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Portada del relato Peregrinos del Viernes Nublado
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Fragmento:


Lo que no ha contado Gerry es que, para él, pelear nunca fue cosa de adrenalina ni de rabia ni de ninguna de esas palabras con las que los narradores rellenan silencios en las transmisiones deportivas. Siempre ha pensado que lo hizo para romper otra cosa, menos visible. Lo hizo tal vez para encontrarse al fondo de alguna estancia donde el tiempo va más despacio y el ring comparte las mismas huellas que deja el amor o la derrota.

Duración: 04:39

Peregrinos del Viernes Nublado
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No es la primera vez que Gerry siente el aire húmedo del gimnasio mezclarse con el polvillo de yeso que cae desde el techo rajado. A veces, piensa, más que un lugar para entrenar, este cuadrilátero es una lona donde los perdedores encuentran sitio. Hay ruido, siempre hay ruido: la música pop barata en la radio vieja que Sam dejó encendida para no quedarse solo con sus pensamientos, el golpeteo asíncrono de los guantes en los costales, los silbidos que hace el viejo Broderick como para acallar la voz ronca que le queda después del tabaco barato.

Hay otras cosas también. El olor ácido de los sudores añejos, el timbre seco y estirado de las toallas que se agitan en el aire, las miradas breves entre cuerpos rotos y promesas mutiladas por derrotas repetidas. Gerry viene aquí desde hace demasiado. Siempre imagina que llegó por primera vez sin pedir permiso, en una noche igual de gris, y que Sam lo miró por encima de su bigote —aún entonces, color ceniza— y le preguntó si sabía usar los puños. No le preguntó si tenía miedo. Nadie pregunta eso en este lugar.

Lo que no ha contado Gerry es que, para él, pelear nunca fue cosa de adrenalina ni de rabia ni de ninguna de esas palabras con las que los narradores rellenan silencios en las transmisiones deportivas. Siempre ha pensado que lo hizo para romper otra cosa, menos visible. Lo hizo tal vez para encontrarse al fondo de alguna estancia donde el tiempo va más despacio y el ring comparte las mismas huellas que deja el amor o la derrota.

Esta noche no va a pelear, pero tampoco se va a quedar sentado en la banca, bebiendo agua con sabor a plástico mientras mira a los otros improvisar hazañas ficticias. En cambio, va a mirar a Milo, quien acaba de llegar desde algún suburbio en el que, según dice, sigue viviendo con su madre y da clases de matemáticas los jueves porque, “es lo que toca, es lo que uno hace”. Milo es pequeño, nervioso, correoso. Tiene algo que Gerry reconoce enseguida: esa tristeza sorda tras los ojos. La misma que vio una vez en un retrato infantil colgado en la casa de su tía.

El viejo Broderick está con Milo ahora, ajustándole las vendas en silencio. Nadie habla. El sonido ambiente baja, apenas un susurro de música y respiración. Gerry apoya la espalda contra la pared fría del vestuario y piensa en la mañana. El café, demasiado amargo. El pan, duro. Lili, su compañera desde hace cuatro años, haciendo la maleta sin decir una sola palabra. Apenas el roce del cierre de cremallera. Nada más.

La campana suena, vieja y cascada. Es el turno de Milo. Broderick le da una palmada en la espalda. Gerry mira cómo sube al ring con pasos de niño en la iglesia, como si temiera despertar a un dios dormido entre las cuerdas. El adversario de Milo es uno de los nuevos, alto y con la mirada vacía, como si el futuro ya hubiera pasado por él.

No es importante para nadie más, pero sí para Gerry: Milo aguanta apenas dos asaltos antes de besar la lona, de cara al sudor y a la impotencia, y quedarse ahí, moviéndose apenas. Ningún grito, ningún lamento, solo la campana contando los segundos como cenizas de cigarro cayendo, las cuentas invisibles que todo el mundo pierde antes de decir basta. Milo se levanta, tambaleante, y hay un segundo en que alguno espera que arroje los guantes, que diga la frase exacta que permita a los demás reír y darle palmaditas en la espalda. Pero solo dice “gracias”. Lo dice en voz tan baja que sólo Gerry, desde su rincón, alcanza a oírlo.

Después, en el vestuario, Milo se sienta cerca de él, sin hablar. Se frotan los nudillos. Sam grita desde el fondo algo sobre una ronda de cervezas. El aire pesa. Gerry recuerda un poema que nunca terminó de leer sobre terrazas vacías y autobuses nocturnos. Piensa que al final, todo es parecido: un ring, un poema inacabado, una despedida en la cocina temprano, un día gris en la ciudad. Cree que debería decirle algo a Milo. Algo sobre la rabia y el miedo y cómo las derrotas se secan con los días y después solo quedan las marcas, como grietas en el yeso del techo.

Pero sigue callado. Hay palabras que no se comparten porque siempre llegan tarde. Se levanta despacio, recoge su chaqueta. Antes de irse, posa una mano en el hombro de Milo. Hay electricidad en ese toque, una confesión tácita, una herida compartida. Sale, siente el frío acariciándole las mejillas y la noche que se traga los pasos en la acera. El gimnasio queda atrás, con el rumor de peleas repetidas y futuras. Gerry mira el cielo raso, las nubes. Sabe que mañana volverá. Que Milo volverá también. Lo hacen porque a veces, doblar la esquina es todo lo que queda cuando la pelea termina.

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