Alchemised: No queda nadie a quien salvar
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Fragmento:


Bajo las luces agónicas del viejo estadio, la ciudad parecía contener el aliento. En la línea blanca, apenas visible ya, crepitaban los nervios y los ecos de los cánticos, más roncos y adultos, menos festivos que otras noches. Era el partido definitivo, ese que los jugadores se cuentan a sí mismos en las resacas cuando el músculo duele y el tiempo parece irse con el barro seco en las espinillas.

Duración: 03:39

Días de tribuna
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Bajo las luces agónicas del viejo estadio, la ciudad parecía contener el aliento. En la línea blanca, apenas visible ya, crepitaban los nervios y los ecos de los cánticos, más roncos y adultos, menos festivos que otras noches. Era el partido definitivo, ese que los jugadores se cuentan a sí mismos en las resacas cuando el músculo duele y el tiempo parece irse con el barro seco en las espinillas.

Esteban Vives se ajustó la cinta negra en la muñeca antes de salir al campo. El gesto era antiguo, supersticioso y aún sagrado; otra noche más, otro juego donde quien más sangre daba menos podía llorar. Miró de reojo a su rival, Santiago Mendieta, el capitán de los otros. Entre ellos vibraba la historia de una rivalidad que había traspasado el terreno gris del césped para meterse en la costra de la ciudad.

El árbitro, con barba empapada y guantes sin abrigo, gritó como ladrando: “Vamos, vamos, eh, cortesía.” Pero entre los dos capitanes solo había ese silencio que se huele, grueso y punzante, hecho de todos los partidos no ganados y los abrazos que no se dieron después de un gol cruel.

La primera mitad se jugó sin poesía. Era fútbol de hombres que ya no soñaban la beca ni el salto a Europa; era, para decirlo claro, el juego de quienes han descubierto que el domingo puede ser la última coartada antes del lunes, esa batalla de cuerpos y recuerdos que solo se ganaba perdiendo un poco más.

Vives se resbaló cerca del descanso y el barrial le dejó el uniforme irreconocible. Recordó la voz de su hijo preguntándole si metería gol, y a su esposa pidiéndole que se callara temprano porque el vecino del 2B madrugaba para el bus. Mendieta tampoco era el chico que salió hace diez años del club de barrio: ahora su rodilla molestaba y la pubalgia le recordaba por la noche que la gloria no paga alquiler.

En el vestuario, la charla fue mínima. Los ojos cargaban años, derrotas minúsculas estampadas en facturas y promesas rotas fuera de la cancha. Era la hora, pensó Vives, de jugar por el tibio prestigio del recuerdo. Mendieta, al otro lado, ajustaba las vendas: “A este partido no lo juega la edad, lo juega el orgullo.”

En el segundo tiempo, el balón corrió solo porque los músculos no daban para más maratones. Un despeje largo, un pase corto, una barrida fea. Y entonces, la jugada que después sería repetida hasta el hartazgo en las mesas del bar: un centro sin fe, ese rechace sucio, y Vives, lanzándose como si de verdad el tiempo pudiese ser detenido sólo para empujarla adentro.

La red vibró antes de que el silbato cortara el aire. Vives no gritó: solo alzó los brazos, buscando los ojos de Mendieta más allá de la indignación y el aplauso ajeno. Entendieron ambos, en ese segundo, que más allá del marcador había una derrota más íntima y profunda: la del paso de los años, la gloria hecha polvo, el peso exacto de la soledad que sigue un partido cuando el estadio se vacía.

Esa noche, bajo la lluvia que lavó las huellas del juego, Vives se sentó en la tribuna vacía. Mendieta se acercó, le ofreció un cigarro. Compartieron el humo y el silencio, y solo entonces comprendieron la grandeza de perder juntos lo que, en realidad, ya no era suyo. El fútbol se parecía a la vida –o acaso era al revés–: una sucesión de partidos inolvidables que únicamente recuerdan quienes los han jugado demasiado tarde.

Las luces se fueron apagando, una a una, y ambos caminaron hacia la salida sin hablar demasiado, con una cancha menos y una historia más. Porque al final nadie gana en serio; todo es apenas la memoria humedecida de una noche, otro domingo perdido en la melancolía de quienes, alguna vez, fueron los últimos invictos.

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