Fragmento:
El último consejo de la comunidad se reunió en la Biblioteca Municipal, una ironía esquiva. Se sentaron entre anaqueles, ahora rebosantes de papeles arrugados sustituyendo a los libros desaparecidos. Éramos cinco: Sira, la antigua maestra de biología; Jacobo, el electricista que aún conservaba la costumbre de silbar mientras trabajaba; Rinat, de apenas veinte años y con los ojos opacos de quien aún mira lejos aunque delante sólo haya niebla; Elena, quien llevaba meses hablando sola pero nadie tenía valor para decírselo; y yo, custodio del reloj de la estación, perdido con mis propias agujas.
Duración: 04:33
La ciudad respiraba con dificultad. Siempre había escuchado la teoría de que las cosas vivas respiran, pero ¿y los lugares? Ahora, bajo el zumbido constante de los generadores y la luz estéril de los faroles volcados de energía solar, me parecía indiscutible: la ciudad misma exhalaba una niebla de fatiga insoportable. Hasta la estática parecía un suspiro, cargado de polvo y de inmunidad resignada. Los edificios, agujereados y cubiertos de cicatrices, miraban al vacío de la avenida principal como elefantes de piedra que hubieran sobrevivido a una estampida demencial.
Hay quien dice que el fin llega de golpe: en una llamarada, una marea de gritos, una tormenta de escombros. En cambio, lo nuestro fue una destilación idéntica al óxido: gota a gota, mancha a mancha. El oxígeno envenenado, el agua amarga, la comida demasiado cansada para alimentar. Cuando la red cayó, ya no importaba si quedaba alguien avisando—los gobiernos habían desaparecido antes de que pudieran redactar sus comunicados finales.
El último consejo de la comunidad se reunió en la Biblioteca Municipal, una ironía esquiva. Se sentaron entre anaqueles, ahora rebosantes de papeles arrugados sustituyendo a los libros desaparecidos. Éramos cinco: Sira, la antigua maestra de biología; Jacobo, el electricista que aún conservaba la costumbre de silbar mientras trabajaba; Rinat, de apenas veinte años y con los ojos opacos de quien aún mira lejos aunque delante sólo haya niebla; Elena, quien llevaba meses hablando sola pero nadie tenía valor para decírselo; y yo, custodio del reloj de la estación, perdido con mis propias agujas.
—La prioridad es cerrar las válvulas del distrito norte —dijo Rinat, sin levantar la voz—. El agua que pasa por allí arrastra demasiado del basurero antiguo.
Sira meneó la cabeza. —Las válvulas… Hace semanas que no giran. El metal está podrido.
Yo sólo escuchaba. Cuando vives pegado al tictac y la herrumbre, aprendes lo que la entropía significa: que todo, incluso la dignidad, se descompone si no tienes la voluntad de impedirlo. Afuera, los pocos que quedábamos reciclábamos las ideas tanto como las cenizas de lo que quemábamos cada noche.
La crisis era tan doméstica que ni el miedo tenía tiempo de transformarse en histeria. Era habitual interceptar mensajes en la onda corta: voces de otras ciudades, todas amigas del caos, narrando sus propias ruinas y sus propias soluciones chapuceras. Uno repetía, casi como un mantra: “El alma se ajusta a la costumbre igual que un esqueleto a la piel.”
Por las noches, todavía miraba al cielo, esperando ver alguna luz que no fuese producto de la química de esta decadencia. Las estrellas eran ilegibles, escondidas detrás de pulmón de polvo suspendido. Elena, con sus murmullos, aseguraba que aún brillaban en otros lugares, que el universo nunca acuerda un solo final, que somos nosotros los que apretamos el gatillo de nuestro cierre.
El ruido más temido llegó en la cuarta noche tras nuestra última asamblea: el motor principal de la central eléctrica resopló un estertor prolongado, luego se extinguió con el lamento de un animal degollado por sus propios huesos. El silencio era profundo, tan pesado como una lápida. Jacobo se ausentó esa madrugada, probablemente intentando arañar la última chispa del sistema. Nadie lo vio regresar.
Ahora estamos sentados rodeando una lámpara alimentada por aceite de cocina, cada uno vencido por la humildad de la combustión lenta. Rinat lee algunos de los viejos protocolos en voz baja, como si recitara salmos de una religión muerta. Sira, que nunca arriesgó la esperanza, simplemente duerme sentada, los brazos cruzados sobre el pecho como un soldado en trinchera. Y Elena, mientras la niebla se cuela por los ventanales rotos, habla con alguien que ningún otro puede escuchar.
En esta hora imposible, comprendo que el verdadero fin es la lentitud. No los cañones, no el cataclismo: sólo la erosión de cada posibilidad, como tinta que se va borrando bajo la lluvia del tiempo. El apocalipsis tiene el ritmo imperturbable de la rutina, la voz callada de lo que muere antes de ser enterrado.
Quizá mañana salgamos a buscar a Jacobo, aunque no espere encontrar más que su silbido atrapado entre los hierros. Quizá simplemente resistamos un día más, postergando el olvido con la terquedad de los que no tienen ya a quién rendirse.
Eso, al menos, es lo que dictan las agujas de mi reloj; eso, al menos, es lo que perdura cuando hasta la memoria se vuelve tenue y gris, como el último aliento de la ciudad que ahora respira con nosotros su postrer despedida.
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