Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Fragmento:


En el vestuario, el aire olía a linimento y resignación. El director técnico, un hombre de pulso tembloroso y voz demasiado suave para ese ambiente, intentaba pronunciar palabras reconfortantes, pero las palabras rebotaban contra la losa del despecho y caían, rotas, al piso. Lionel se sentó en su rincón, retirando vendas y canilleras, observó a los jóvenes que ya se cambiaban con prisa, ansiosos por congregarse junto a sus teléfonos, buscando consuelo en mensajes virtuales, en promesas de "la próxima vez". Pero él sabía que para algunos —quizá para sí mismo— no habría próxima vez.

Duración: 05:34

Las Voces del Vestuario
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El silbato todavía resonaba en la boca del árbitro cuando Lionel Herrera cruzó la línea de cal. Jamás volvería a sentir la brisa pegajosa del estadio como esa noche. El reloj del tablero señalaba el minuto noventa y tres, pero en la cabeza de Lionel el tiempo se disolvía, parecía tan líquido como los sueños que, de niño, tejía en el barrio lejano donde alguna vez pateó una pelota hecha de medias. Frente a él, veintidós hombres acababan de participar en una pieza de teatro cruel, sudorosos bajo una lluvia fría, confundidos entre la gloria y el olvido.

Esa noche no era solo un partido. Era una sentencia. En la grada más alta, los rostros se desdibujaban con la tristeza de la eliminatoria. Para algunos era el fin de un ciclo; para otros, un comienzo doloroso. Y para él, era simplemente la escritura final en una carrera que nunca terminó de saber si amaba o padecía.

Bajó la cabeza mientras las luces del estadio parpadeaban como un ruego o un presagio. Camino del vestuario, sentía el eco de los tacos sobre el cemento, cada paso tan pesado como una derrota. Había fallado el pase decisivo, se repetía. Había visto la línea de pase, sí, y también la pierna del defensa rival deslizándose mordaz. Muchos le buscaron la mirada; él la evitó. La multitud gritaba su nombre, algunos en aliento, otros en rabia contenida. Pero los gritos, lo sabía, eran sólo la superficie: debajo, en la oscuridad de los pasillos, se tejían otras historias.

En el vestuario, el aire olía a linimento y resignación. El director técnico, un hombre de pulso tembloroso y voz demasiado suave para ese ambiente, intentaba pronunciar palabras reconfortantes, pero las palabras rebotaban contra la losa del despecho y caían, rotas, al piso. Lionel se sentó en su rincón, retirando vendas y canilleras, observó a los jóvenes que ya se cambiaban con prisa, ansiosos por congregarse junto a sus teléfonos, buscando consuelo en mensajes virtuales, en promesas de "la próxima vez". Pero él sabía que para algunos —quizá para sí mismo— no habría próxima vez.

Recordó entonces a Martín, su compañero de la infancia, quien nunca tuvo ocasión de llegar tan lejos. Recordó los partidos bajo la luz mortecina de los faroles, las carcajadas entre baches y gritos de madres llamando a cenar. Martín decía que el fútbol era una tabla de salvación, pero también una prisión. Ahora, entre esos muros blancos manchados de humedad y angustia, Lionel entendía que podría tener razón.

El entrenador se le acercó. Puso una mano sobre su hombro, apenas un roce. “Jugaste bien”, murmuró, pero Lionel apenas escuchó. En su mente, la noche volvía a estirarse, a repetirse: el estadio rugiendo, la pelota rodando, su pase cortado, la oportunidad desvaneciéndose como las gotas en su rostro. Había jugado muchos partidos importantes en su carrera; su cuerpo aún guardaba las cicatrices. Pero nunca un partido lo había dejado tan desnudo, tan pequeño.

El fisioterapeuta pasó ofreciéndole una bolsa de hielo; Lionel no preguntó para qué. Veía a sus compañeros entrar y salir de las duchas, algunos sumidos en silencio, otros refugiados en bromas forzadas. Afuera, la prensa aguardaba como una jauría. Lionel pensó en su familia, esperando en el coche, tal vez midiendo con gestos o palabras amables el tamaño de su derrota.

Se mordió el labio. Había cosas que nunca quiso comprender: la fugacidad de la felicidad, el brillo efímero de la victoria, los abismos silenciosos de la derrota. ¿Cómo traducir eso a alguien más?, se preguntó. ¿A qué se asemeja la sensación de ser solo uno en un campo enorme, con la vida entera resumiéndose en la precisión, en el pulso, en una decisión? Nadie le había enseñado eso en las categorías inferiores.

La noche continuaba fuera del estadio. En la ciudad, las hornallas de las cocinas prendían luces cálidas, la gente apuraba cenas o inventariaba penas. Algunos, quizás, pensaban en el partido, pero pronto pasarían a otros temas. A Lionel le faltaba ese olvido fácil.

Se levantó, el aire le pesaba en el pecho. Al salir escuchó aplausos esporádicos y saludó con la mano, sin mirar a nadie en particular. Afuera, las cámaras lo cegaron y los micrófonos lo asaltaron. “¿Qué sentiste en esa última jugada?”. “¿Qué mensaje le das a la afición?”. Preguntas como esas lo perseguían hace años, preguntas sin buen final. Se detuvo. Quiso decir la verdad: “Me sentí solo, expuesto, humano”, pero sonrió y pronunció la frase inerte: “Dimos todo, lo intentamos; el fútbol es así”.

Avanzó por el pasillo largo, bajo los reflectores que ya empezaban a apagarse. Miró una vez atrás, al campo vacío, a los empleados arrancando las redes, a los barrenderos recogiendo sueños desechados en forma de billetes, envoltorios y botellas. ¿Qué quedaría en esa hierba mañana, cuando la ciudad amaneciera? Solo una huella, apenas visible, de tantos hombres corriendo tras el mismo deseo imposible.

Lionel se juró no volver. Pero supo, al mismo tiempo, que mentía. Que, como todos, era prisionero de esa nostalgia amarga y de esa mínima esperanza, esa droga en vena que era el fútbol: creer que la próxima vez, el próximo pase, el estadio entero contendría el aliento y la historia cambiaría por completo.

El relato no termina nunca, pensó Lionél, simplemente continúa, susurrando en las noches frías, latiendo bajo la piel, esperando un silbato más.

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