Fragmento:
El árbitro, con su aliento a café rancio y dedos torcidos por las tarjetas, condujo a los equipos al campo como un carcelero llevando a los prisioneros al patio. Afuera, la tormenta sólo parecía tener compasión por el balón, que flotaba entre charcos como una isla privada en una sociedad de náufragos.
Duración: 03:47
El vestuario olía a derrota antes de que el partido siquiera comenzara. Los bancos fríos, hileras de camisetas empapadas en talco, el eco lejano de un discurso apagado por el retumbar de la lluvia en los cristales. Ricardo ataba sus botas lentamente, zambullido en el rumor interno de los pensamientos: si meto otro gol, quizás Lucía regrese, quizás el mundo tenga otra forma por un momento.
No jugaban por la gloria, ni por dinero, ni porque alguien les obligara. Jugaban porque nadie más parecía oír ese extraño canto que nace cuando un balón rueda, un grito ancestral de infancia pisoteada por deberes y facturas. Eran once hombres y una promesa, la que sigue ardiendo aun cuando las bodas han terminado y los hijos duermen.
En la entrada del túnel, el entrenador, Carvallo, susurró una letanía oscura: “Hoy os lo tomáis en serio o nunca más. Cada pase, cada carrera, cada gota de barro: será el último”. Se parecía poco al estratega de las libretas. Ahora era un padre anciano, un conspirador de domingo dispuesto a morir por una portería mal calzada.
El árbitro, con su aliento a café rancio y dedos torcidos por las tarjetas, condujo a los equipos al campo como un carcelero llevando a los prisioneros al patio. Afuera, la tormenta sólo parecía tener compasión por el balón, que flotaba entre charcos como una isla privada en una sociedad de náufragos.
El primer silbato fue una herida que todos habían esperado. Ricardo, a la deriva en el centro del campo, pensó en Lucía con cada toque. No como una musa, ni como un ancla, sino como un rumor cálido en la garganta mientras el cuero quemaba bajo su pie izquierdo.
En la grada, cuatro borrachos ancestralmente fieles gritaban los nombres de gladiadores caídos, deformando nombres, mezclando historias: “¡Vamos, Chino! ¡Eso es del otro partido, viejo!” Pero el mundo era así, siempre mezclando el ayer con el minuto que acababa de caer.
En el minuto treinta y ocho, Rico —capitán de desgracias, adicto al dolor de rodilla— tropezó solo frente al portero. La ocasión desperdiciada quedó flotando en el aire, como un insulto no reclamado. El portero rival se burló con una palmada invisible, un gesto de esa camaradería agria que sólo los adultos entienden: te salvo, pero no eres mi amigo.
La segunda parte fue una colección de heridas invisibles. Ricardo notó que sus pulmones ardían de una manera dulce. Ya no pensaba en Lucía. Ahora quería ser puro músculo, instinto, furia callada. El gol llegó como empiezan las cosas inevitables: sin nadie viéndolo venir.
Recibió el pase rasante, vio el hueco milagroso entre dos defensores con camisetas que parecían banderas enlodadas, y chutó. Nunca había sentido el calcio en su pierna percutiendo contra el universo. No fue un gol hermoso, sino rabioso, lanzado como un escupitajo a tanto lunes sin sentido.
Los compañeros se amontonaron sobre él, pero no gritaron; sólo exhalaron un aire antiguo y pesado, como si en ese momento recordaran la razón de estar ahí, de seguir jugando, de sangrarse por una red de alambre bajo un cielo sin promesas.
El partido terminó en empate, pero nadie se fijó en el marcador. En el bar cercano, la tercera ronda de cervezas bajó con la textura exacta de una victoria compartida. Carvallo, con la voz gastada, propuso un brindis que nadie repitió, pero todos entendieron. Aneurismas de felicidad efímera, vestigios de gloria doméstica.
Al salir, Ricardo levantó la vista, y en la esquina brumosa de la tarde creyó ver a Lucía, o su sombra, o el recuerdo de lo que fue amor. Pensó en los goles por venir, en la próxima tormenta, en la camisa mojada y el silencio que sólo entiende quien todavía, pese a todo, baja a jugar.
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