Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Novela El calendario del amor
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Portada del relato El susurro de la lona
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Fragmento:


Su entrenador, Toni Vega, se inclinó sobre él y le susurró, como si los dos compartieran un secreto antiguo. “Piensa en el miércoles.” Le había enseñado a hacer eso: concentrarse siempre en algo tan mundano y ajeno como un miércoles de cualquier mes, donde no hay combates, donde el café está demasiado caliente, y todo el drama se reduce a la banalidad de sobrevivir la rutina.

Duración: 05:25

El susurro de la lona
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Harry Max temblaba en el vestuario como una hoja. No hacía frío, no allí, envuelto en esas cuatro paredes sudorosas del sótano del Gran Brío. Era la ansiedad, el olor de la brea sobre la lona húmeda, el crujido del vendaje mientras se apretaba una mano contra la otra esperando el llamado del anunciador. Afuera, apenas zumbaba la muchedumbre; el murmullo, más que animarlo, se colaba por la puerta entreabierta como un mar de voces ahogadas, eléctricas.

Su entrenador, Toni Vega, se inclinó sobre él y le susurró, como si los dos compartieran un secreto antiguo. “Piensa en el miércoles.” Le había enseñado a hacer eso: concentrarse siempre en algo tan mundano y ajeno como un miércoles de cualquier mes, donde no hay combates, donde el café está demasiado caliente, y todo el drama se reduce a la banalidad de sobrevivir la rutina.

Harry era el ‘Tapón Max’ para los periódicos locales, nombre forjado a base de derrota y terquedad. Nunca había sido el favorito en ninguna cartelera, pero tenía la mala costumbre de levantarse cada vez que tocaba la lona. Algunos lo admiraban; otros decían que era solo por falta de sentido. Aquella noche, el rival era Rodolfo ‘Pitón’ Álvarez, un tipo con manos de hierro, ceño de pocos amigos, y fama de despachar sueños en tres asaltos.

La campana inicial tronó más fuerte de lo imaginable, como el disparo de un arma en la soledad de la noche. Harry entró al cuadrilátero envuelto por el resplandor de los focos y el humo de cigarro, el sonido del público desplazado al fondo de su conciencia. Frente a él, Pitón sonreía con crueldad, los guantes ya manchados de la pelea anterior, del sudor ajeno, de todo lo que Harry prefería no imaginar.

El primer golpe fue un gancho de izquierda directo al cuerpo, una advertencia. Harry reculó, sintiendo el sabor metálico de la respiración forzada, pero no cayó. Contestó con un par de jabs tímidos, apenas una caricia en la mejilla del rival. Pitón olió el miedo y atacó, con la seguridad de quien se sabe más fuerte, más preparado y más cruel.

Cuando terminó el primer asalto, Harry regresó al rincón con una ceja rota y el aire de quien ya contempla la derrota. Toni lo recibió cubriéndolo con la toalla y le susurró de nuevo: “Miércoles, Max. Recuerda los miércoles.” Era un mantra estúpido, pero funcionaba. Harry pensó en la lavandería del barrio, en la señora Fátima gritando porque nadie apaga las luces, en los taxistas peleando por una moneda. El cuadrilátero se redujo a algo simple: un lugar donde resistir era suficiente.

El segundo asalto fue puro instinto. Pitón lanzó golpes en ráfaga; Harry esquivó dos, recibió otro, pero encontró un hueco donde cupo una derecha propia. Fue suficiente para ganar un par de segundos. Escuchó, muy lejos, a alguien gritar su nombre, pero la voz se mezclaba con el zumbido sordo de los golpes y de la sangre en las sienes.

Por un instante —un destello—, creyó que podía ganar. No importaba el estado de sus costillas, ni la promesa de dolor en el tercer asalto. Era el instante en el que cada boxeador adulto, envejecido a fuerza de golpes y cuentas impagas, encuentra la ridícula esperanza de la victoria. Pitón tambaleó. Solo un segundo, pero Harry lo sintió: no era invulnerable.

El público olió sangre. Gritaban su nombre ahora, algunos por diversión, otros por la apuesta, y también los que lo amaban solo un poco más esa noche. Había algo inconfundible en ese apoyo accidental, y Harry explotó lo poco que le quedaba. Se deslizó a la izquierda, esquivando el golpe de gracia de Pitón, y lanzó un uppercut imperfecto que, para sorpresa propia, cazó la mandíbula del rival de lleno.

Pitón retrocedió, aturdido. El cronómetro corría más despacio; la lona parecía pegajosa, como si intentara retener a ambos. Pero la desgracia construye héroes de sus tragedias: Pitón se recompuso antes de la campana y devolvió el favor con un cruzado que dejó a Harry de rodillas, mirando el toldo a través de un velo rojo.

Escuchó la cuenta —o creyó escucharla—, aunque todo era remoto, casi irreal. Se apoyó en la cuerda, sintió la mano de Toni a lo lejos, y entre la neblina apareció la imagen absurda de un miércoles cualquiera: el sonido del panadero, la radio vieja de su madre, el café hirviendo. Y entonces, Harry se levantó.

No hubo redención final. En el último asalto, Pitón, cansado y furioso, arrasó con su ventaja. Harry resistió hasta la última campana. Nadie entendió por qué, ni para qué. La multitud explotó en una ovación tibia, más solidaria que entusiasta.

En el vestuario, mientras Toni le cosía la ceja, Harry preguntó entre dientes: “¿Sabías que perdería?” Toni sonrió, esa sonrisa torcida, amarga, y contestó: “En todos los miércoles del mundo, nadie gana siempre. Pero hay magia en la gente que se levanta, aunque sea solo para escuchar la última campana.”

Esa noche, Harry salió del Gran Brío caminando lento. Afuera, la lluvia ya era mansa. El eco de la lona aún palpitaba en sus costillas. La vida —los miércoles, los combates, las derrotas— estaba esperando a la vuelta de la esquina, tan rutinaria y bella como siempre. Y aunque sus guantes rotos ya no guardarían más promesas, supo que, mientras quedara una campana por sonar, siempre habría una razón para levantarse.

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