Fragmento:
A lo lejos, los portones de la casa número 64 sobresalían contra la neblina, altos y negros, con buzones desportillados que nunca parecían tener cartas y un zaguán de madera mohoso cubierto de líquenes. Era un edificio antiguo, con las paredes tan finas que podía oír a su vecina del 4C llorar todas las noches desde que su marido la dejó, pese a los cinco muros de por medio. Había vivido allí apenas dos meses, el tiempo suficiente para aprender que las sombras caían pronto y que el silencio tenía, en ese lugar, un peso húmedo y denso.
Duración: 05:33
La niebla era espesa, de esa que parece beberse el sonido y convierte las luces de la calle en una hilera de faroles flotantes sobre un mundo sumergido. Madeleine ajustó el cuello de su abrigo y caminó por la acera de piedra, el eco de sus pasos produciendo un retumbar seco y solitario en la madrugada. Sabía que no era sensato regresar a su apartamento después de medianoche, pero la reunión se había alargado, y su jefe tenía ese modo de mirar fijamente hasta que el último había encontrado alguna excusa para desaparecer, uno tras otro, como hojas arrastradas por la corriente del río.
A lo lejos, los portones de la casa número 64 sobresalían contra la neblina, altos y negros, con buzones desportillados que nunca parecían tener cartas y un zaguán de madera mohoso cubierto de líquenes. Era un edificio antiguo, con las paredes tan finas que podía oír a su vecina del 4C llorar todas las noches desde que su marido la dejó, pese a los cinco muros de por medio. Había vivido allí apenas dos meses, el tiempo suficiente para aprender que las sombras caían pronto y que el silencio tenía, en ese lugar, un peso húmedo y denso.
Empujó la puerta de la entrada y el olor a piedra fría y nostalgia la envolvió de inmediato. Subía despacio la escalera de madera, esquivando los peldaños que protestaban si pisabas en el centro. En el rellano del tercer piso se detuvo, porque el aire cerca del ventanuco parecía agitarse, aunque ninguna corriente podría colarse tan adentro y a esa altura. Golpeó suavemente con la yema de los dedos el pomo de la puerta de su piso, aún desconcertada, y entró sin encender la luz. Por costumbre, sus pasos la llevaron al salón donde, desde hacía semanas, algo inquietante la venía despertando noche tras noche: un leve crujido, un golpecito, un roce en el suelo de tablones gastados.
Los primeros días, pensó que era la madera, los ratones, el viento colándose por las rendijas. Pero aquella noche sintió lo diferente, esa vibración apenas perceptible que parecía elevarse desde el suelo hasta sus propios huesos. Se sentó en el sofá y por un instante, entre el oscilar de los faroles del exterior y el silencio expectante de la sala, le pareció distinguir una figura pálida reflejada en el vidrio de la ventana. Cerró los ojos con fuerza y se dijo que eran restos de cansancio reflejados en su mente y nada más.
Pero una voz, seca y apenas un susurro, pronunció su nombre arrastrando las sílabas: “Madeleine”. Un frío helado le recorrió la nuca. Abrió los ojos, temblando. El reflejo seguía ahí, pero ahora parecía estar dentro de la habitación; una mujer de cabellos largos, con un rostro difuminado por una suerte de niebla propia. No gritó. Quizá por el sueño acumulado, o porque sabía, de algún modo, que aquello llevaba días queriendo hablarle y esperaba su momento.
“¿Qué quieres?”, preguntó, la voz quebradiza y baja.
La figura parecía absorber la luz en torno. Avanzó un paso hasta el centro de la estancia, levantando apenas la mano hacia una estantería. Madeleine sintió la garganta seca, los ojos clavados en ese gesto mínimo. Luego, la aparición desapareció como si el aire la hubiera sorbido. Y, de inmediato, un libro cayó al suelo con un golpe sordo: era un tomo antiguo, encuadernado en cuero, que nunca recordaba haber colocado ahí.
Lo recogió. En la primera página, escrito con una caligrafía fina, leyó: “Para quien olvida, para quien recuerda. Todo está aquí”. Las hojas estaban llenas de notas, cartas de amor, recortes de periódico, trozos de papel amarillento. Nombres, fechas, promesas rotas. Madeleine leyó durante horas, saltándose páginas en busca de algún sentido. Comenzó a reconocer apellidos iguales a los que había visto en buzones oxidados del edificio, historias de muertes repentinas, de despedidas nunca dichas, de madres esperando junto a la ventana.
Una página sobresalía, recién añadida. En ella, su propio nombre, y debajo, un mensaje: “No cierres la puerta”.
Un golpe seco sonó en el pasillo. Madeleine miró el reloj. Las tres de la madrugada. La voz, otra vez, más cerca: “Prometiste no olvidar”.
Buscó algo con lo que defenderse, estúpida reacción, pero la sensación era distinta: las lágrimas corrían por sus mejillas antes de comprender por qué. Recordó, como si algo ajeno levantara las telarañas de su memoria, los veranos en la casa de su abuela, la risa de su madre, la caricia de una voz amada que decía: “Siempre volveré si me necesitas”. No había muerto sola, pensó, solo había sido dejada atrás por todos, desvanecida en el rumor de la ciudad.
Se acercó al pasillo. El olor a lilas la golpeó y reconoció el perfume añejo de su madre. Blanca y triste, la figura femenina la esperaba junto a la ventana, donde la luna iluminaba motas de polvo como pequeños secretos flotando.
Madeleine extendió la mano. No tocó nada, pero el frío y la calidez de la nostalgia se entremezclaron en su piel. “No cierres la puerta”, repitió la aparición, y su último resplandor se perdió en el amanecer que comenzaba, lento y suave, a deshacer la niebla de la ciudad.
La casa respiraba, como si hubiera permanecido años suspendida y de pronto un leve suspiro la devolviera a la vida. Madeleine no miró atrás. Dejó que el libro y el recuerdo la guiaran al sueño, sabiendo que algunas ausencias protegen más que la presencia constante, y que a veces el dolor más antiguo es el único que puede abrirnos, de verdad, a lo que hemos sido y a aquellos a quienes aún, aún buscamos entre los pliegues de la sombra.
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