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Portada del relato El eco de los nudillos
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Fragmento:


Primer asalto. La sangre solo empieza a entibiar la boca de Roger cuando Danny deja caer el hombro y suelta un jab seco, calibrado como una aguja. No es suficiente para hacerle caer, pero sí deformarle la idea de que esta noche sería fácil. Roger responde, manos pesadas, buscando el mentón. Danny baila hacia atrás, piernas rápidas, confiando en ese juego de pies que ya es leyenda en los clubes baratos de Filadelfia. La campana suena y, por un segundo, Roger cree que tal vez, solo tal vez, pueda sobrevivirse a sí mismo.

Duración: 06:01

El eco de los nudillos
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El sudor cae, salado y obstinado, por la frente de Roger McTavish justo antes de penetrar el cuadrilátero del viejo Templo de la Paz. Afuera, la ciudad consigue murmurar músicas más dulces, pero aquí dentro, bajo las lámparas colgantes, solo importa el pulso tembloroso de dos hombres dispuestos a dejar astillas de su alma y su piel, anhelando ese destello entre los guantes que les diga que siguen vivos.

Roger ya tiene cicatrices suficientes como para trazar un mapa de vuelta a su infancia. Esta noche, tras décadas entre pesos medianos y noches excesivas, el promotor le había susurrado algo sobre “una última oportunidad”. En la esquina contraria, Danny “el Sastrecillo” Taylor levanta la vista; sus ojos son de ese gris que tienen las olas justo antes de naufragar. Danny parece aún un muchacho, pero Roger sabe que los inocentes no llegan hasta aquí.

El referí, veterano con voz de lija, llama a los luchadores al centro. Los guantes se rozan, pero Danny apenas lo mira. Se oyen grititos en la parte más oscura del local, timbres de apuestas, risotadas cortas, algún grito de aliento hacia un fantasma que solo existe durante esta noche. Roger intenta pensar en el rostro de su hijo, Evan, la única razón por la que ha permitido a su cuerpo soportar los huesos rotos bajo el ritual del vendaje.

Primer asalto. La sangre solo empieza a entibiar la boca de Roger cuando Danny deja caer el hombro y suelta un jab seco, calibrado como una aguja. No es suficiente para hacerle caer, pero sí deformarle la idea de que esta noche sería fácil. Roger responde, manos pesadas, buscando el mentón. Danny baila hacia atrás, piernas rápidas, confiando en ese juego de pies que ya es leyenda en los clubes baratos de Filadelfia. La campana suena y, por un segundo, Roger cree que tal vez, solo tal vez, pueda sobrevivirse a sí mismo.

En la esquina, su entrenador —el viejo Saul— le recuerda cómo moverse, cómo no dejarse arrastrar hacia el presente ni hacia la nostalgia. “Tú pega y sal,” le dice. “No eres peor porque hoy pelees distinto.” Pero Roger siente cómo cada músculo, cada cicatriz, exige su cuota. Su lengua sabe a cobre y memoria.

Segundo asalto. Danny entra más confiado. Roger se retrasa medio segundo, pero imagina que esto no se nota. Una derechazo cruza el aire y, por un detalle diminuto —el leve titubeo antes de lanzar, el pánico de un recuerdo enterrado—, Roger lo esquiva y conecta con el costado del muchacho. El público ruge, la voz del referí flota como una orden lejana. Danny sonríe, muestra los dientes, como si agradeciera que lo tomaran en serio.

Tercer asalto. La nostalgia es peligrosa. Roger recuerda la cena de anoche con Evan, repitiendo las palabras que nunca había logrado decirle sobre la promesa de que esta sería la última vez. El chico jugaba con la comida, evitando sus ojos. “¿Por qué tienes que hacerlo? Ya tienes suficiente, papá.” Pero Roger, encajonado por deudas y por ese hueco en el pecho que solo se llena en noches como esta, no supo responder.

Danny cambia de estrategia, golpea bajo, sonando las costillas como una caja de dulces rotos. Roger gruñe. Comienza una danza: dos hombres repitiendo el idioma que aprendieron a golpes, más allá de la gramática del miedo. El aire se vuelve denso, la multitud apenas existe. Danny busca la mandíbula de Roger con una voracidad casi amorosa; Roger retrocede, busca respirar, contar en voz baja las veces que ha deseado rendirse.

Cuarto asalto. Afuera, la noche chisporrotea, implacable. Dentro, Roger se da cuenta de que sus manos ya no obedecen como antes. Danny huele la sangre. Sabe que la juventud, como una cuerda nueva, tiene el color del futuro. Sabe también que la experiencia asesina, en ocasiones, sin entusiasmo pero sin piedad. Ambos meditan, en un segundo de silencio, sobre lo que han tenido que perder para estar aquí.

El golpe definitivo llega en la penumbra de la campana. Roger, con los párpados hinchados, lanza un izquierdazo a ciegas. Danny evade, da media vuelta y se queda justo donde Roger había previsto. El puño viaja, lento, por el sueño viejo de los grandes campeones y choca directo en el mentón. El joven cae, pero no parece desplomarse; más bien, se acomoda en el suelo como si fuera a dormir. El silencio es un golpe mucho más violento que cualquier contacto físico. Todo se congela hasta que el referí se inclina sobre Danny y comienza a hablar en susurros de conteo.

Roger retrocede, exhausto. Siente la mirada de todos los fantasmas: los que perdió, los que nunca supieron ganar, los que no supieron parar. Cuando por fin regresan las luces y la ovación aturde, Roger comprende que la victoria, aquí, es solo una manera elegante de aplazar la derrota.

Danny se reincorpora, tambaleante. Casi ríe. Roger, sangrando por la ceja pero digno, extiende la mano. El muchacho la toma, sin rencor. En la multitud, hay quien grita que todo es un fraude, hay quien llora, otros simplemente apagan un cigarrillo y ponen rumbo a otra noche.

Roger baja del ring, siente la tela de la toalla pegada a la piel, el pulso animal en las sienes. Al cruzar la cortina hacia los vestuarios, un hombre de traje oscuro le tiende un sobre. “Esto es todo, Roger. Lo de hoy se paga aparte. Los viejos lo hacen bien cuando aceptan el precio.” Roger asiente, sin abrir el sobre, sin contar los billetes. No mira atrás.

De repente, la soledad del cuadrilátero es sustituida por una soledad más densa, más pura. Roger piensa en Evan, en el sabor del desayuno que le prometió preparar en la mañana. Hay otras peleas, le dice su cuerpo con voz baja. Hay otras derrotas necesarias, más hermosas, más humanas.

Mientras la ciudad vuelve a arrullar su murmullo, Roger McTavish desaparece en la oscuridad con paso lento, dejando tras él el eco de unos guantes que aún no quieren dormir.

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