Fragmento:
Comienza el tiempo sin punto de retorno cuando las noticias se convierten en rumores y hasta las paredes de las viejas casas preguntan qué será lo próximo. No era el final fulminante y explosivo que las narraciones antiguas prometían; el mundo no estalló, sino que se fue desmoronando con deliberada lentitud, como si deseara saborear él mismo cada paso de su descomposición. Araceli, sentada frente a una ventana que ya no daba a una calle sino a un canal de agua aceitosa y detenida, observa la silueta sucia de un bote que lleva restos de humanidad: alguien cubierto con máscaras improvisadas y la ropa embadurnada con el barro negro.
Duración: 04:45
Comienza el tiempo sin punto de retorno cuando las noticias se convierten en rumores y hasta las paredes de las viejas casas preguntan qué será lo próximo. No era el final fulminante y explosivo que las narraciones antiguas prometían; el mundo no estalló, sino que se fue desmoronando con deliberada lentitud, como si deseara saborear él mismo cada paso de su descomposición. Araceli, sentada frente a una ventana que ya no daba a una calle sino a un canal de agua aceitosa y detenida, observa la silueta sucia de un bote que lleva restos de humanidad: alguien cubierto con máscaras improvisadas y la ropa embadurnada con el barro negro.
Cuando la llamada Cadena de Calor inició, muchos pensaron que sería como las otras olas, pasajeras, un calendario alterado que simplemente se iría normalizando. Pero el río se paró, y luego las mareas dejaron de obedecer. Los mapas se reescribían cada mes, con islas nuevas en mitad de espacios donde antes hubo avenidas, con la línea de los árboles marcada a media altura por la costra salina que llegaba con cada subida. Araceli conservaba aún el reloj de su abuela, por pura costumbre, aunque la medida humana del tiempo ya no encajaba allí. A veces lo giraba en su palma buscando el entusiasmo de los relojeros o de los científicos, pero solo sentía el peso insufrible de aquellas agujas diminutas.
En los primeros meses, la ciudad —que alguna vez fue Madrid, aunque ahora recibía nombres mutantes en los murmullos de quienes ignoraban el peso de la nostalgia— fue una coreografía desesperada por instaurar rutinas: refugios improvisados en los parkings subterráneos, huertos que trepaban los balcones y la costumbre de compartir el agua, la poca que no estuviese drogada por la podredumbre. Pronto, la caducidad de la electricidad obligó a una oscuridad densa y expectante, la cual comenzó a deformar los relatos, multiplicando supersticiones, disminuyendo la lógica y permitiendo que lo desconocido conviviera con la fatiga y el resentimiento.
Araceli recordaba, aunque prefería no hacerlo, el sonido de la tierra seca cuarteándose después de la última gran tormenta. Era el eco de un hueso al romperse: un crujido definitivo. Desde entonces, encontró consuelo en la costumbre de dejar una vela encendida cada noche, como si la llama fuese capaz de mantener a raya los anhelos y los horrores. Entre los habitantes del edificio, que ahora era una suerte de isla vertical, ella era “la vigía”, porque su insomnio era útil para contar barcazas, provocar avisos y advertir de los renacuajos siniestramente grandes que trepaban por el fango. Las criaturas cambiaban y los adultos aprendían a mantener la calma viendo cómo los niños tenían que aprender a nadar antes de aprender a leer.
Cada día, un inventario de las pérdidas: calles tragadas por el limo, páginas de libros disueltas en la humedad, cultivos rotos por granizos ácidos, canciones apenas tarareadas y ya olvidadas. Allí donde antaño la humanidad reclamaba la propiedad y el dominio, ahora el estilo era la aceptación, la resistencia era colectiva, mutante y flexible. Las historias se trasmitían boca a boca en las últimas terrazas secas, adornadas con sábanas tendidas como banderas de tregua. Nadie creía ya en la salvación, pero sí en el consuelo, y en alguna forma nueva de ternura desnuda.
Por las noches, Araceli recorría los corredores donde las paredes rezumaban vapor y donde los retratos de los anteriores dueños parecían disolverse, perdiendo los rostros a fuerza de humedad. Breves partidas de cartas, palabras prestadas en cuentos inventados, ojos atentos ante el estrépito de la madera cediendo en una puerta demasiado castigada. Y, sin embargo, el miedo era un animal doméstico: afilado y presente, pero ya habitual.
Las barcazas buscaban comida río arriba y, a cambio, transportaban semillas. El trueque se convertía así en el nuevo pulso económico; la moneda era el recuerdo, el fragmento útil, el consejo para filtrar agua o el truco para evitar que los grillos se comieran las raíces. La esperanza era frágil pero constante, algo parecido a un rumor que no termina de apagarse aunque nadie recuerde las palabras.
Un día, llegó al edificio una mujer que no pertenecía a ningún clan de los conocidos. Tenía el cabello recogido con alambres y cargaba una bolsa de plástico rellena de ampollas luminosas. No pidió alimento ni abrigo. Preguntó por los cuentos, por la historia misma de ese grupo. Quería saber cómo se nombra el tiempo en la ciudad cuando ya no hay relojes: cómo lo nombran quienes sobreviven.
Araceli la miró largo rato y luego, sin palabras, le ofreció una vela encendida. La desconocida la sostuvo en alto y, por un instante, el corredor entero pareció recobrar su textura primitiva: como si el paso de una sola promesa pudiera detener el desgaste universal.
Mientras compartían historias, comprendieron que la extinción no era un evento, sino un proceso al que sólo se puede oponer la insistente reinvención de lo humano. La noche avanzaba, y en aquella isla vertical rodeada de aguas ásperas, no había certeza más allá de la siguiente historia, ni compañía más profunda que la de los otros que sabían recordarla. La última auriola era la luz tenue, persistente, de una humanidad que, incluso al desaparecer de sus mapas, aún sabía inventar el significado de un nuevo día.
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