su portería, pero en un acto de rebeldía ancestral salió volando hacia el campo, sorprendido a todos. El estadio improvisado contuvo la respiración animal.

Amelia cabeceó el balón y anotó. Por un instante, el silencio selló el parque y todos sus secretos.

Pero el balón aún rodaba, y aún quedaba tiempo. En la última jugada, Diego, con el corazón en las patas, dribló medio equipo, encontró una rendija imposible y, de rabona, empató el partido.

El marcador, como la vida, era justo y caprichoso.

Ya no importaban los goles. Todos los animales sabían que afuera, al alba, los hombres medirían el suelo y pondrían cadenas. Pero allí, en el campo, bajo la última luna, ellos hablaron como solo los olvidados pueden hablar

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