Powerless (edición especial limitada)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Tras la puerta
La chica del lago
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato El Silencio Bajo la Nube
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Fragmento:


Ya no quedaba noche, ni tampoco día. Habían pasado generaciones, tal vez siglos, sin que los últimos humanos pudieran recordar el azul o el negro. Sobre sus cabezas flotaba una gran esfera, suspendida en un resplandor blanco que no era luz ni sombra. Nadie sabía cuándo llegó, ni por qué; solo que, desde su aparición, el mundo había cambiado, y el tiempo no era más que la fatiga del respirar.

Duración: 03:46

El Silencio Bajo la Nube
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Ya no quedaba noche, ni tampoco día. Habían pasado generaciones, tal vez siglos, sin que los últimos humanos pudieran recordar el azul o el negro. Sobre sus cabezas flotaba una gran esfera, suspendida en un resplandor blanco que no era luz ni sombra. Nadie sabía cuándo llegó, ni por qué; solo que, desde su aparición, el mundo había cambiado, y el tiempo no era más que la fatiga del respirar.

A los pies de la esfera, en las cavernas subterráneas que antes fueran el refugio de inadaptados, sobrevivían ahora los herederos de un linaje cansado. Eran pocos y los conocían todos por los nombres que se daban unos a otros: Lira, que no podía caminar; Eon, cuyo pelo era gris por la edad y la culpa; Ama, que siempre lloraba en silencio. Jamás se atrevían a salir mientras la esfera flotaba: decían que su luz desnudaba el alma.

Cada luna—pues así medían el tiempo, aunque no hubiera luna visible—bajaban al río seco y escuchaban los relatos. Era un deber antiguo: hablar de los días previos, de los edificios en ruinas más allá de las cuevas, de los campos que una vez crecieron verdes. Sobre todo, hablaban de la esfera.

“Es la madre del juicio,” murmuraba Eon, cuyas palabras contenían el peso de todos los pecados. “Vino a leer lo que queda en nuestros corazones, para decidir si merecemos renacer.”

Los demás no respondían. Nadie quería confesar sus sueños: en los sueños, la esfera los miraba y su voz—si podía llamarse voz—penetraba en la mente como agua helada. Preguntaba cosas viejas, palabras que nadie sabía traducir: “¿Cómo usaste tu poder? ¿Viste a los demás?”

Con el paso de los días, el silencio se hacía más pesado. Ama dejó de llorar y comenzó, poco a poco, a sonreír. Nadie entendía por qué hasta que una noche se arrastró hasta la salida de la caverna, y bajo el fulgor inmóvil de la esfera, permaneció de pie, desnuda de todo salvo su miedo. No murió, ni desapareció, ni tuvo heridas. En cambio, cuando retornó a la cueva, en sus ojos se reflejaba una paz inquietante. En la siguiente luna, fue Lira quien salió, gateando sobre sus muñones. Dos lunas después, Eon también fue.

Cada uno regresó con algo cambiado: una mirada serena, una calma contra la que nada podía. La caverna comenzó entonces a vaciarse. Uno a uno, los sobrevivientes se atrevieron a salir, y la esfera los aguardaba; ninguno habló jamás de lo que vio o entendió allí fuera.

La última en marcharse fue Ama. Caminó bajo el resplandor, y la esfera descendió hasta quedar casi a su alcance. “¿Me juzgas? ¿Me absorbes?” preguntó en voz alta, aunque sabía que la esfera ya había leído los pliegues más hondos de su ser.

La esfera respondió, no con palabras, sino con la expansión suave y envolvente de su claridad. Ama se sintió disuelta, disgregada y, a la vez, una con todos los otros: Eon, Lira y los primeros que osaron salir. Sintió sus juicios, su dolor y su perdón. Allí estaba el eco de los antiguos—los que se extinguieron prendiéndole fuego a la tierra para ver si podían dominarla.

En la fusión, Ama comprendió: no existía un juicio externo, no había castigo ni premio. Solo había la revelación de uno mismo, una verdad desgarradora y luminosa. Los humanos nunca estuvieron solos, ni apartados del juicio; siempre fue el reflejo de lo que pudieron imaginar del otro. La esfera no era más que el último espejo.

Así, en el delgado límite entre la extinción y el alba, los últimos humanos se volvieron parte de la esfera, y la esfera desapareció. El cielo—si era eso lo que quedaba—se abrió por primera vez en generaciones, y bajo su huella blanda, la tierra suspiró, tranquila: el juicio había terminado.

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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.

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