Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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Portada del relato Colgado de las Luces
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Fragmento:


Paulie lo vio en silencio antes de hablar. “¿Quieres algo?”, preguntó, como si estuviera ahuyentando a un fantasma o a un cobrador inoportuno.

Duración: 05:22

Colgado de las Luces
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El gimnasio olía a madera envejecida, linimento y derrota. Afuera caía la noche como un peso sobre los hombros, pero dentro las bombillas desnudas—amarillas y tímidas—sólo lograban remarcar la oscuridad en vez de espantarla. Paulie D’Amato, embutido en un chándal pasado de moda, escupía en el cubo y sacaba brillo a la resina con la toalla áspera de siempre. Era martes, el mismo martes de todos los años desde que el gimnasio era suyo, aunque hacía tiempo que los martes ya no le traían ni esperanza ni novedades, sólo rutinas que llegaban en el silencio como agua filtrándose gota a gota bajo una puerta.

Ese martes lo cambió todo. A las siete y diez, después de que los cuatro chicos de siempre se marcharan a casa a enfrentarse a sus pesadillas domésticas, entró un hombre de unos cuarenta y tantos años, arrastrando los pies y mirando el cuadrilátero como si fuera una vieja cruz. Tenía las orejas estropeadas, la nariz torcida, y una sonrisa torcida, más salida de resignación que de alegría. Se detuvo bajo la lámpara más triste y estiró la espalda.

Paulie lo vio en silencio antes de hablar. “¿Quieres algo?”, preguntó, como si estuviera ahuyentando a un fantasma o a un cobrador inoportuno.

“Hace frío. ¿Abierto hasta tarde?”, murmuró el hombre, con esa voz que sólo tiene la gente que ya no le debe explicaciones al mundo. Se quitó el abrigo y dejó ver unas manos como atrapasueños, grandes, enrojecidas, llenas de viejas victorias o viejas heridas.

“Hago limpieza antes de cerrar. Si buscas pelea… Llegaste quince años tarde.”

El forastero sonrió con tristeza. “Busco sombra. Sombra y gasolina para los recuerdos.”

Paulie tragó saliva, incómodo. Había algo en el tipo que le recordaba a sí mismo cuando era joven y no creía que el miedo sirviera de algo. Le señaló el cuadrilátero. “Si sabes de qué va esto… Hay guantes limpios en la caja.”

Se calzó los guantes con parsimonia, como quien prepara un ritual que debe evitar el olvido. Subió las escalerillas despacio y levantó los brazos, probando la distancia, solo. El ring era un altar perdido, litros de sudor y sangre de cien hombres como él o como Paulie.

No hubo presentaciones, ni música, ni público. Paulie subió también, sin guantes, con las manos unidas detrás de la espalda como si mediara en un duelo de honor. El hombre comenzó a bailar de un lado a otro, ligero para su edad, lanzando golpes al aire, girando la cabeza, sudando en minutos más de lo que cualquier hombre bien descansado sudaría en un día entero.

Entonces empezó a hablar, pero sin mirar a Paulie; hablaba solo, tal vez a la sombra de sí mismo. “¿Alguna vez notaste que la memoria golpea como un directo de zurda? Te deja frío si no tienes la guardia alta cuando menos te lo esperas.”

Paulie sonrió, sentado en la esquina, y dejó caer la toalla sobre sus rodillas. “La memoria pega bajo. Son los ganchos invisibles los que duelen, ¿no?”

El hombre asintió, jadeando, y siguió golpeando el aire. “Estuve mucho tiempo fuera, Paulie. Pensé que el ruido era el problema, pero después vi que era el silencio lo que me estaba matando.”

El reloj de la pared estaba roto, pero el tiempo, terco, seguía allí. Fueron asaltos invisibles, rounds sin juez ni campana, sólo la respiración del hombre y el eco de los guantes contra el vacío. Paulie, sin decir palabra, alcanzó un par de manoplas y las sostuvo alto. El hombre las golpeó despacio al principio, luego con rabia, luego con una delicadeza que sólo tienen los que ya no luchan por la gloria ni por la supervivencia, sino por entender cómo demonios llegaron a este punto donde todo, incluso el dolor, se volvió costumbre.

Poco a poco las frases cambiaron de sitio. “Mi hijo apenas contesta el teléfono. Mi mujer lo intentó hasta que se cansó. A veces pienso que si todo lo que se mide en la vida fueran golpes, sería fácil. Pero hay golpes que ni uno mismo se atreve a contar.”

Paulie dejó caer las manoplas y lo miró largamente. “¿Sabes por qué sigo abriendo esto todas las noches? No porque espere que venga alguien como tú. Ni porque me falte el dinero, que me falta. Es porque aquí, en esta luz mala y con este silencio, los recuerdos sólo te duelen si te quedas parado. Hay que moverse, aunque sea feo, aunque el viento te empuje hacia las cuerdas.”

El misterioso visitante sonrió. Hubo una compasión muda en sus ojos, una tregua entre hombres cansados de pelear, que se reconocen en la penumbra aunque no compartan más que una noche. Agachó la cabeza y se quitó los guantes, los dejó sobre la lona como si abandonara una promesa.

“Gracias por abrir la puerta.”

Paulie asintió sin enfado, con sombra de piedad. Bajó del ring despacio, y las tablas crujieron como viejos huesos. Miró caer al hombre por la escalera, metiéndose el abrigo, enderezando la espalda.

Cerró el gimnasio a las ocho y veinte, con un último vistazo al cuadrilátero vacío. Al otro lado de la verja, el aire era frío, pero no tanto como para doler. Paulie caminó hasta el coche, pensando en la soledad de la noche y en la poca magia que queda cuando el sudor se ha secado, pero sabiendo que, al menos ese martes, había sido testigo de una pelea verdadera—la de un hombre con sus propios fantasmas.

Mientras se perdía por la avenida desierta, el rumor del tráfico a lo lejos parecía el susurro de una multitud distante aplaudiendo a dos figuras solitarias, allá adentro, luchando solo con la memoria y lo que queda después del último asalto.

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