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La niñera
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato Puños cansados
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Fragmento:


La ciudad era un resumen de neón, coches y caños de vapor. Llovía en ráfagas, y las gotas repiqueteaban en el alféizar como metrónomo para una canción de derrota. Lucas repasó en su mente los nombres de los rivales anteriores, sus desplantes, sus trucos, y finalmente los momentos en los que uno cae, siempre entre la fugaz compasión de un juez y los gritos hambrientos de la multitud. Sabía por qué estaba allí, aunque a veces le costaba recordarlo: la deuda, esa que parecía crecer como un tumor en el estómago, y el hambre de un hijo que no elegía nada de aquello.

Duración: 06:35

Puños cansados
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Cuando Lucas tiró del saco de viaje sobre el asfalto húmedo, supo que no regresaría igual. El hotel era barato y tenía la moqueta manchada, pero no buscaba comodidad; le bastaba la cama y el agua caliente, no mucho más. Había venido por trabajo, aunque nadie lo llamara así, y al día siguiente lo esperaba la báscula, la entrevista con los promotores, el examen con un médico que apenas levantaría la vista de los papeles.

El vestíbulo olía a cigarro y a perfume rancio. Al cruzarlo, Lucas sintió las miradas invisibles de los otros, hombres que sabían detectar a un recién llegado. Le asignaron la habitación 17 y subió por las escaleras crujientes, contando peldaños como si cada uno acercara la pelea. Al cerrar la puerta del cuarto, contempló su reflejo en el espejo astillado: los pómulos afilados, las cicatrices bajo la ceja, los nudillos duros bajo la piel endurecida.

La ciudad era un resumen de neón, coches y caños de vapor. Llovía en ráfagas, y las gotas repiqueteaban en el alféizar como metrónomo para una canción de derrota. Lucas repasó en su mente los nombres de los rivales anteriores, sus desplantes, sus trucos, y finalmente los momentos en los que uno cae, siempre entre la fugaz compasión de un juez y los gritos hambrientos de la multitud. Sabía por qué estaba allí, aunque a veces le costaba recordarlo: la deuda, esa que parecía crecer como un tumor en el estómago, y el hambre de un hijo que no elegía nada de aquello.

La primera noche apenas durmió. Atravesó el insomnio haciendo sombra en la oscuridad de la habitación, rememorando entrenamientos pasados, lanzando combinaciones al aire viciado, sintiendo crujir los huesos de la muñeca mala. Antes de amanecer, la ciudad recobró otra vida, y en el gimnasio al otro lado de la calle, los sacos colgaban como cadáveres a la espera de ser golpeados. Fue allí donde reconoció a uno de los suyos, un hombre encorvado, con orejas desfiguradas y barba sucia, que no necesitó hablar para entender la guerra que compartían.

Las horas que siguieron tuvieron la nitidez de una guardia: el chequeo médico, el pase de prensa con miradas frías, la charla de los agentes que sonreían con los dientes y nunca con los ojos. Lucas aceptó la bolsa ofrecida sin preguntar, imaginando cuántos billetes desaparecerían entre la taquilla y su mesa antes de recibir lo acordado. “Esta ciudad nunca te da lo que promete”, pensó mientras firmaba.

La tarde anterior al combate fue silenciosa, con el eco lejano de los golpes de otros sobre el cuero, el fuerte olor a linimento, el murmullo constante de apuestas que subían y bajaban como la marea. Lucas repasó los informes: su rival, “El Gato” Mendoza, era diez años más joven, invicto en su récord local, rápido, con fama de moverse por el cuadrilátero como si flotara. Había visto un par de videos en el teléfono y no pudo dejar de advertir la ferocidad con la que golpeaba cuando olía miedo. No pensó en lo que podía perder, solo en no fallar.

Por la noche, alguien llamó a la puerta. Era un mensajero, un tipo enjuto, vestido con chaqueta de cuero y mirada de cuervo. “Esto es para ti”, dijo, y le entregó un sobre. Lucas lo abrió y leyó la nota: “Recuerda lo que está en juego. A veces, caer es el precio para seguir. Haz lo necesario.” No había firma, pero Lucas conocía la letra. Era de Tadeo, el acreedor que vigilaba sus movimientos a distancia. El mensaje era claro, más amenazador que cualquier puño: estaba allí para perder.

La madrugada llegó casi sin avisar. El recinto olía a cerveza y sudor. Bajo la luz cruda de los focos, la lona parecía un altar donde se consumarían el sacrificio y el escarnio. Era un ring, sí, pero también una especie de confesionario: uno entraba con sus pecados, esperando redención o castigo. Lucas calentó los músculos, notó el temblor leve de sus manos y la calma interior que precede a la tormenta.

Cuando el anuncio retumbó y subió entre las cuerdas, sólo existía el presente. El presentador gritó nombres y las luces estallaron. “El Gato” sonreía seguro de sí mismo, y el público respondía con una ovación casi tribal. El primer asalto fue una danza de aproximaciones y retrocesos. Lucas lo estudió, midió los huecos y archivó la velocidad de cada cruzado, mientras escuchaba los consejos a gritos de su esquina, huecos y lejanos. Aguantó, aunque supo desde el primer cruce que tendría que elegir: servirse a sí mismo, o servir a quienes le apuñalaban por la espalda.

La pelea fue como una sinfonía donde cada instrumento desafinaba. El público aullaba por sangre, buscaba el instante en que uno pierda el equilibrio. Mendoza no era invencible, pero sí letal. Lucas sentía el jadeo en sus pulmones, el escozor en la cabeza tras un gancho bien conectado, pero gustaba del choque, del desafío sin palabras. En el tercer asalto, notó un titubeo en el joven: una hinchazón en el pómulo, un titubeo en la mirada. Pudo haber seguido, dejarse arrastrar hasta el desenlace pactado, pero entonces recordó las noches con su hijo, el eco de las risas brevísimas, la esperanza de dejar de deber, de cambiar el futuro.

En el quinto asalto, la decisión fue instintiva y furiosa. Lanzó un directo que abrió la defensa del rival, luego un gancho corto al hígado. Mendoza retrocedió, trastabillando sobre las cuerdas. El estadio explotó. Lucas lo siguió, acorraló al invicto, se olvidó de la nota, de la deuda, del precio. “Haz lo necesario”, resonó en su cerebro, pero entonces entendió que lo necesario era dejar de caer.

El árbitro separó a ambos, Mendoza recuperó el aire a duras penas, y la repentina furia lo llevó a lanzarse a la ofensiva. Intercambiaron golpes como si el mañana estuviera prohibido. Cuando sonó la campana final, Lucas supo que había cruzado una frontera. Ganó por decisión dividida, y el ruido de la multitud fue un río de contradicciones: admiración, rabia, sorpresa. Para él, fue como volver a nacer y, al mismo tiempo, condenarse.

El vestuario era un remanso de silencio tras el rugido del combate. Lucas se miró al espejo, vio el rostro herido pero orgulloso. Sabía que Tadeo enviaría a alguien esa misma noche, que la deuda seguiría creciendo, que tendría que huir, quizás pelear en otros lados, acaso perder todo menos su dignidad recién recuperada. Pensó en su hijo, en la sangre seca sobre los nudillos, en los errores y las promesas rotas. Por fin, cansado pero libre por un instante, sonrió. Cerró el puño y supo que, ganara o perdiera, había elegido.

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