De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
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Powerless (edición especial limitada)
Dire Bound. Alma de lobo
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato La lengua de los guantes
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Fragmento:


Ahora, de pie frente al espejo del vestuario, con los vendajes recién puestos y el sudor colándome como una promesa en la frente, pienso en Claudia, en Tacho, en mis padres —ya lejos— y en este último combate que me han prometido puede ser el decisivo. El promotor, ese tipo que siempre parece un perdonavidas, dice que un buen KO me abriría las puertas del Madison, aunque yo solo veo la puerta del gimnasio medio oxidada.

Duración: 04:46

La lengua de los guantes
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Dicen que los lunes vienen con resaca hasta para quienes no bebieron el domingo. Pero a mí la resaca me empezó el viernes, cuando el viejo Tacho me llamó tres veces al móvil y yo ignoré a las tres. Es mi entrenador desde hace quince años y cada llamada suya suena como una campana de asalto. Supongo que todo empezó allí, con esa desidia, en la misma cocina donde ahora, a las nueve y veinte de la noche, giro mecánicamente en el microondas la cuarta taza de café del día.

La primera vez que peleé fue por una mujer. Eso es algo que nunca he dicho en público, pero hoy me atrevo a confesármelo. No peleé por mí, ni por un sueño infantil, ni por mi madre, ni por la dignidad de la calle; lo hice porque Claudia Montero me miró distinto al salir del gimnasio, y esa noche le prometí, sin apenas atreverme, que un día me vería en el cuadrilátero. Nunca cumplí la promesa, ni tampoco logré que volviera a mirarme así, y a pesar de haber peleado más de cuarenta veces, sigo pensando que la única vez que importó fue la del día en que lo prometí.

En este deporte hay un sinfín de pequeños ritos, gestos menudos que se repiten hasta darles la redondez de la rutina. El vendaje huele a esperanza; los golpes al saco, a miedo; y la voz del entrenador, a infancia. El viernes, cuando Tacho insistía y yo hacía como que no oía, supe que algo estaba roto. Supongo que la vida consiste a veces en ignorar lo que sabes seguro, hasta que la certeza te noquea y las cuentas después de escuchar hasta la última campanada.

Ahora, de pie frente al espejo del vestuario, con los vendajes recién puestos y el sudor colándome como una promesa en la frente, pienso en Claudia, en Tacho, en mis padres —ya lejos— y en este último combate que me han prometido puede ser el decisivo. El promotor, ese tipo que siempre parece un perdonavidas, dice que un buen KO me abriría las puertas del Madison, aunque yo solo veo la puerta del gimnasio medio oxidada.

El rival es joven, los chicos siempre lo son ahora. Le dicen El Dóberman. Lo he visto en tres vídeos y en uno casi fulmina de un gancho a un muchacho serbio. Aun así, su mirada se pierde un segundo al recibir el protector bucal, y me aferro a esos titubeos como quien se agarra al último escalón del autobús.

Tacho entra y me palmea el hombro. “Recuerda lo que vales”, dice. Quiere infundirme confianza, o mentírsela a sí mismo. Dice que si me concentro y dejo los nervios a un lado, nada puede salir mal. Pero sé que los nervios son lo único que no se puede dejar a un lado. Son las paredes del ring, los latidos del público, el eco del miedo cuando suena el gong.

Se apaga la luz del pasillo y sé, entonces, que el momento ha llegado. Salgo y el ruido me golpea en la cara, una ola cargada de gritos, apuestas y aroma a cebada derramada. Recorro despacio el pasillo hacia el cuadrilátero, y mis pasos coinciden con las palmadas de Tacho, una coreografía secreta que sólo él y yo conocemos desde hace quince años y seis cicatrices.

El combate empieza. El Dóberman baila a mi alrededor, baja la guardia y desafía, arrogante, buscando un hueco imposible. No caigo en la trampa. Sé esperar, aprendí a hacerlo antes que a golpear. Primera mano, segundo asalto, y mi sangre se mezcla con el sudor: no importa, la rutina tiene sabor metálico.

A veces pienso que lo único que sabe realmente uno de sí mismo se aprende en días como este. Cuando el rival te mira directamente a los ojos, con ese respeto cruel de quien sabe que te puede tumbar. No hablan los labios, hablan los nudillos y los codos. Y en una esquina, allí donde la toalla huele a cloro y a desinfectante, Tacho no me dice nada. No hace falta.

El tercer asalto dura menos de lo esperado. El Dóberman se fía de su velocidad, lanza una combinación, me pega duro en el pómulo, siento un fogonazo y entonces recuerdo la promesa a Claudia. No por ella, sino porque esa promesa flota en el aire, esa promesa es mi respiración. Esquivo el siguiente golpe, lanzo un gancho, me duele el hombro derecho. Vuelvo a lanzarlo, esta vez entra limpio, le doblo la guardia, lo veo trastabillar.

No hay gloria en hacerlo caer, solo una tristeza dulce, porque ahora él también sabe que esto no va de KO ni de títulos. Va de promesas rotas, de miradas perdidas, de entrenadores que esperan en silencio años enteros.

Cuando el árbitro termina la cuenta, no levanto los brazos. Solo sonrío, un poco, porque a veces la victoria tiene sabor a café recalentado y a historias que solo uno se cuenta en la soledad del vestuario. Tacho me abraza y balbucea una felicitación. El Dóberman me mira y asiente. Los dos sabemos que la próxima pelea no será en el ring, sino en el microondas de mi cocina, con la cuarta taza de café y el eco sordo de los lunes que sobrevienen incluso cuando uno todavía no ha terminado de pelear.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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