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Portada del relato La Penúltima Jugada
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Fragmento:


Cuando el reloj marca las 21:48 y las luces del Viejo Municipal zumban como insectos moribundos, el aire se espesa y el sudor en las camisetas se amarra a la piel como una segunda capa. Afuera, un público empapado en nerviosismo golpea el metal de los asientos con los talones. Adentro, la táctica se disfraza de instinto.

Duración: 04:54

La Penúltima Jugada
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Cuando el reloj marca las 21:48 y las luces del Viejo Municipal zumban como insectos moribundos, el aire se espesa y el sudor en las camisetas se amarra a la piel como una segunda capa. Afuera, un público empapado en nerviosismo golpea el metal de los asientos con los talones. Adentro, la táctica se disfraza de instinto.

Aureliano Costa arrastra los botines como quien lleva un lastre en cada paso. No es temor lo que siente, es una culpa suave, extendida en el tiempo como la resaca de un amor marchito. Nadie en la grada lo sabe. Nadie sabe, tampoco, que esa noche puede ser la última. Entró al vestuario media hora antes del calentamiento, saludó a sus compañeros con un gruñido y se encerró en el baño a mirar las líneas de su propio rostro en el reflejo cuarteado del espejo. Los carteles en la pared gritaban frases de motivación que él había dejado de creer hacía ya varios torneos.

En el vestuario, los rituales se superponen: uno besa una medalla, otro ata los zapatos exactamente igual que la semana anterior. Aureliano solo espera, absorto, la llegada de Sebas, el utilero. Sebas le debe una copa. Le debe también una explicación, pero eso es materia para otra noche.

El cántico de la grada de repente invade el vacío del vestuario. "¡Vamos, vamos!" Su corazón brinca: late por sí mismo, y también, sin querer, por la promesa tóxica de redención, ese opio inmortal del jugador vencido. Apenas oye el discurso de Alfaro, el técnico, palabras acústicamente perfectas y sentimentalmente huecas. Lo único que repasa es el mensaje de texto enterrado en la pantalla de su celular, justo antes de cerrar el casillero: "Lo sé todo. Hablaremos después del partido". Número oculto.

Cuando pisan el césped, la tormenta amaga con dormirse. La atmósfera parece engullir la tensión, como si todo estuviese contenido en la forma perfecta de un balón a punto de ser pateado. El partido comienza. Aureliano siente de inmediato el roce áspero del central rival, una amenaza no verbal que se resume en un codazo al pasar. La vida, piensa, a menudo se resume en estos choques: el que resiste, sobrevive.

Las entradas son duras, el juego tosco, la pelota viaja más por el aire que sobre la hierba resbaladiza. Al borde del entretiempo, la grada busca abrigo en la cerveza barata. Tan solo queda un susurro cuando Aureliano recibe el balón en el área. El portero sale como un tren sin frenos. Aureliano amaga hacia la izquierda, pero entonces la noche entera se paraliza: un destello azul en la tribuna—el color de la bufanda que solo Lucía usaba. Lucía, la mujer a la que traicionó. Lucía, la única testigo de todo.

Una fracción de segundo basta para que falle. Tira débil, sin alma. El portero recoge la pelota y le dice, casi compasivo: "Otra vez será, Costa". Aureliano finge que no escucha. Los otros lo insultan, le exigen más garra, menos miedo. No saben, no pueden entender, que juega por instinto de fuga, no por gloria.

En el descanso, el técnico lo sacude del hombro y le grita algo sobre la dignidad. El sudor le recorre el cuello y se mezcla con el asco que siente de sí mismo. La segunda parte se convierte en una coreografía de apariencias; cumple los movimientos, simula correr, pero se disuelve con cada pase errado. Piensa si Lucía habrá venido con alguien. Si alguien le habrá contado todo o si lo ha visto con sus propios ojos en la madrugada húmeda de la ciudad, el auto estacionado, los besos, la promesa rota.

Minuto ochenta y siete. El partido agoniza empatado. La tribuna ladra, exige sacrificio. Aureliano se mueve, por primera vez, como si tuviera diecisiete años y no una década de secretos detrás. Gana una pelota dividida, avanza. El estadio, ese monstruo hambriento, ruge. Hace una pared, pica al espacio, recibe el pase. Dispara.

El balón viaja, triste y hermoso, hacia el segundo palo. El arquero vuela, el defensa manotea el aire. Gol. El Municipal estalla. Sus compañeros lo abrazan, lo alzan, le gritan cánticos de héroe. Pero el júbilo no lo embriaga; solo le recuerda cuán efímero es el perdón de las masas.

Cuando termina el partido, Aureliano ni siquiera se cambia la camiseta. Cruza el campo bajo la lluvia que, ahora sí, cae sin vergüenza. Busca en la grada. La bufanda azul ha desaparecido. Entra al túnel de regreso, sabiendo que allá afuera lo espera Lucía—o su ausencia, el juicio silencioso del que no se puede escapar ni ganando.

Esa noche, entre el sudor, la tierra y el eco de los rostros felices, comprende lo único cierto: en este juego nadie gana de verdad. Apenas sobreviven, esperando la próxima noche torcida, la próxima jugada a medias, el próximo error imposible de corregir.

Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
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