Powerless (edición especial limitada)
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La inspectora gitana
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato Las torsiones del día
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Fragmento:


El sonido de un dron, zumbido magro y persistente, cortaba a lo lejos el silencio. Nadie sabía ya quiénes mandaban aquellos aparatos sobre un mundo quebrado. Francis se repitió una vez más que evitarlos era lo único cuerdo; aprendió mucho antes que la cordura era un bien escaso que se pagaba caro. Se levantó, alejándose del canal sin rastro de agua, con la misma parsimonia con que uno abandona una conversación inacabada y amarga.

Duración: 04:50

Las torsiones del día
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La neblina ambarina se arrastraba por sobre los campos antes gloriosos, cubriendo los esqueletos de lo que una vez fueron álamos, girasoles, trigo. Francis, con los ojos entornados para filtrar la luz ponzoñosa, se arrodilló junto a los restos de un canal. Sus dedos, callosos y hormigueantes por el aire cargado de polvo metálico, escrutaron el barro seco buscando alguna señal de verde: esperanza, milagro, o simple locura. El horizonte replicaba una vez más la lejanía de cualquier certeza: montańas difusas, torres caídas, y más allá el humo de otras tribus agotando fuentes que quizás nunca existieron.

El sonido de un dron, zumbido magro y persistente, cortaba a lo lejos el silencio. Nadie sabía ya quiénes mandaban aquellos aparatos sobre un mundo quebrado. Francis se repitió una vez más que evitarlos era lo único cuerdo; aprendió mucho antes que la cordura era un bien escaso que se pagaba caro. Se levantó, alejándose del canal sin rastro de agua, con la misma parsimonia con que uno abandona una conversación inacabada y amarga.

Caminó entre los restos de la aldea, casas despobladas que la erosión había modelado en formas animales. Allí estaba la biblioteca, o lo que quedaba: tres paredes de arcilla, libros descompuestos en un lodo negro, y el retrato de un astronauta mordisqueado por ratas filosóficas. Entró en el que había sido el consultorio del doctor Laczko. Un calendario con quince ańos de antigüedad pendía torcido en la pared, junio, lunes: la imagen de una cascada.

Buscaba, como los demás, cualquier resto útil: cápsulas de yodo, vendas, un alfiler para compartir con Hannah. Pero lo que encontró fue el acto reflejo del pasado. Un tarrito de mermelada de membrillo, sellado en cera roja. Lo asió con ternura, no por hambre sino por la visión involuntaria de su abuela tarareando cerca del fuego, cucharón en mano, mientras llovía sin temor afuera y el mundo era sólo promesas.

Despertó del ensueńo cuando el viento le trajo una voz: “Francis.” Se volvió, sabiendo que nadie le llamaría si no fuera importante. Era Hannah, envuelta en un poncho tejido con bolsas de alimento animal y lana vieja. No sonreía; nadie lo hacía desde que los solsticios dejaron de tener sentido. "Tenemos que irnos", dijo en voz baja. “Han visto luces cerca de la presa.”

Ambos sabían que aquello podía significar supervivientes, un trueque, un peligro nuevo o una farsa de esperanza. Hannah miró el tarro entre las manos de Francis y, por un segundo, pareció surgir la sombra de una media sonrisa. “¿Te acuerdas de los membrillos?” preguntó, y él asintió. Compartieron la certeza callada de que la memoria era el único país del que no podían exiliarse.

En el camino hacia la presa, los guiaba el crepúsculo color naranja industrial y los chirridos mecánicos cada vez más próximos. Francis pensó en los mapas que ya nadie consultaba, en el frío que ahora llegaba cada noche como un visitante hostil, y en el viejo cuento que su madre solía contarle: andando un zorro y un ciervo por el páramo, dudando de sus corazones por el hambre. ¿Sería esto la vida nueva: avanzar dudando, eligiendo cada día entre el rastro de la desconfianza y la fé desnuda?

Llegaron al terraplén al filo de la noche. Las luces no eran hogueras, sino pantallas solares improvisadas, extendidas como parches brillantes en la oscuridad, defendidas por figuras encapuchadas. Al aproximarse, Francis alzó las manos: un acto de paz o sumisión, imposible distinguirlo ahora. Se alzaron siluetas, y de entre ellas emergió un perro, flaco, de orejas despuntadas, que olfateó la tierra antes de arrimarse a ellos.

Un hombre salió al paso, con barba entrecana, ojos hundidos pero vivos. Les habló en un idioma trenzado de acentos y silencios: “¿Qué traéis?”, preguntó. Hannah mostró el tarro de membrillo y dos pastillas desinfectantes. Francis aguardó, educado por las reglas nuevas: nunca nombrar la sed, ni la ruta, ni la pérdida.

El trato fue breve: media ración de agua, una promesa de dormir cerca de la luz. Por la noche, Francis divisó al líder, Murad, hablando con otros bajo el fulgor ralo de una linterna dinamo. El intercambio de bienes había sido ceremonia y test: eligen a quién dar la confianza, cuidan el grupo como si cada desconocido fuera una chispa junto a un alijo de pólvora.

El ruido de drones persistía en las alturas, pero habían aprendido a no mirar al cielo. La noche ahí olía a polvo y ozono, y a la resignación del cansancio. Francis y Hannah contaron historias de membrillos, de lluvias dulces, de días de lectura bajo el sol que no quemaba. Dormitaron juntos, protegidos sólo por ese círculo provisional, sabiendo que cada amanecer borraba parte del mundo y lo reescribía sobre la ceniza.

Cuando el alba renació, Francis entendió lo que su abuela le había susurrado muchos años antes, mientras se enfriaba la mermelada en frascos rojizos: “El fin del mundo nunca es uno solo, mi niño. Siempre hay más de uno. Y siempre seguimos andando.” Aferrándose a esa verdad raída, abrió los ojos y tomó el día como quien acepta cruzar una cuerda floja sobre el abismo, con el sabor del membrillo –maduro, ácido, inalcanzable– aún en la lengua.

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