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Fragmento:


Cuando las luces caen en el sótano del club Cano, los hombres se convierten en bestias y el ring en un altar. La humedad arrastra el hedor del río cercano, mezclado con sudores pasados, y bajo el cuadrilátero podrido se cuentan historias que jamás verían la luz del día. El abismo aquí no es sólo de concreto y ladrillo; está en los ojos de quienes cruzan las cuerdas.

Duración: 04:06

Puños bajo la superficie
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Cuando las luces caen en el sótano del club Cano, los hombres se convierten en bestias y el ring en un altar. La humedad arrastra el hedor del río cercano, mezclado con sudores pasados, y bajo el cuadrilátero podrido se cuentan historias que jamás verían la luz del día. El abismo aquí no es sólo de concreto y ladrillo; está en los ojos de quienes cruzan las cuerdas.

Esa noche, en la penumbra, me llaman “el Buzo”, no porque sepa nadar, sino porque siempre vuelvo de las profundidades cuando todos creen que me he ahogado. A los treinta y tantos, con la mandíbula torcida y una nostalgia como guante viejo, sólo me queda la costumbre de pelear. Fuera, las apuestas corren como el whisky barato; dentro, la respiración de mi rival pesa más que los billetes que saboreo con los nudillos.

El promotor, Don Miralles, un gordo de manos suaves y mirada turbia, me acerca mientras termino de vendarme las muñecas. —Tate listo, Buzo —dice—. Está apuesta la triplican si haces rodilla en el quinto. No la vayas a cagar con esas sorpresas tuyas.

Pienso en los tesoros que prometen los hombres como él, ocultos donde sólo los desesperados bucean: el auto usado de mi hermana, las deudas al gavilán, la promesa vacía de una vida sin peleas.

Me llama la campana y la multitud ruge. Mi rival es “el Tiburón” Arellano, un tipo joven, fuerte, con dientes rechinados por cólera y ansias de hacerse un nombre. Le sonrío con labios apretados, como un esqueleto que no aprendió a morir, y bailo alrededor suyo midiendo el peligro. Sé más de la oscuridad que él, sé cómo arrastrar a un hombre hasta el fondo donde le falta el aire.

Primer round. Cruce de manos. El Tiburón lanza derechas rápidas, busca la mandíbula, quiere mi cabeza como trofeo. Me cubro, me escurro, la sangre empieza a hervir bajo mi piel. No es sólo el castigo lo que cuenta aquí, sino el saber llevar al rival a donde respiran las pesadillas.

En el segundo y tercer round pasan por mi cabeza imágenes del abismo: la noche que supliqué que no se llevaran a mi madre al hospital, la boca de una pistola bajo la lengua, el rostro vacío de mi hija diciendo “¿cuándo vienes, papá?” mientras la abuela disimula las lágrimas. El dolor es un tesoro si se aprende a sostenerlo. Yo lo cargo desde niño, como un cofre oxidado atado al tobillo.

Cuarto round, el Tiburón huele el miedo, se lanza, mi oído suena hueco como una campana vieja. Siento el sabor metálico de la sangre en mi boca. Mis nudillos arden. Sigo de pie porque abajo del todo, en lo oscuro, sé encontrar oxígeno donde otros sólo sienten asfixia. Somos dos naufragando, pero yo tengo experiencia en buscar aire entre escombros.

Llega el quinto asalto, el momento donde mi rodilla debería besar la lona. Miro a Don Miralles. Su mirada de pez muerto me trae de vuelta todos los engaños, las noches embotadas, las promesas de oro que son sólo trampa para peces bobos. Arellano sonríe, cree que ha ganado. Pero yo sé que nada valioso se recupera si uno no desafía el fondo.

Viene a rematar. Retrocedo, esquivo, dejo que la rabia arranque lo poco que me queda de decencia. Siento el rugido del público hacerse sordo. Lanzo un gancho, limpio, arriba del hígado. El Tiburón se dobla, pregunta sin palabras de dónde sale ese golpe. Es el dolor de mi madre, la caricia perdida de mi hija, la pobreza mordiendo mis pies. Remato con una derecha a la quijada, brutal y rápida; el Tiburón va al piso como si cayera al fondo del océano.

En el silencio repentino, oigo la corriente de los que apuestan, la decepción de Don Miralles, el eco hueco del vacío que este triunfo no llena. Sé que traicioné el trato, pero no me importa. Los verdaderos tesoros del abismo no están en los bolsillos: están en la dignidad sudada; en no ahogarse aunque duela; en salir a flote, una vez más, para descubrir que lo único que vale la pena es el coraje de seguir peleando.

Salgo del club con las costillas ardiendo y la cabeza alta. Afuera la noche es densa, pero al menos, esta vez, me llevo un tesoro que nadie podrá arrebatar, ni siquiera los fantasmas del abismo.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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